DOMINGO 15   CICLO C

 

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EL BUEN SAMARITANO

 

         1. Como argumento para que el pueblo escuche la voz del Señor, y se convierta al Señor su Dios con todo el corazón y con toda su alma guardando sus mandatos, Moisés les dice y nos dice que la Ley, como expresión de la voluntad de Dios, puede ser cumplida, porque no excede sus fuerzas acrecentadas por Dios, no es inasequible, no está en lo alto del cielo o en Dios mismo, ni a distancias espaciales que exijan subir a las estrellas o a la otra orilla lejana del mar. El mandamiento de Dios está muy cerca de tí Deuteronomio 30, 10. La Ley que nos ha sido dada y promulgada, está dentro del pueblo de la alianza, que la puede pronunciar con su boca, memorizarla y meterla en el corazón. La Ley, de origen divino, se ha encarnado en la palabra humana, y mediante ella viene Dios en el Sinaí en busca de su pueblo, y sale al encuentro de su pueblo, haciéndose cercano y prójimo, próximo, de su pueblo. Y en el camino, encuentra al hombre medio muerto y lo cura.

 

         2. Quien por eso canta confiadamente con el autor del Salmo 68: "Yo soy un pobre malherido... tu salvación me levante".

 

         3. El pueblo debe hacer suya y apropiarse la Palabra de la Ley, aunque el Señor ya se la ha escrito en el corazón. Sin este grado de apropiación, es carga insoportable. Sólo cuando  viene impulsada desde dentro y se convierte en una urgencia de responder filialmente al Dios que se revela Salvador y Buen Samaritano, se convierte en miel para el paladar, y se la ve y se la oye como la voz más íntima que la misma persona, que habla en el interior de la persona. Entonces se cumple la Ley, no con las fuerzas humanas, siempre débiles y escasas, sino con la energía de Dios que anima al hombre. Es Dios quien da la fuerza para responder a Dios.

 

         4. A través de toda la experiencia y sabiduría del pueblo de Israel, que repite durante toda su vida tres veces al día el Shema, Israel, el letrado sabe que tiene que amar a Dios y cómo tiene que cumplir ese mandamiento, pero no conoce cómo tiene que amar al prójimo, porque en la praxis del judaísmo no se había acentuado esta segunda parte del máximo mandamiento de la ley. Y, sobre todo, no sabe quién es "su prójimo". Y por eso sigue preguntando: "¿Quién es mi prójimo?". Y Jesús cuenta la parábola, tan conocida, del buen samaritano.

 

         5. Como otras veces, introduce en la escena a este samaritano, hereje y no practicante del culto judío, que hace el contrapunto al sacerdote y al levita, piadosos, que bajan de Jerusalén a Jericó, que se supone vienen de ejercer sus funciones religiosas. Uno y otro, miran hacia el otro lado. Dan un rodeo. No quisieron ni contaminarse ni comprometerse. Entre tanto, el pobre apaleado y medio muerto, queda tirado en la cuneta. ¿Qué religión practicaban aquellos profesionales de la religión y especialistas de la ley? Todo era superficial, o peor, hipocresía.

 

         6. Ahí está el delicioso samaritano, proscrito por los hombres de la Torá, que, sin ningún remilgo, descabalga, comprueba el estado del herido, siente lástima, lo lleva a la posada en su propia cabalgadura, lo cuida, y pasa la noche con él. Paga al posadero, le encarga que siga cuidándolo, y que lo ponga todo a su cuenta. Cuando todos han escuchado la parábola diáfana, pregunta Jesús al letrado: "¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?". -"El que practicó la misericordia con él", respondió abrumado el letrado. "Anda, haz tú lo mismo", cerró satisfecho Jesús.

         No necesitamos más argumentos. La lección está clara. Donde veas una necesidad, cuando veas en un apuro a tu hermano, practica con él la misericordia y estarás cumpliendo el primer mandamiento de la ley.

 

         7. ¿De qué les sirvieron sus rezos y ceremonias al sacerdote y al levita? Los que estuvieran atentos para creer en lo sobrenatural, a la actitud de estos dos comerciantes de la ley, a estos dos profesionales del culto, tenían motivos para no creer, al menos en aquellos hombres y, en consecuencia, en lo que ellos representaban.

 

         8  Cuando practicamos la misericordia estamos imitando la misericordia del Padre, que nos ha enviado a Jesús, su Hijo amado, a curarnos cuando estábamos apaleados por el demonio y caídos en la cuneta del pecado. El es el Buen Samaritano, que ahora nos está curando las heridas con el aceite de su palabra, y después con el vino de su sangre.

 

P. JESUS MARTI BALLESTER

jmartib@planalfa.es