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3 de Mayo SANTOS FELIPE Y SANTIAGO APÓSTOLES Autor: Jesús Marti Ballester |
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SAN FELIPE. LES LLAMO Y LE SIGUIERON
DURAS SON ESTAS PALABRAS Ellos nunca pensaron lo que murmuraban tantos admiradores de un día:
"Duro es este lenguaje, ¿quién puede escucharle?" Eran fuertes las
enseñanzas del Maestro, se necesitaba esfuerzo para asociar la vida a su
destino. "Las raposas tienen sus guaridas y los pájaros del cielo sus
nidos; pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar su cabeza." Al oír
estas palabras, el escriba movía la CABEZA Y FURTIVAMENTE SE ESCABULLÍA. Desde el momento mismo de unirse a Jesús, Felipe había mostrado una
docilidad comparable a HOMBRE SENCILLO Es un hombre de buena voluntad, sencillo y dócil; pero le pasa lo que
a Tomás: los altos misterios son demasiado altos para él. Nos le figuramos
bostezando en el discurso de El evangelio dice que nació en Betsaida en Galilea. Jesús lo llamó al
día siguiente de haber llamado a Pedro y a Andrés. El fue el que llevó a
Natanael a Jesús. Fue uno de los elegidos. Cuando la multiplicación de los panes, Jesús le preguntó: "¿De
dónde crees tú que podremos conseguir pan para tanta gente?". Cuando
unos griegos extranjeros quisieron hablar con el Divino Maestro le pidieron a
Felipe que los llevara hacia El. Y en la última cena él le dijo a Jesús:
"Señor: muéstranos al Padre", y Jesús le respondió: "Felipe,
quien me ve a Mí, ve al Padre". El día de Pentecostés Felipe recibió
junto con los otros apóstoles y CASADO Y TIENE DOS HIJAS De todos los Apóstoles, Felipe y Santiago son los menos andariegos.
En los campos de Frigia, junto a las riberas del Licus, se alzaba una ciudad
famosa, a la cual enviaba un poeta este saludo: "Gloria a ti, la tierra
más bella del Asia, alcázar de oro, ciudad sagrada, ninfa divina cuyas
fuentes envidian todos los pueblos." Eran famosas las fuentes de
Hierápolis, que tenían la virtud de transformarlo todo en piedra. Sus ondas
rígidas revestían las más caprichosas formas; aquí parecían finísimas filigranas;
allí tomaban el aspecto de animales fabulosos; o bien, se cuajaban en blancas
estalactitas, teñidas de púrpura y de zafiro por el brillo deslumbrante del
sol oriental. Aquí pasó Felipe los últimos años de vida. Aquí predicaba y
bautizaba, ayudado por sus dos hijas, que habían consagrado su virginidad a
Cristo y le habían seguido en sn misión. A veces cruzaba el río y entraba en
la vecina ciudad de Laodicea para cultivar con su palabra la semilla que
habla dejado allí Pablo. Y no podía olvidar que un día el Hijo de Dios había
pronunciado su nombre familiarmente, y le había dicho: "Felipe, el que
me ve a Mí, ve también a mi Padre." SANTIAGO EL MENOR
EL SEÑOR SE APARECIO A SANTIAGO San Pablo afirma que una de las apariciones de Jesús Resucitado fue a
Santiago. Y el libro de los Hechos narra cómo en la Iglesia de Jerusalén era
sumamente estimado este apóstol, "el obispo de Jerusalén". San
Pablo cuenta que él, la primera vez que subió a Jerusalén después de su
conversión, fue a visitar a San Pedro y no vio a ninguno de los otros
apóstoles, sino solamente a Santiago. Cuando San Pedro fue liberado por un
ángel de la prisión, corrió hacia la casa donde se hospedaban los discípulos
y les dejó el encargo de "comunicar a Santiago y a los demás", que
había sido liberado y que se iba a otra ciudad (He 12,17). Y que la última
vez que San Pablo fue a Jerusalén, se dirigió antes que todo "a visitar
a Santiago, y allí en casa de él se reunieron todos los jefes de la Iglesia
de Jerusalén" (Hh. 21,15). San Pablo en la carta a los Gálatas dice:
"Santiago es, junto con Juan y Pedro, una de las columnas principales de
la Iglesia". Cuando los apóstoles se reunieron en Jerusalén para el
primer Concilio, fue el apóstol Santiago el que redactó la carta que
dirigieron a todos los cristianos (He15). Hegesipo, historiador del siglo II dice: "Santiago era llamado
‘El Santo’. La gente estaba segura de que nunca había cometido un pecado
grave. Jamás comía carne, ni tomaba licores. Pasaba tanto tiempo arrodillado
rezando en el templo, que se le hicieron callos en las rodillas. Rezaba
muchas horas adorando a Dios y pidiendo perdón al Señor por los pecados del
pueblo. La gente lo designaba como: ‘El que intercede por el pueblo’".
