DOMINGO 11 CICLO C

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"TUS PECADOS ESTAN PERDONADOS"

 

         1. Eligió Dios a David para gobernar a su pueblo. Lo había dotado de grandes y extraordinarias cualidades: corazón noble, valeroso, justo y profundamente religioso. Al entregarle Yahve el reino de Saúl, le da posesión también de su harén. ¿Qué le pasó a David para, teniendo una situación tan fácil, encapricharse de Betsabé, una mujer casada con uno de sus generales? El corazón humano es muy débil, y ni los reyes ni nadie están libres de ser seducidos y sorprendidos en un momento bajo. El cansancio, el aburrimiento y el ocio, el hastío o el vacío de lo que se tiene que nunca llega a llenar el hambre del hombre, junto con lo que solicita y atrae desde fuera, pueden derrumbar el castillo, por alto que sea y por encumbrado que esté. Pero el pecado más grave de David no fue el adulterio, con serlo tanto, por quebrantar la justicia robando la ovejita única del pobre Urías, el esposo burlado. El crimen mayor fue su asesinato, fríamente calculado y estratégicamente perpetrado "Líbrame de la sangre".

 

         2. Como quien no quiere la cosa, se presenta el profeta Natán ante el rey y le cuenta una parábola. Un rico y un pobre. El rico tiene abundantes rebaños de ovejas, y el pobre sólo una ovejita. Llegan invitados a casa del rico y le duele matar una de sus ovejas para obsequiarles y roba la que dormía en el regazo del pobre, que no tenía otra. "¡Vive Dios que el que ha hecho eso es reo de muerte! No quiso respetar lo del otro, pues pagará cuatro veces el valor de la cordera". David no se ha dado cuenta del rodeo de Natán: -"¡Ese hombre eres tú!". -"He pecado contra el Señor". -"El Señor ha perdonado ya tu pecado, no morirás", le dijo en nombre de Dios Natán.

 

         3. A David atribuye la tradición el conocido y tantas veces recitado por millones de corazones contritos, salmo "Misserere". El Salmo 31 también implora el perdón: "Perdona, Señor, mi culpa y mi pecado". Perdón que se acepta con alegría y corazón feliz, porque el Señor perdona las culpas y sepulta los pecados del que no encubre al Señor sus delitos sino que humildemente los reconoce", como David, gran pecador y gran santo. "Pecó David, cosa que suelen hacer los reyes, hizo penitencia David, lo que no suelen hacer los reyes" (San Agustín).

        

         4. Como a David, igualmente perdona Jesús, en casa de Simón donde estaba invitado a comer, a la prostituta, que no dudó en buscar a Jesús, acercarse a donde estaba, venciendo todo respeto humano, porque era bien conocida, regarle los pies con sus lágrimas de arrepentimiento, enjugárselos con sus cabellos, cubrirlos de besos y ungírselos con perfume. Porque amo mucho, se le perdonaron muchos pecados. Era mujer de mucho corazón. Habría sufrido muchos desengaños. Se entregaba de verdad, pero la buscaban de mentira. Estaba desengañada y hastiada de su vida.        

 

5. Estas mujeres entran en el torbellino muchas por necesidad, otras porque tienen el corazón de metal y son calculadoras e interesadas. La sociedad las margina. Jesús las acoge. El fariseo, que no creía necesitar perdón de nada porque estaba convencido de su rectitud de conciencia y estricta justicia, se quedó sin el encuentro con Cristo y sin su perdón. Le había hospedado en su casa exteriormente y de fachada. Ni él se conocía a fondo, ni menos había llegado a penetrar en el corazón de Jesús y en la misericordia del Padre. Jesús salió de casa de Simón gozoso por haber podido ejercer de médico cariñoso con una mujer que estaba perdida, pero que él había encontrado. "No son los sanos los que necesitan médico, sino los enfermos". Simón el fariseo también estaba enfermo, pero no lo sabía ni le interesaba saberlo. Jesús entró en su casa, pero él no supo aprovechar la visita y aquella presencia Lucas 7, 36.

        

6. En el encuentro que tenemos hoy con el Señor en este banquete al que nos ha invitado, lo fundamental no es lo externo. Lo que tiene la importancia máxima es saber aprovechar la oportunidad de presentarle nuestro corazón contrito, humilde y humillado, para pedirle perdón con la seguridad de que nos oye y nos perdona. Si nuestra conciencia rectamente formada, nos dice que vayamos al sacramento de la reconciliación, no nos demoremos.

        

7. De la Eucaristía hoy y del sacramento del perdón, sacaremos y beberemos aguas vivas de salvación. Nadie puede comprender mejor el corazón de Dios que el que ha pecado y se siente perdonado. Y el que ha recibido mucho perdón, tiene más motivo para amar más por el pleno perdón concedido. La mujer pecadora y otras que habían recibido curación de espíritus malos y de enfermedades, expresaron su gratitud al Señor, siguiéndole, poniéndose a su servicio y ayudándole a él y a sus discípulos con sus bienes. Seguir a Jesús imitándolas, será la demostración de la gratitud de haber sido perdonados.

 

P. JESUS MARTI BALLESTER

jmartib@planalfa.es