


26 OCTUBRE
SU GENEALOGÍA
Athelstan (n. 832 - m. 851), subregulus (sub-rey) de Kent (839-851).
Cada uno de sus hijos varones le sucedió al trono. Alfredo, el menor, es considerado como uno de los más grandes reyes que haya reinado en Bretaña. La única hija de Ethelwulf, Ethelswitha, se casó con el rey de Mercia siendo sólo una niña.
La religión siempre formó parte importante de su vida. El primer año de su reinado planeó una peregrinación a Roma. Debido al incremento de las incursiones, sintió la necesidad de apelar al Dios de los Cristianos para que le ayudara contra un enemigo "tan ágil, numeroso y profano." En 853 Ethelwulf, envió a su hijo Alfredo, un niño de unos cuatro años, a Roma. En 855, alrededor de un año después de la muerte de su señora Osburga, Ethelwulf siguió a Alfredo a Roma. En Roma, fue generoso con sus riquezas. Distribuyó oro al clero de San Pedro y ofreció los cálices del Bendito Pedro del más puro oro y candelabros de plata hechos por los sajones. [Hodgkin, RH. A History of the Anglo-Saxons. London: Oxford UP, 1935. 512.] En su camino de regreso a Wessex, se detiene en Francia, en la corte del rey Carlos el Calvo, el cual le otorga la mano de su hija mayor, Judith (Judith Martel), de alrededor de 12 años. El matrimonio se celebra en la localidad de Verberie-sur-Oise, el 1 de octubre de 856.
Su ausencia fue aprovechada por su segundo hijo y heredero, Ethelbaldo, para apoderarse del reino en su ausencia.
Por lo que, a su retorno a Inglaterra en 856, Ethelwulfo se encontró con una aguda crisis. Su hijo mayor Ethelbaldo (Athelstan había fallecido) había tramado una conspiración con el Magistrado en Jefe del Distrito de Somerset y el Obispo de Sherborne para oponerse a la reasunción de la regencia de Ethelwulfo. Había suficiente apoyo a Ehelwulfo tanto para iniciar una guerra civil como para desterrar a Ethelbaldo y sus conspiradores. En vez de ello, Ethelwulfo entregó Wessex a su hijo y aceptó par sí Surrey, Sussex y Essex . Gobernó hasta su muerte el 13 de enero de 860.
Si la disputa familiar hubiese continuado, podría haber arruinado la Casa de Egberto. Ethelwulf y sus consejeros merecieron el aprecio que les concedieron for su moderación y tolerancia.
La restitución de Ethelwulf incluyó una concesión especial a las reinas sajonas. Los sajones occidentales no permitían que la reina se sentara junto al rey, de hecho no se les llamaba reinas, sino simplemente "la señora del rey." Esta restricción fue levantada para la Reina Judith, probablemente por su alto rango de princesa europea.
Su anillo de oro tiene una pulgada de ancho y está ricamente decorado con símbolos religiosos, en él está inscrito: Ethelwulf Rex y se encontró en Laverstock, Wiltshire, en 1780, se cree que el rey lo dio como regalo a un partidario leal.
ALFREDO EL GRANDE
Nació en el 849 y murió en el 899. Nacido en Wantage, al sur de Inglaterra, Alfredo era el más joven de los cinco hijos del rey Ethelwulf. A la muerte de su hermano Ethelred I, rey de Wessex en 871, fue nombrado rey, accediendo al trono durante una invasión danesa. Aunque logró establecer la paz con los daneses, éstos reiniciaron sus expediciones de rapiña cinco años más tarde, y a comienzos del 878, obtuvieron éxitos en casi todos sus ataques. Hacia la Pascua de ese año, Alfredo se refugió en Athelney y comenzó a reunir un ejército. A mediados de ese año derrotó a los daneses y capturó su plaza fuerte, la actual Edington. Durante los catorce años siguientes, Alfredo pudo dedicarse a los asuntos internos de su reino. En torno al año 886 había tomado la ciudad de Londres y poco después fue reconocido como rey de toda Inglaterra.
