JESUS MARTI BALLESTER  -  AMOR Y CRUZ

21 de noviembre

 

1. Nuestros imagineros representaron en los retablos de los templos el momento en que María, dejando el regazo de la casa paterna fue encerrada entre los muros sagrados del templo de Salomón, a una niña subiendo gozosa la alta escalinata del Templo; arriba el sacerdote de barba venerable, con la mitra de dos cuernos en la cabeza, extiende las manos y sonríe acogedor; y en el fondo, la anciana madre, de frente arrugada, con gesto de pena. Sirviendo al templo, hilando el efod del sumo sacerdote, cosiendo los velos del altar, limpiando los vasos de las ofrendas, lavando los mosaicos del pavimento, pasaban los mejores años de su vida muchas hijas de Israel. Allí conoció Joyada, el sumo sacerdote Josabeth, a su esposa; allí creció Ana la profetisa; y allí, la hija de Fanuel, cuando declinaba su vida y empezaba a pensar que había esperado en vano, vio a aquella niña graciosa, parienta del sacerdote Zacarías.

2. Jamás ojos tan puros habían mirado aquellos pórticos majestuosos. La vieja sacerdotisa, al ver aquel lirio primaveral de los jardines de Nazareth, recordó las palabras del salmista: Escucha, hija, y mira, e inclina el oído; olvido tu pueblo y la casa de tu padre, porque el Rey ha deseado tu hermosura". "En verdad que ennoblecía ya al mundo aquella criatura, "que Dios tuvo en su presencia antes de crear cosa alguna, cuando no existían los abismos, ni habían brotado las fuentes de las aguas, ni se alzaba la mole de los montes, ni sobre ellos se extendían los cielos, ni estaban asentados los cimientos de la tierra"; si esa criatura había nacido ya, era seguramente aquella niña tan dulce, tan pura, tan graciosa, que pisaba los umbrales del lugar sagrado con el mismo amoroso respeto de Moisés delante de la zarza ardiente. Como el lirio entre las espinas, así era ella entre sus compañeras. Tal vez les hacía aquella pregunta que pone en sus labios el Cantar de los Cantares: "Por las cabras y los cervatillos de los montes os conjuro hijas de Jerusalén, que me digáis si habéis visto al Amado, porque muero de amor.

3. María buscaba al Amado sin cesar, le descubría jubilosa y le adoraba con humildad en aquellos muros santificados, en aquellas prescripciones alegóricas del mosaico, en aquellos textos misteriosos de los salmistas y comentaban los doctores de la ley; en las palabras inspiradas del anciano Simeón. Todo le hablaba del Mesías, del más hermoso de los hijos de los hombres, de aquel cuyo nombre es admirable. Y su pequeño corazón en llamas, se unía a Él, le llamaba con ansias y sin saber que iba a ser su madre, se hacía ya su esposa. Como el manzano entre los árboles de la selva, así es mi Amado entre los hijos de los hombres... Las flores aparecieron en nuestra tierra; ya ha llegado el tiempo de la poda; ha exhalado su gemido la tórtola y las viñas floridas dieron su olor". La joven nazarena encendía la hoguera de su amor y consumía la llama de su vida en anhelos que alborozaban su carne virginal.

4. Noches de meditación abrasada, días de trabajo abnegado, súbitas iluminaciones, palabras como luces en la penumbra de un silencio recatado, gracia, obediencia, amor y trabajo, esto fue la vida de María durante aquellos años en que en la presencia de Yahvé, se preparaba para recibir el gran mensaje. El evangelio nada dice de aquella doncellez consagrada en el servicio del templo. Pero nos lo dice la tradición. La recogen los evangelios apócrifos. Ya en el siglo VI cantaba el poeta bizantino: El templo purísimo, el tesoro sagrado de la divina gloria, la mansa oveja, la virgen inestimable llega hoy a la casa del Señor; la gracia del Espíritu va con ella, los ángeles cantan su gloria: es el tabernáculo de los Cielos. Recíbela, dice Ana al gran sacerdote, guárdala con cuidado, ponla en lo más profundo del santuario inaccesible, porque es el fruto de mis oraciones, es el don de Dios, es el tabernáculo del Altísimo». 

 

Jesús Martí Ballester

PRESENTACIÓN DE LA VIRGEN EN EL TEMPLO

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