DOMINGO DE PENTECOSTES CICLO C

EL DINAMISMO DE LA IGLESIA
1 Comienza el tiempo del Espíritu Santo quien, a su vez, es el protagonista principal del libro de los Hechos. Su autor recurre al lenguaje metafórico cuando intenta describir su venida: Utiliza el ruido de un viento recio, las lenguas como llamaradas, y la comunicación en lenguas extranjeras Hechos 2,1.
2 El cuarto evangelio nos dice que el Señor "sopló sobre los discípulos para comunicarles el Espíritu Santo" Juan 20,19. En claro paralelismo con la descripción de la creación del primer hombre, cuando Dios "sopló en sus narices"; y con el mandato del Señor a Ezequiel: "Sopla sobre estos huesos para que revivan". El "soplo", "viento", "aliento", "ruaj", "pneuma", en hebreo y en griego, son sinónimos de Espíritu. El Don pues, del Espíritu comunicado a sus discípulos la tarde de la Resurrección y el de Pentecostés son descritos de la misma forma que la creación del hombre, cuando el Señor creó en él la vida. Todo esto indica que estamos en el origen de una humanidad nueva, una nueva creación.
3 Pero para que aparezca la vida tiene que ser removida la muerte. Por eso se comunica el don del Espíritu Santo como poder contra el pecado: "Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados". Esa es, pues, la misión del Espíritu Santo, que es enviado para actualizar constantemente en la historia a Jesucristo, su Persona, sus palabras y sus obras. Podemos decir que el Espíritu Santo es la presencia activa y la acción presente del Señor glorificado en la Iglesia y en el mundo, actuando tanto individualmente como comunitariamente.
4 Es el Espíritu Santo el que actúa en la misión de la Iglesia, descubriéndole campos nuevos de acción, tareas nuevas, e impulsándola a tomar iniciativas nuevas, fecundando siempre su acción. Por eso debe estar atenta a los signos de los tiempos, que llevando siempre una iniciativa divina, hay que saberla discernir con perspicacia y con docilidad y humildad.
5 Siempre que se confiesa a Cristo en el mundo, se hace presente el Espíritu, y cuando se va construyendo la comunidad y ésta va creciendo, allí está el Espíritu dando dinamismo y siendo la fuente del crecimiento.
6 El Espíritu es la fuerza que impulsa la vida de los creyentes. Por eso nos exhorta Pablo: "Andad en Espíritu y no según la carne"; "Si vivís según la carne, moriréis, si según el Espíritu, viviréis". Los cristianos deben producir los frutos del Espíritu: "Amor, alegría, paz, comprensión, servicialidad, bondad, lealtad, amabilidad, dominio de sí".
7 El Espíritu es el que nos abre a Dios: ora en nosotros con gemidos inefables y nos permite decirle "Abbá", "Padre"; y el que nos hace abrirnos a los hermanos: "Vosotros fuisteis llamados a la libertad; pero que no sea motivo para servir a la carne, sino servíos unos a otros, mediante la caridad. En fin, el Espíritu nos convierte en pequeños cristos que multiplican su presencia y su acción en el mundo.
8 El Espíritu Santo nos revela la realidad verdadera de la creación. Por eso para el creyente nada es pequeño ni trivial: todo es don y gracia. Cosas, sucesos pequeños y ordinarios, también los grandes acontecimientos. En todo debe saber descubrir el cristiano la huella del Espíritu y todo debe ser motivo de gozo y de acción de gracias. Pero sobre todo, se manifiesta la acción del Espíritu Santo, allí donde se produce una vida nueva, o donde se impulsa la perfección en todos los órdenes, sobre todo en el esfuerzo de los hombres y de los pueblos a favor de la vida, de la justicia, de la libertad, de la paz.
9 Allí donde los hombres se despojan de su egoísmo, se reúnen en la caridad, se perdonan y disculpan, se hacen mutuamente el bien y se ayudan, está de manera especial presente el Espíritu. Porque el hombre se encuentra a sí mismo y avanza por el camino de la perfección, no cuando se entrega a los impulsos del egoísmo, sino cuando da, ofrece, comparte. Donde hay caridad se anticipa la plenitud y la transformación del mundo.
10 El hombre encuentra su perfección más profunda donde su condición de persona es aceptada y respetada incondicional y definitivamente. Sólo Dios puede aceptar al hombre de esa manera. Y le acepta de hecho en su amistad y le hace partícipe de su vida por el Espíritu Santo. Una vez entroncado en Dios el hombre y salvado y santificado, es capaz de manifestar los frutos de esta santidad y amistad en su trato con los hermanos: en su afabilidad, disposición siempre atenta a ayudar, en su comprensión y tolerancia, en su generosidad. Y como la comunicación con Dios es la perfección más honda del hombre, el que se abre a la acción del Espíritu Santo, queda lleno de paz interior, de consuelo y de gozo espiritual.
11 Al recibir la comunión ejercitemos nuestra profunda fe en la llegada a nosotros del Espíritu que nos haga hombres divinos.
P. JESUS MARTI BALLESTER
jmartib@planalfa.es