DOMINGO 16 CICLO C

ABRAHAM Y MARTA Y MARIA
HOSPEDAN ATENTOS AL SEÑOR
1. La virtud de la hospitalidad practicada por Abraham nos prepara para contemplar otra escena de acogida del huésped por parte de Marta y María. En ambos casos el huésped es Dios. Abraham no lo sabía y Marta casi tampoco. El motivo de la visita de Dios a Abraham parece ser el de afianzar los lazos de amistad comenzada hace años entre los dos, y de paso, hacerle saber que la promesa del hijo estaba próxima a cumplirse. Abraham se prodiga en atenciones, pues la hospitalidad era una virtud característica de los orientales, y necesaria, dada la precariedad de medios en aquella cultura seminómada. Pone en movimiento a los criados y a su esposa Sara: traer agua para lavarles los pies, coger tres cuartillos de harina, amasarlos para hacer una hogaza, escoger un hermoso ternero y mandar a un criado a que lo matara y lo guisara. Tomó después requesón, leche y el ternero preparado y se lo sirvió. Mientras los tres hombres comían, Abraham permaneció de pie, atento a los tres personajes, pendiente de sus gestos y de sus miradas. "Como están los ojos de los esclavos fijos en las manos de sus señores, así están los ojos de Abraham, en el Señor, esperando su misericordia".
2. Abraham observaba, sentía que aquella presencia le hacía arder el corazón y se notaba conmovido y movido a actuar con sumo respeto en medio de su contemplación. Se comprende intrigado porque aquellos huéspedes parecen diferentes de las otras personas nómadas a quienes tantas veces ha visto y tratado y hasta ha hospedado. Preguntan por Sara. ¿Sara les habría ya saludado y, reservada y tímida, estaría en el trabajo del servicio, en la preparación, y el discurrir de aquel banquete improvisado? Abraham respondió que Sara estaba en la tienda. Y uno de los tres dijo a Abraham: "Cuando vuelva a verte dentro de un año, Sara habrá tenido un hijo". Desde dentro de la tienda Sara, que oyó la promesa, se rió. Parecería normal que llamaran a Sara y le dieran la noticia que biológicamente afectaba más a ella. Pero desde el comienzo de la llamada de Abraham éste ha sido el interlocutor de Dios y el que ha recibido la promesa.
3. En el contacto con sus huéspedes ha ido creciendo la confianza de Abraham. Poco a poco ha comprendido que no son de este mundo. El crecimiento de la amistad es terreno abonado para las confidencias. En este clima, el Señor revela a Abraham la destrucción de Sodoma. Abraham, el hombre que ha escuchado tantas veces a Dios, ha comprendido hoy que para ser el padre de un gran pueblo, y conocer los designios de Dios, ha de estar a la escucha de sus palabras. A fuerza de escuchar tantas veces la palabra del Señor, ha ido conociéndolo mejor y en su corazón ha crecido su cariño y su intimidad Génesis 18, 1.
4. La escucha de la palabra exige y es causa de practicar la justicia, tener intenciones limpias y leales, no hacer mal al prójimo, no difamarle, no ser usurero, ni aceptar soborno contra el inocente. El que así obra nunca fallará y merecerá hospedarse en la tienda del Señor, como Abraham ha conseguido hospedarle en la suya Salmo 14.
5. Como le han hospedado en la suya también Marta y María. María, como Abraham, ha permanecido a la escucha de la palabra de Jesús. Marta ha cargado con todo el trajín, más atenta a que el hospedaje que ofrecía a Jesús no tuviera pero, que a la acogida que prestaba a su persona. No estaba mal esto, pero lo principal era lo otro. "A los pobres los tenéis siempre con vosotros, en cambio, a mí no siempre me tenéis". Jesús no había ido a su casa a que Marta y María le dieran un banquete, sino a ofrecérselo él a las dos, porque "No sólo se vive de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios".
6. Cuando Marta, nerviosa, tensa, agobiada y celosa, pidió a Jesús que reprendiera a Marta, consiguió ser ella la amonestada: "Estás inquieta y nerviosa por tantas cosas: una sola es necesaria". No reprendió su servicio, sino el modo de servir. ¿Por qué estaba tensa? Quería hacer un buen papel delante de su huésped. Buscaba más ganar prestigio de buena anfitriona, que acoger la persona del Maestro. Con amor de sí misma se olvidó del amor al Señor. En vez de dedicarle a él la atención y el afecto y el cariño, la mirada y el acatamiento, la dedicó a los pucheros, y a las manzanas, a los dátiles y a la carne que estaba cociendo, al mantel y a la colocación de los muebles y esteras. No es que esto estuviera mal, pero es que lo otro era mejor, y es lo que hizo María, que supo elegir la mejor parte, que no se la quitarán Lucas 10, 38.
7. La Iglesia tiene que hacer la síntesis de las dos posturas. No excluir una en detrimento de la otra, sino integrar las dos. De la intensidad de la atención al Señor brota la iniciativa del servicio y la permanencia en él, aunque no sea gratificante. Porque sensiblemente casi siempre es menos placentero atender a Dios, que parece que no nos dice nada aunque nos pasemos la noche en oración, que dar de comer a un enfermo que nos corresponde con una sonrisa. Y seguramente es más apetecible organizar un club de muchachos agradables, que dedicar la mitad del tiempo a estar sentado a los pies del Señor como María, o estar de pie con los ojos fijos en él, como Abraham. Un esposo que trabaja toda la semana y cuando llega por la noche cansado, apenas le dice cuatro palabras a su esposa, y el viernes por la tarde le entrega el sobre abultado con el salario ganado y cree que porque ha estado enfrascado en el trabajo para la esposa ha cumplido con su deber de esposo, no se ha dado cuenta de que la atención a la persona de su esposa y al diálogo con ella es más importante. ¿Pueden estar toda la semana mirándose a los ojos? No, hay que integrar las dos actitudes. Primero, el corazón a la esposa y desde ahí, el trabajo con mayor ilusión. "Cuando estás en casa te entretienes jugando con el ordenador, y ahora salimos de paseo con los niños, y te vas a ver a tu prima", oí quejarse dolida a su esposo a una esposa, con razón.
8. Santa Teresa decía que entre los pucheros anda el Señor, pero si no se enciende por la mañana la caldera de la calefacción, estamos todo el día destemplados, pensando sólo en los pucheros. Para meter al Señor entre los pucheros, hay que cultivar su amistad. De lo contrario el Señor se va difuminando y quedando en la penumbra hasta desaparecer del horizonte, y entonces aparece la tensión, se pierde la calma y sólo cuenta el trabajo y "tantas cosas". Una Iglesia que centre más su atención en el trabajo de Dios que en la persona de Cristo, ni ha entendido el amor, ni ama de veras, y además, se agota en la esterilidad.
9. Que la Eucaristía, en la que el Señor nos hospeda en su casa, y después de explicarnos las Escrituras, nos reparte su pan y su vino, alimente nuestro amor y gratitud por la salvación, haga arder nuestro corazón como a los discípulos de Emaús y lo mantenga atento durante la semana, como Abraham y María que escuchan la palabra de Dios para cumplirla.
P. JESUS MARTI BALLESTER
jmartib@planalfa.es