INVASIÓN INCESANTE
En el 893 los daneses volvieron a invadir Inglaterra y los cuatro años siguientes estuvieron marcados por la guerra. Con el tiempo, los daneses fueron obligados a retirarse del dominio de Alfredo. Al ser el único gobernante que resistió las invasiones danesas con éxito, Alfredo convirtió su reino en el punto de concentración para todos los sajones, creando las raíces para la unificación de Inglaterra. Alfredo fue un protector del saber e hizo mucho en favor de la instrucción de su pueblo. Inició un aula palatina e invitó a sabios británicos y extranjeros, especialmente al monje galés Asser y al filósofo y teólogo irlandés Juan Escoto Eriúgena , a instalarse en su país. Alfredo tradujo al inglés obras tales como la Consolación de la Filosofía, del político y filósofo romano Boecio, la Historia adversus paganos del obispo español Paulo Orosio, y Pastoral del Papa Gregorio I. La legislación de Alfredo, la primera en promulgarse en más de un siglo, fue la primera que no estableció distinciones entre los ingleses y los galeses.
SANTO ADMINISTRADOR
Las limosnas de Alfredo no se limitaban a los términos de la Gran Bretaña. El santo rey había hecho cuatro partes de sus rentas anuales. La primera estaba adjudicada a los pobres, la segunda a los monasterios, otra a las escuelas y la cuarta a las misiones. Con el fin de socorrer a los misioneros, llegó hasta a enviar embajadas a la India. También llegaban a Roma limosnas procedentes de Inglaterra; por eso el Papa Marino 1, para testimoniar su gratitud a Alfredo, le envió una reliquia de la Vera Cruz, que fue para el rey de Inglaterra la salvaguardia más augusta en las batallas y el tesoro más preciado.
HOMBRE DE ORACIÓN
El monje Asser nos habla de un ingenioso plan inventado por el soberano para ordenar metódicamente las horas del día. Mandó colocar en su oratorio velas de igual longitud y volumen. Los capellanes informaban al rey cuando se terminaba una de ellas y empezaba a arder la siguiente. De ese modo podía Alfredo medir el tiempo que deseaba dedicar a los asuntos de gobierno o entregarse a la oración. El santo rey llevaba consigo de continuo un Salterio al que había mandado añadir papel en blanco y no pasaba día sin transcribir algún pensamiento que más tarde gustaba de leer con calma, añadiendo algún comentario: ocupación que le servía a la vez de descanso y de examen de conciencia. Se unía a los monjes en el rezo del. Oficio divino e impuso la norma de rezar diariamente las horas canónicas en palacio.
NUEVAS INVASIONES
Los postreros años de su reinado fueron turbados por una nueva invasión. El feroz Hastings. el más famoso de los reyes del mar, abordó a las costas inglesas con dos escuadras y un contingente considerable de tropas, remontó el Támesis y el Lea, y desembarcó al norte de Londres. Una audaz estratagema salvó a la ciudad y a la nación. Alfredo hizo desviar el curso del río y se arrojó sobre el enemigo de improviso, sin darle tiempo para organizar la resistencia. Las tropas de Hastings quedaron destrozadas, capturadas sus embarcaciones, y el mismo invasor se libró con dificultad de la muerte. Con esto desaparecía una amenaza que por mucho tiempo traía inquietos al monarca y a su pueblo. Todos celebraron el suceso con gran regocijo y acción de gracias, y aun se hizo más popular el santo rey. Gran número de prisioneros quedó en poder de los ingleses a quienes Alfredo trató como padre más que como vencedor, de suerte que los enemigos de la víspera se trocaron pronto bajo su mando en defensores de mañana. Esta fue la última victoria que ganó el santo monarca.
SU MUERTE
Murió en Winchester el 25 de octubre del año 901 a los 52 años y fue enterrado por sus hijos en la catedral de dicha ciudad. Alfredo no ha sido beatificado. ni canonizado; pero su memoria ha gozado siempre de gran veneración entre el pueblo inglés. La Historia le denomina el Grande, y los historiadores. escritores y poetas le han ensalzado a porfía. Dice, por ejemplo, Spelmen en su obra sobre los Concilios de Inglaterra: “Salve, oh Alfredo, maravilla y pasmo de los siglos! Si paramos mientes en su religión y en su piedad. creeremos que siempre ha vivido en el claustro; si en sus hazañas, que en los campos de batalla; si consideramos su ciencia y sus escritos, nos parecerá que ha pasado toda su vida en las escuelas; y, si paramos atención en la sabiduría y prudencia de su gobierno y en las leyes que ha publicado, quedaremos persuadidos de que no se pudo ocupar en otra cosa”. Algunos calendarios de Inglaterra citan su nombre entre los Santos. Por eso le damos el título de Beato, aunque ninguna diócesis le tributa culto público.