JESUS MARTI BALLESTER  -  AMOR Y CRUZ

9 de noviembre

Celebramos hoy la fiesta de la Basílica de Letrán, la Catedral del Obispo de Roma, que es el Papa, en señal real y simbólica de unidad con el Sucesor de Pedro, Pastor de la Iglesia Universal, y toda la Iglesia se une en la conmemoración de la Basílica Lateranense, una de las iglesias más antiguas y símbolo de la unidad de todas las iglesias.

LETRAN

Antes de entrar en la liturgia, conviene situarnos un poco en  Letrán o Laterano, que es un emplazamiento de la ciudad de Roma que actualmente pertenece a la Ciudad del Vaticano. En este territorio está enclavada la Basílica de San Juan de Letrán, una de las cuatro basílicas más importantes de Roma. Las propiedades que pertenecieron a la familia patricia de los Lateranos del Imperio Romano, han dado su nombre al lugar, donde estaba ubicado su palacio, que fueron expropiados por el emperador Nerón, y siglos después entregados a la Iglesia Católica Romana. El lugar donde se construyó la Basílica de San Juan de Letrán fue elegido por la donación de Constantino. Catedral de Roma e iglesia-madre de todas las iglesias del mundo, en latín, omnium Urbis et Orbis ecclesiarum mater et caput, literalmente, "madre y cabeza de las iglesia de la ciudad y el mundo enteros". Por tanto es la catedral del Papa como Obispo de Roma.. También fue construido a su lado el Palacio de Letrán, antes llamado Palacio de los Papas.Allí se celebraron cinco concilios ecuménicos y varios concilios regionales:769: concilio regional del Letrán 1123: I concilio del Letrán 1139: II concilio del Letrán 1179: III concilio del Letrán 1215-1216: IV concilio del Letrán 1512-1517: V concilio del Letrán. Allí también se firmó el Pacto de Letrán, entre la Santa Sede y el Estado italiano, representados por el cardenal Gasparri y Benito Mussolini.

LA LITURGIA DE LA FIESTA

Después de la presentación de la Basílica, entremos a meditar los textos litúrgicos de la Dedicación que nos proporciona el profeta Ezequiel 47,1; San Pablo a los Corintios 3,9 y San Juan 2,13. El motivo dominante profético y ­escatológico de Ezequiel es la manifestación de la Gloria del Señor en medio de su pueblo, en el templo, que, como eje central vivificante alcanza su visión poética el torrente caudaloso que mana en el Templo de Jerusalén, a donde un ángel ha conducido al profeta. Comienza a manar agua desde el lado derecho del zaguán del Templo. El ángel indica al profeta la dirección que van a tomar las aguas y los efectos que van a producir. Su significado es que en la era mesiánica, las condiciones de vida serán las mismas que al principio de la creación. La naturaleza será transformada por la presencia de la Gloria del Señor en medio de su pueblo Israel. Los cuatro ríos del paraíso se convierten en un único torrente que brota del zaguán del templo y, descendiendo hasta el torrente Cedrón, que es un barranco de escasas aguas temporales quedará convertido en un  torrente de aguas que no serán vadeables, que fertilizarán los campos hasta llegar al Mar Muerto de agua salobre, que se convertirá en agua dulce donde nacerán peces y se multiplicarán. El agua de brota del templo será un principio de vida de plantas y de animales. Vida, además permanente, agua viva, como la que Jesús prometerá a la Samaritana en el pozo de Jacob, que en realidad era un aljibe. Vida continua, creciente, invasora, comunica­da, que contrasta con muerte. Antítesis de muerte y vida, de estepa y fertili­dad, de mar muerto y de "vida donde quiera que llegue la corriente".