Muchísimos judíos creyeron en Jesús, movidos por las palabras y el buen
ejemplo de Santiago. Este apóstol redactó uno de los escritos más agradables y provechosos
de HOMBRE PROVIDENCIAL PARA MANTENER Santiago el Menor era en Jerusalén, primer obispo de la más antigua
de las iglesias. Era un obispo perfecto: vida sin mancha, apego a la
tradición, dignidad en el semblante, majestad en el andar, prestigio en la
palabra, espíritu de oración y austeridad que subyugaba. Su presencia
recordaba a Juan el Bautista, y algo, ciertamente, quedaba del viejo mosaísmo
en aquella singular figura de la era apostólica. Santiago vivía en VENERADO POR JUDIOS Y CRISTIANOS Judíos y cristianos se inclinaban delante de aquel hombre en quien la
más alta virtud se unía al amor más exaltado de COLUMNA DE LA IGLESIA Pero aun entre los convertidos del gentilismo, Santiago era una
autoridad. "Columna de la Iglesia" le llamaba Pablo, cuyo espíritu
no era precisamente el mismo que el del obispo de Jerusalén. Las obras
legales que Pablo rechazaba eran sagradas para Santiago. Se creyó un momento
que Santiago, con ruda intransigencia, se pondría al frente de los
judaizantes, pero también él cedió a la elocuencia de Pablo. Fue en el
Concilio de Jerusalén. Santiago se resistía a abandonar la Ley antigua; pero
no era eso lo que se reclamaba de él; bastaba que no impusiese su
observancia; que él fuese al templo y conservase entre los suyos el signo de
la circuncisión, mientras Pablo predicaba entre las gentes su evangelio de
libertad. Santiago se rindió, y se rindió con toda sinceridad. Se vio unos años
más tarde, cuando tuvo que intervenir en las iglesias evangelizadas por el
Apóstol de los gentiles. Pablo entonces estaba prisionero. Entretanto, sus
enemigos deformaban su doctrina, torcían su pensamiento y traicionaban su
enseñanza. CARTA DE SANTIAGO Santiago se dio cuenta del peligro, y para atajarlo escribió una carta
dirigida "a las doce tribus de la dispersión". Su condescendencia
llega a un límite que difícilmente se hubiera podido esperar de él. Sabe que
no habla con los piadosos ritualistas de Jerusalén; recuerda que un día
convino con Pablo en no imponer las ceremonias mosaicas a los convertidos; y
ni un momento pierde de vista que sus lectores viven en un ambiente de
cultura helénica amplia y brillante. Deja un instante su hebreo familiar para
expresarse en el griego de los literatos, en el de Lucas, en el de los retóricas
antioquenos; da a entender que ha leído los escritos del judaísmo
helenizado, que le es familiar la sabiduría alejandrina y que conoce las tendencias
neoplatónicas de Filón. Insiste, ciertamente, sobre la realización de la
justicia, recoge los ejemplos de los antiguos santos hebreos, se inspira en
los Proverbios y en los profetas; pero, aunque algunos rasgos nos reflejan el
espíritu que no ha logrado desprenderse de la Sinagoga, se guarda muy bien de
oprimir las almas con su espíritu de esclavitud. Al contrario, habla
claramente de la ley perfecta de la libertad, que es el cristianismo como
regla de vida, el Evangelio realizado. Por algo Lutero llamaba a este
escrito, la Epístola de Interesa profundizar en los grandes misterios. “Que el hermano de baja
condición se glorifique en su pobreza como en el mayor de los honores; y que
el rico vea en su riqueza un motivo de humillación, porque todo pasará como
la flor del heno. Sale el sol, la hierba se marchita, la flor cae y todo
encanto desaparece. Así se agostará el rico en sus caminos." Pasando a
señalar los caracteres de la verdadera fe, Santiago anatematiza las teorías
fatalistas que atribuyen el pecado a la acción irresistible del destino.
"No-dice- cada cual es movido e incitado por su propia concupiscencia:
la concupiscencia concibe y pare el pecado, y el pecado, al consumarse,
engendra la muerte." La fe, ciertamente, es una gracia sobrenatural,
"un don perfecto, que desciende de arriba, del Padre de las luces, y
regenera por la palabra de la yerdad; pero no desarrolla su virtud redentora
sino a condición de que la "palabra plantada en el alma arroje de ella
todo fango de pecado, haciendo germinar frutos de justicia, de paz y de
misericordia". EL APOSTOL ARDOROSO La ira inflama el corazón del apóstol al recordar el "celo
amargo" de los que transforman en podredumbre la buena nueva de la
santidad, y el Evangelio de la paz en motivo de querella. Fulmina el rayo de
su palabra contra aquella "sabiduría terrestre, animal,
diabólica", y clama indignado: "¿De dónde nacen las luchas entre
vosotros? Por ventura no son las pasiones que combaten en vuestros miembros
la causa de vuestra miseria? Robáis y no tenéis nada; asesináis, y nada
conseguís; lucháis, os querelláis, y sois tan miserables como antes.
