DOMINGO 30   CICLO C

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LA HUMILDAD ALCANZA EL PERDON

 

         1. Comisionado Bossuet por el Papa para examinar el espíritu de las cistercienses jansenistas de Port-Royal, sintetizó en una frase al Papa su dictamen: "Puras como ángeles, soberbias como demonios".

 

         El mensaje de LA ORACION que Lucas nos ofrece, no es una predicación abstracta, sino enriquecida con gestos y detalles plásticos y escenas evocadoras de gran viveza. La constancia en la oración la ha expresado Jesús en la parábola del juez inicuo y la viuda: "¿Dios no hará justicia a sus elegidos que están clamando a él día y noche?". Por esta escena de la viuda conocemos que hay que orar día tras día, con perseverancia. Pero como no basta orar externamente, sino que es necesario que la oración brote de la hondura de la vida, nos propone hoy la parábola del FARISEO Y EL PUBLICANO, en la que destaca que la oración exige sinceridad y limpieza interior Lucas 18, 9.

 

         2  Al Templo, el lugar de la oración, suben un fariseo, un hombre cumplidor de la ley, y un publicano que, aunque es hebreo, colabora con el poder romano, como recaudador que agobia al pueblo con sus impuestos y como tal, odiado y despreciado por la gente y considerado pecador.

 

         3. El fariseo sube al templo: aprecia y valora la oración y la práctica. Pero ora con palabras huecas y con gestos vacíos. Lo único que ha venido a decirle a Dios son sus propias virtudes de las que está suficientemente satisfecho, encantado de haberse conocido: "Ni es ladrón, ni es injusto, ni es adúltero". Le basta su propia perfección humana. Se conforma con ella. No deja ni una rendija para que la gracia pueda penetrar en su persona y le haga ver que ante Dios es pura nada.

        

         4  El publicano por el contrario, se presenta ante Dios y se descubre profundamente pecador. Necesita salir de su pecado y pide con humildad su auxilio.

 

         5. Cuando un hombre humilde y contrito, abrumado por sus pecados, necesitado de perdón y misericordia, levanta sus manos suplicantes a Dios implorando auxilio y ayuda, ese hombre ora de verdad, su oración es interior, auténtica. "El Señor escucha las súplicas del oprimido; no desoye los gritos del huérfano o de la viuda cuando repite su queja; su grito alcanza las nubes; los gritos del pobre atraviesan las nubes y el juez justo le hace justicia" Eclesiástico 35, 15. La tesis de Ben Sirac anticipa el resultado de la parábola del publicano, que bajó a su casa justificado, y es su más elocuente cumplimiento.

 

         6. Es verdad que "si el afligido invoca al Señor, él lo escucha y lo libra de sus angustias. El Señor está cerca de los atribulados, salva a los abatidos. No será castigado quien se acoge a él" Salmo 33.

 

         7. En la parábola de Jesús, la oración como puro rito ha pasado a segundo término. El fariseo ha cumplido puntualmente todas las minuciosas ceremonias de la tradición de Israel. Pero  no ha llegado al corazón de Dios. Se ha quedado en sí mismo, en su visión del mundo, en la soberbia satisfacción de su propia justicia: "No soy como los demás hombres". Recuenta los pecados que cometen los hombres, y dice que él no los hace. Y es verdad. Pero tiene un pecado muy grande: la soberbia, que le hace despreciar a los otros hombres y en concreto a ese hombre publicano. Y Dios no tolera que toquen a sus hijos, los hombres, aunque sean pecadores. Las caídas son preparaciones, noches. Pueden garantizarlo San Pedro, San Pablo, la Magdalena.

 

         8. El fariseo no ve su pecado contra la caridad, y no reconoce su orgullo porque está ciego. El publicano, como "no va a misa", no sabe los ritos y no los cumple. En su vida sólo ve pecado, por eso no puede presentar a Dios nada bueno. Pero ha entrado en el fondo de sí mismo, ha abierto la puerta de su corazón, ha mostrado sus llagas a quien las puede curar creando en él un corazón puro, y ha permitido que Dios, buen samaritano, se las unja con aceite y con vino, le ilumine y le cambie. Y bajó justificado. Es decir, Dios le amó, y él quiere demostrarle a Dios que también él le ama, cumpliendo su voluntad.

        

         9. Es la exigencia del perdón y del amor que Dios le ha transmitido. Ha comprendido con agudeza que la oración consiste en abrir el corazón al Padre y a Jesús, que nos ama; en tener la certeza de que más allá de este mundo no hay un vacío que repite el eco de nuestras propias voces, gritos; sino un amor de Padre, que nos ama y nos escucha, aunque no sepamos cómo, contra la evidencia de lo contrario. En la práctica el hombre puede vivir sin oración, pero su alma sin oración está muerta, paralítica, dice Santa Teresa, porque la oración es la que vivifica la fe, que, por eso, sin oración, es fe muerta. Sólo en la oración apoyada en el misterio de la Pascua de Jesús, puede el hombre llegar a descubrir su intimidad como persona que es amada. Sólo por la oración puede experimentar que ha sido perdonado.

 

         10  El publicano se sintió perdonado, como cada cristiano que recibe el sacramento de la Reconciliación. La auténtica oración cristiana se goza en el don del perdón que Dios nos ofrece, y en el mismo Dios, como un regalo. Por la oración cada día podemos vivir este misterio y expresarlo con gozo.

 

         11  El fariseo no ha sabido descubrir la grandeza de la misericordia, porque estaba encerrado entre los muros de su propia santidad y justicia humanas, en su voluntarismo. En cambio el publicano confió en el amor misericordioso, y salió justificado. El fariseo era religioso, pero no era pobre. El publicano no era religioso, pero era pobre. Bienaventurados los pobres de espíritu... Los pobres de Yahve.

 

         12  El Señor que se manifiesta como juez justo, en contraposición al "juez injusto" del domingo anterior, y que escucha las súplicas del oprimido exteriormente, como la viuda por su adversario, o interiormente, como el publicano de hoy por sus pecados, no hace oídos de mercader ante los gritos del huérfano o de la viuda. Las penas gritadas consiguen el favor de Dios. "Los gritos del pobre atraviesan las nubes y hasta alcanzar a Dios no descansa".

 

         13. Reconciliados con Dios, vengamos a la fuente de la vida donde Dios nos recibe y nos alimenta con su Cuerpo y con su Sangre.

 

P. JESUS MARTI BALLESTER

jmartib@planalfa.es