LA VIDA

El ángel hace contemplar a Ezequiel la vida de los peces en el Mar Muerto, el trabajo humanizado de los pescadores a la orilla que les permite vivir apaciblemente y ese brotar a sus riberas un nuevo jardín paradisíaco de frutos, cosechas y vegetación; frutos que serán todos comestibles; hojas que serán medicinales, porque "los riegan aguas que manan del santuario". En la Jerusalén nueva de los tiempos escatológicos la pre­sencia del Señor será una bendición manifestada con poder vivificante y creador. El simbolismo del agua será recogido por el Nuevo Testamen­to por el Apocalipsis 22,1, y por la liturgia bautismal. Pero si el agua sigue siendo símbolo, la acción vivificante de Dios que ella signi­fica es una realidad. Santa Teresa supo utilizar este símbolo del agua en el libro de su Vida con los cuatro modos de regar con agua el huerto que hace florecer a las almas y a la Iglesia por la oración.

LA ALEGRÍA DEL CORRER DE LAS ACEQUIAS

El salmo 45 sigue con el mismo tema añadiendo la alegría que produce en la Iglesia y en el mundo el correr de las acequias rebosantes de agua, que causan no sólo alegría, sino que engendran fuerza y vida y que producen maravillas. ¡Oh si lleváramos a la práctica la enseñanza de este símbolo cuánta paz había en las naciones, que placentero sería el vivir en este mundo, cuya sequía lo está haciendo irrespirable y hostil.

EL CUERPO DEL ESPÍRITU SANTO

San Pablo nos pregunta si ignoramos que nuestro cuerpo es templo de Dios y que el Espíritu habita en nosotros. No. No somos dueño de nuestro cuerpo para hacer en él lo que piden los instintos más bajos. Somos templos de dios. Y el templo debe estar limpio, y decorosamente tratado y adornado con flores olorosas de virtudes. Lo que ocurre que nuestra sociedad cuida mucho en engaste y la cerca y olvida y profana la joya que guarda en su interior. Mujeres 10 por fuera y llenas de escombros por dentro, como los sepulcros blanqueados.

Los que profanan así el cuerpo son azotados por Cristo y los que mercadean con sus cuerpos y con sus historias basura convirtiendo la Casa de su Padre en un baratillo les conmina Jesús, lleno de misericordia, a que cambien su rumbo para llegar a la resurrección y dar perfumes de cielo y de vida, alimentados por la oración y robustecidos por los sacramentos de la Iglesia, principalmente de la Eucaristía que estamos celebrando.

TOMA DE POSESIÓN DE LA CÁTEDRA DEL OBISPO DE ROMA

Homilía de Benedicto XVI al tomar posesión de la cátedra del obispo de Roma, en la Basílica de San Juan de Letrán (7 de mayo de 2005)