Adúlteros, ¿no sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra
Dios?" La dureza de este lenguaje nos descubre el poder de aquella palabra
entre los convertidos del judaísmo. Pero Santiago no olvida que su deber es
curar las llagas abiertas: y así, después de ese pasajero desahogo, abre a
los extraviados su corazón compasivo con acentos empapados en bálsamos de
unción evangélica. EL AROMA DEL SERMON DE LA MONTAÑA Por su frase corre el hálito del Sermón de la Montaña: la misma
sencillez en la enseñanza, la misma naturalidad en la expresión, el mismo
abandono en la lógica del pensamiento, la misma gracia de las imágenes. La
magia de los discursos del lago de Genesaret había penetrado aquella alma sin
dejar el ceño austero de los relámpagos del Sinal. Junto al oyente de Jesús,
reaparece aquí y allá el lector asiduo de los libros sapienciales; el grave
moralista, cuando escribe en una pintura impresionante los peligros de la
lengua; el jefe de gesto majestuoso, cuando se yergue contra el opresor del
débil; y siempre, el carácter noble del hombre a quien todo Israel llamaba
"el Justo", el hombre de la lealtad y la rectitud, que es el rasgo
saliente de su fisonomía. Sediento de justicia y de verdad, no comprende que
se pueda creer a medias, que se pueda orar con la duda en los labios. Saber
hacer el bien, y no hacerlo, es pecar, es mentir a Dios; dudar, es ser como
una ola que danza en el mar. Un espíritu inconstante en sus caminos no
consigue nada de Dios. Nuestro sí debe ser un sí rotundo; nuestro no, un no
claro y preciso. Toda el alma de Santiago está en esa sinceridad fundamental, en ese
entusiasmo para abrazar e imponer sin reserva la vida cristiana en toda su
seriedad, "la norma perfecta" de la nueva religión, "la ley
reina", que hace reyes a los que ANTE LA CORRUPCION Observa la corrupción, el egoísmo duro y fastuoso de los grandes de
Israel; y no puede contener el anatema. "Llorad, ricos-dice, presagiando
la ruina de su pueblo-; aullad sobre las miserias que van a llover sobre
vosotros. Vuestras riquezas se han consumido; vuestros mantos han sido roídos
por los gusanos; vuestro oro y vuestra plata se han enmohecido, y la polilla
devorará vuestra carne como el fuego. Estáis amontonando un tesoro de cólera
para los últimos días. El salario del obrero que trabaja en vuestros campos
clama contra vosotros, y la voz del segador sube hasta los oídos del Señor de
los Ejércitos. Os sumergís en el placer, vivís en las delicias de la tierra,
y engordáis como las víctimas para el día del sacrificio." LOS ENEMIGOS La muchedumbre escuchaba con emoción estos apóstrofes, semejantes a
los de los antiguos profetas; pero los potentados rugían de cólera. Eran los
aristócratas insolentes y rapaces, que compraban las dignidades del
sacerdocio, y se repartían los puestos del Sanedrín, y cruzaban las calles
rodeados de servidores, que golpeaban con sus mazas a los transeúntes. Su
odio había crucificado a Jesús, se había desencadenado contra sus
discípulos, haciendo estallar la primera persecución, y ahora iba a terminar
con el jefe del cristianismo judío. Era el año 62. Festo, procurador de
Judea, acababa de morir. El Sumo Sacerdote Anás II y los jefes de los judíos,
un día de gran fiesta y de mucha concurrencia le dijeron: "Te rogamos
que ya que el pueblo siente por ti grande admiración, te presentes ante la
multitud y les digas que Jesús no es el Mesías o Redentor". Y Santiago
se presentó ante el gentío y les dijo: "Jesús es el enviado de Dios para
salvación de los que quieran salvarse. Y lo veremos un día sobre las nubes,
sentado a la derecha de Dios". Al oír esto, los jefes de los sacerdotes
se llenaron de ira y decían: "Si este hombre sigue hablando, todos los
judíos se van a hacer seguidores de Jesús". Y lo llevaron a la parte más
alta del templo y desde allá lo echaron hacia el precipicio. Santiago no
murió de golpe sino que rezaba de rodillas diciendo: "Padre, te ruego
que los perdones porque no saben lo que hacen". El historiador judío, Flavio Josefo, dice que a Jerusalén le llegaron
grandes castigos de Dios, por haber asesinado a Santiago que era considerado
el hombre más santo de su tiempo. JESUS MARTI BALLESTER |
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Jesús
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