Este día, en el que por primera vez puedo sentarme en la cátedra del obispo de Roma, como sucesor de Pedro, es el día en el que en Italia la Iglesia celebra la fiesta de la Ascensión del Señor. En el centro de este día, encontramos a Cristo. Y sólo gracias a Él, gracias al misterio de su ascensión, logramos comprender el significado de la cátedra, que a su vez es el símbolo de la potestad y de la responsabilidad del obispo. Entonces, ¿qué nos quiere decir la fiesta de la Ascensión del Señor? No nos quiere decir que el Señor se ha ido a algún lugar alejado de los hombres y del mundo. La Ascensión de Cristo no es un viaje en el espacio hacia los astros más remotos; pues en el fondo, también los astros están constituidos de elementos físicos como la tierra. La Ascensión de Cristo significa que ya no pertenece al mundo de la corrupción y de la muerte, que condiciona nuestra vida. Significa que pertenece completamente a Dios. Él, el Hijo Eterno, ha llevado nuestro ser humano a la presencia de Dios, ha llevado consigo la carne y la sangre de forma transfigurada. El hombre encuentra espacio en Dios, a través de Cristo; el ser humano ha sido llevado hasta dentro de la vida misma de Dios. Y, dado que Dios abraza y sostiene a todo el cosmos, la Ascensión del Señor significa que Cristo no se ha alejado de nosotros, sino que ahora, gracias al hecho de estar con el Padre, está cerca de cada uno de nosotros, para siempre. Cada uno de nosotros puede tutearlo, cada uno puede dirigirse a Él. El Señor se encuentra siempre al alcance de nuestra voz. Podemos alejarnos de Él interiormente. Podemos vivir dándole las espaldas. Pero Él nos espera siempre, y siempre está cerca de nosotros. De las lecturas de la liturgia de hoy aprendemos también algo más sobre la manera concreta en la que el Señor se encuentra junto a nosotros. El Señor promete a sus discípulos su Espíritu Santo. La primera lectura nos dice que el Espíritu Santo será ?fuerza? para los discípulos; el Evangelio añade que será guía hacia la Verdad plena. Jesús les dijo todo a sus discípulos, pues él es la Palabra viviente de Dios, y Dios no puede dar algo más que a sí mismo. En Jesús, Dios se nos dio totalmente a sí mismo, es decir, nos dio todo. Además de esto, o junto a esto, no puede haber otra revelación capaz de comunicar algo más o de completar, en cierto sentido, la Revelación de Cristo. En Él, en el Hijo, se nos dijo todo, se nos dio todo. Pero nuestra capacidad de comprender es limitada; por este motivo la misión del Espíritu consiste en introducir a la Iglesia de manera siempre nueva, de generación en generación, en la grandeza del misterio de Cristo. La Iglesia no presenta nada diferente o nuevo junto a Cristo; no hay ninguna revelación pneumática junto a la de Cristo, como algunos creen, no hay un segundo nivel de Revelación. No: ?recibirá de lo mío?, dice Cristo en el Evangelio (Juan 16, 14). Y, al igual que Cristo, sólo dice lo que escucha y recibe del Padre, el Espíritu Santo es intérprete de Cristo. ?Recibirá de lo mío?. No nos lleva a otros lugares, alejados de Cristo, sino que nos hace penetrar cada vez más adentro de la luz de Cristo. Por este motivo, la revelación cristiana es, al mismo tiempo, siempre antigua y siempre nueva. Por este motivo, todo se nos ha dado siempre y ya. Al mismo tiempo, toda generación, en el inagotable encuentro con el Señor, encuentro mediado por el Espíritu Santo, aprende siempre algo nuevo. De este modo, el Espíritu Santo es la fuerza por la que Cristo nos hace experimentar su cercanía. Pero la primera lectura deja también un segundo mensaje: ustedes serán mis testigos. Cristo resucitado tiene necesidad de testigos que se hayan encontrado con él, que lo hayan conocido íntimamente a través de la fuerza del Espíritu Santo. Hombres que, habiéndolo tocado con la mano, por así decir, puedan testimoniarle. Fue así como la Iglesia, familia de Cristo, creció desde ?Jerusalén? hasta los confines de la tierra?, como dice la lectura. A través de testigos se construyó la Iglesia, comenzando por Pedro y Pablo, por los Doce, hasta todos los hombres y mujeres que, llenos de Cristo, en el transcurso de los siglos, han vuelto a encender y encenderán de nuevo, de manera siempre nueva, la llama de la fe. Todo cristiano, a su manera, puede y debe ser testigo del Señor resucitado. Cuando leemos los nombres de los santos, podemos ver cuántas veces ante todo han sido ?y siguen siendo? hombres sencillos, hombres de los que surgía ?y surge? una luz resplandeciente capaz de llevar a Cristo. Pero esta sinfonía de testimonios está dotada también de una estructura claramente definida: a los sucesores de los apóstoles, es decir, a los obispos, les corresponde la responsabilidad pública de hacer que la red de estos testimonios permanezca con el pasar del tiempo. En el sacramento de la ordenación episcopal se les confiere la potestad y la gracia necesarias para ejercer este servicio. En esta red de testigos, al sucesor de Pedro le corresponde una tarea especial. Pedro expresó en primer lugar, en nombre de los apóstoles, la profesión de fe: ?Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo? (Mateo 16, 16). Esta es la tarea de todos los sucesores de Pedro: ser la guía en la profesión de fe en Cristo, el Hijo del Dios vivo. La cátedra de Roma es, ante todo, cátedra de este credo. Desde lo alto de esta cátedra, el obispo de Roma está obligado a repetir constantemente: ?Dominus Iesus?. ?Jesús es el Señor?, como escribió Pablo en sus cartas a los Romanos (10, 9) a los Corintios (1 Cor 12, 3). A los corintios, con particular énfasis, les dijo: ?Aun cuando se les dé el nombre de dioses, sea en el cielo o bien en la tierra? para nosotros no hay más que un solo Dios, el Padre?; y un solo Señor, Jesucristo, por quien todo existe y por quien nosotros existimos? (1 Cor 8, 5). La cátedra de Pedro obliga a sus titulares a decir, como hizo Pedro en un momento de crisis de los discípulos, cuando muchos querían irse: ?Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Nosotros hemos creído y sabemos que tú eres el Santo de Dios? (Juan 6, 68 y siguientes). Quien se sienta en la cátedra de Pedro tiene que recordar las palabras que el Señor dijo a Simón Pedro en la Última Cena: ?? Y tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos?? (Lucas 22, 32).

El titular del ministerio petrino tiene que tener la conciencia de ser un hombre frágil y débil, como son frágiles y débiles sus propias fuerzas, necesitado constantemente de purificación y conversión. Pero puede también tener la conciencia de que del Señor le viene la fuerza para confirmar a sus hermanos en la fe y mantenerles unidos en la confesión de Cristo, crucificado y resucitado. En la primera carta de san Pablo a los Corintios, encontramos la narración más antigua de la resurrección con que contamos. Pablo la retomó fielmente de los testigos. Esta narración habla en primer lugar de la muerte del Señor por nuestros pecados, de su sepultura, de su resurrección, que tuvo lugar al tercer día, y después dice: ?se apareció a Pedro y luego a los Doce?? (1 Cor 15, 5). Una vez más, se resume así el significado del mandato conferido a Pedro hasta el final de los tiempos: ser testigo de Cristo resucitado.

El obispo de Roma se sienta en su cátedra para dar testimonio de Cristo. De este modo, la cátedra es el símbolo de la ?potestas docendi?, esa potestad de enseñanza que constituye una parte esencial del mandato de atar y desatar conferido por el Señor a Pedro y, después de él, a los Doce. En la Iglesia, la Sagrada Escritura, cuya comprensión crece bajo la inspiración del Espíritu Santo, y el ministerio de la interpretación auténtica, conferido a los apóstoles, se pertenecen mutuamente de manera indisoluble.

Allí donde la Sagrada Escritura es extraída de la voz viva de la Iglesia, se convierte en víctima de las disputas de los expertos. Ciertamente todo lo que éstos pueden decirnos es importante y precioso; el trabajo de los sabios nos es de notable ayuda para poder comprender el proceso vivo con el que creció la Escritura y comprender así su riqueza histórica. Pero la ciencia por sí sola no puede ofrecernos una interpretación definitiva y vinculante; no es capaz de darnos, en la interpretación, esa certeza con la que podemos vivir y por la que también podemos morir. Para ello se necesita la voz de la Iglesia viva, de esa Iglesia confiada a Pedro y al colegio de los apóstoles hasta el final de los tiempos.

Esta potestad de enseñanza da miedo a muchos hombres dentro y fuera de la Iglesia. Se preguntan si no es una amenaza a la libertad de conciencia, si no es una presunción que se opone a la libertad de pensamiento. No es así. El poder conferido por Cristo a Pedro y a sus sucesores es, en sentido absoluto, un mandato a servir. La potestad de enseñar, en la Iglesia, comporta un compromiso al servicio de la obediencia a la fe. El Papa no es un soberano absoluto, cuyo pensamiento y voluntad son ley. Por el contrario, el ministerio del Papa es garantía de la obediencia a Cristo y a su Palabra. Él no debe proclamar sus propias ideas, sino vincularse constantemente y vincular a la Iglesia a la obediencia a la Palabra de Dios, ante los intentos de adaptarse y aguarse, así como ante todo oportunismo.

Lo hizo el Papa Juan Pablo II, cuando ante todos los intentos, aparentemente benévolos, ante las erradas interpretaciones de la libertad, subrayó de manera inequívoca la inviolabilidad del ser humano, la inviolabilidad de la vida humana desde su concepción hasta la muerte natural. La libertad de matar no es una verdadera libertad, sino una tiranía que reduce el ser humano a la esclavitud. En sus grandes decisiones, el Papa es consciente de estar ligado a la gran comunidad de la fe de todos los tiempos, a las interpretaciones vinculantes desarrolladas a través del camino de peregrinación de la Iglesia. De este modo, su poder no está por encima, sino que está al servicio de la Palabra de Dios, y sobre él pesa la responsabilidad de hacer que esta Palabra siga haciéndose presente en su grandeza y resonando en su pureza, de manera que no se haga añicos con los continuos cambios de las modas.

La cátedra es ?digámoslo una vez más? símbolo de la potestad de enseñanza, que es una potestad de obediencia y de servicio, para que la Palabra de Dios ?¡su verdad!? pueda resplandecer entre nosotros, indicándonos el camino. Pero, al hablar de la cátedra del obispo de Roma, ¿cómo es posible dejar de recordar las palabras que san Ignacio de Antioquia escribió a los romanos? Pedro, procedente de Antioquia, su primera sede, se dirigió a Roma, su sede definitiva. Una sede que se convirtió en definitiva con el martirio que unió para siempre su sucesión con Roma. Ignacio, por su parte, siendo obispo de Antioquia, se dirigía hacia el martirio que habría tenido que sufrir en Roma. En su Carta a los Romanos, se refiere a la Iglesia de Roma como la ?que preside en el amor?, expresión sumamente significativa.

No sabemos con certeza lo que realmente quería decir Ignacio al utilizar estas palabras. Pero para la antigua Iglesia, la palabra amor, ?ágape?, hacía referencia al misterio de la Eucaristía. En este misterio, el amor de Cristo siempre se hace tangible entre nosotros. Aquí, Él se entrega siempre de nuevo. Aquí, Él se hace traspasar el corazón siempre de nuevo; Aquí, Él mantiene su promesa, la promesa según la cual, desde la Cruz, habría atraído a todos hacía sí. En la Eucaristía, nosotros mismos aprendemos el amor de Cristo. Gracias a este centro y corazón, gracias a la Eucaristía, los santos han vivido, llevando el amor de Dios al mundo de formas y maneras siempre nuevas. ¡Gracias a la Eucaristía, la Iglesia renace siempre de nuevo! La Iglesia no es más que esa red ?¡la comunidad eucarística!? en la que todos nosotros, al recibir al mismo Señor, nos convertimos en un solo cuerpo y abrazamos a todo el mundo. Presidir en la doctrina y presidir en el amor, al final, tienen que ser una sola cosa: toda la doctrina de la Iglesia, al final, lleva al amor. Y la Eucaristía, como amor presente de Jesucristo, es el criterio de toda doctrina. Del amor dependen toda la ley y los profetas, dice el Señor (Mateo 22, 40). El amor es el cumplimiento de la ley, escribía san Pablo a los romanos (13, 10).

Queridos romanos, ahora soy el obispo de ustedes. ¡Gracias por la generosidad, gracias por la simpatía, gracias por la paciencia! Como católicos, en cierto sentido, todos somos también romanos. Con las palabras del salmo 87, un himno de alabanza a Sión, madre de todos los pueblos, cantaba Israel y canta la Iglesia: ?Se dirá de Sión: 'uno por uno todos han nacido en ella'" (v. 5). Del mismo modo, también nosotros podríamos decir: como católicos, en cierto sentido, todos hemos nacido en Roma. De modo que quiero tratar de ser, con todo el corazón, el obispo de ustedes, el obispo de Roma. Y todos nosotros queremos tratar de ser cada vez más católicos, más hermanos y hermanas en la gran familia de Dios, esa familia en la que no existen extranjeros. Por último, quisiera dar las gracias de corazón al vicario para la diócesis de Roma, el cardenal Camillo Ruini, así como a los obispos auxiliares y a todos sus colaboradores. Doy las gracias de corazón a los párrocos, al clero de Roma, y a todos los que, como fieles, ofrecen su contribución para construir aquí la casa viva de Dios. Amén.

 

Jesús Martí Ballester

DEDICACION DE LA BASILICA DE SAN JUAN DE LETRAN, MADRE DE TODAS LAS IGLESIAS.

 EL SEÑOR torrente de aguas fecundas

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