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JESòS MARTê BALLESTER

IDEARIO

 

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AMOR Y CRUZ

OBISPADO DE TERUEL

Vicar’a General

Visto el Ideario ÇAmor y CruzÈ de D. Jesœs Mart’ Ballester y no habiendo en Žl nada que se oponga a su publicaci—n, concedemos el IMPRIMçTUR en cuanto de nosotros depende y segœn derecho.

Teruel, 23 de marzo de 1979. EL VICARIO GENERAL, Emilio Delgado  

 

INTRODUCCIîN

Como son muchas las personas que nos piden conocimiento de la Instituci—n AMOR Y CRUZ, hemos decidido, con ‡nimo de dar a conocer su esp’ritu y los medios para vivirlo, dar a luzeste Ideario por el que actualmente se inspira y se rige.

No es algo definitivo y cerrado. Estamos en rodaje y experimentando y estoy seguro de que estas ideas han de ir sediment‡ndose, perfeccion‡ndose y enriqueciendo con el paso de los d’as.

Si tuviŽramos que esperar a publicarlo cuando ya lo tuviŽramos perfecto no ver’a nunca la luz. Con lo que no podr’an conocer la Instituci—n los que est‡n interesados en ello.

El fin de la publicaci—n es dar a conocer.

Pero adviertan los que lean que estamos en periodo constitutivo y de adaptaci—n y que cualquier observaci—n no debe ser para excluir, sino quiz‡, para enriquecer, adaptar y ampliar.

Cada caso merece un tratatamiento adecuado y, por tanto, cuantos sientan el ansia de la contemplaci—n pueden sugerir sus caracter’sticas que, sin duda, podr‡n encontrar marco adecuado,

Esto no es un horizonte cerrado e ineludible, sino unas l’neas capaces de una gran flexibilidad.

Toda la flexibilidad que el Esp’ritu Santo nos requiera en cualquier momento.

                 Barcelona, 1 de marzo de 1979

 

 

 

 

 

 

IDEARIO  

AMOR Y CRUZ  

PRIMERA PARTE  

 

CAPITULO 1.—NATURALEZA

 

Art’culo primero.—AMOR Y CRUZ es una Instituci—n al servicio de la Iglesia que pretende conseguir la profunda penetraci—n del genuino esp’ritu de Cristo, sintetizado en su t’tulo, en los distintos ambientes en que actœe.  

Art’culo segundo.—AMOR Y CRUZ est‡ integrado por una familia religiosa de Teresianas, una de Sanjuanistas y un Instituto Secular de Amor y Cruz o Amorcrucistas, con dos ramas: Masculina y femenina.  

Art’culo tercero.—Teresianas y Sanjuanistas son un Instituto Religioso de mujeres y uno de hombres atados a Cristo con los tres votos de castidad, pobreza y obediencia, que viven en comunidad para mejor conseguir los fines del Instituto, sometidos en todo a lo que el Derecho Can—nico de la Iglesia tiene legislado o pueda legislar en adelante sobre estos organismos.

Art’culo cuarto—El Instituto Secular de Amor y Cruz o de Amorcrucistas est‡ formado por un equipo de hombres y mujeres que viven en sus propias casas en castidad conyugal o castidad perfecta, segœn su estado, y en pobreza y obediencia. Se integran en la Obra para participar de su esp’ritu y aportar a la vez a la misma su colaboraci—n. Se rigen, de una manera m‡s amplia, por estos Estatutos y quedan sujetos a la Jerarqu’a como miembros de un Instituto Secular.  

 

CAPITULO 11.—FIN GENERAL  

Art’culo quinto.—AMOR Y CRUZ tiene como fin ser una comunidad en la Iglesia en la Òque Cristo habite por la fe en sus corazones, arraigados y cimentados en amor, a fin de que sean capaces de comprender con todos los santos, cu‡l es la anchura y la longitud y la altura y la profundidad, y conocer el extremo amor del Cristo, de modo que lleguen a plenitud en toda plenitud de DiosÓ (Ef. 3,1819). Una vez vivido a Cristo quieren infundir su genuino esp’ritu en el mundo llevando a los hombres el conocimiento de Jesœs y de su Iglesia, haciŽndoles saborear la vida de oraci—n intensa, de confianza en Dios Padre; "A Aquel que puede, por encima de todo, hacer mucho m‡s de lo que le pidamos o conozcamos, segœn la potencia que obra en nosotrosÓ (Ef 3, 20); y tomar conciencia de estar todos insertos en la historia de la salvaci—n por la que se manifiesta el querer de Dios de que, incorporados a Cristo y en El divinizados, todos los hombres se salven.  

Art’culo sexto.—Los miembros de Amor y Cruz son llamados por Dios a la pr‡ctica de los consejos evangŽlicos para que, profes‡ndolos fielmente, se consagren de modo particular al Se–or, siguiendo a Cristo, quien, virgen y pobre, redimi— y santific— a los hombres por su obediencia hasta la muerte de Cruz.  

Art’culo sŽptimo.—La Obra de Amor y Cruz pretende profundizar en el pensamiento de Santa Teresa, de San Juan de la Cruz y de Santa Teresa de Lisieux y vivir los ejemplos y ense–anzas de estos grandes y doctos maestros de la vida teologal it en Cristo adapt‡ndolos a los tiempos actuales, segœn la sana renovaci—n querida por el Concilio Vaticano II, integralmente interpretado; conjugando esta doctrina con la de los Padres y Doctores de la Iglesia y enraizada en una teolog’a viva, que se nutra en una sapiencial visi—n de la Sagrada Escritura, permanecer‡ fiel al Magisterio perenne de la Santa Madre Iglesia.  

Art’culo octavo.— Quieren ahondar m‡s y m‡s en el claro y profundo conocimiento de las ideas de sus Reformadores y extender mucho m‡s all‡ del ‡mbito del Carmelo, de las rejas, las mismas ense–anzas. Hacer una invitaci—n a los cristianos, ‡vidos de verdad viviente, al conocimiento de ese misterio de nuestra vida teologal en Cristo, de la que los dos santos Reformadores son experimentados vivientes Doctores y Maestros as’ reconocidos y declarados por la Iglesia.  

Deshacer el mito de que Santa Teresa y San Juan de la Cruz han de quedar relegados a las, cada vez m‡s reducidas comunidades monacales, y llevar al ‡nimo de mayor nœmero de almas el sentido humano y universal de la ense–anza teresianosanjuanista, que es doctrina de la Escritura y, en especial, del Evangelio.  

Art’culo noveno.—Tienen como fin la santificaci—n notable de sus miembros para glorificar m‡s excelsamente a Dios e influir m‡s decisivamente en la edificaci—n del Cuerpo de Cristo en el quieren ser el coraz—n al estilo de Santa Teres’ta del Ni–o Jesœs: Çmi vocaci—n es el AmorÈ (Manuscritos, cap.11,11-15) y segœn la doctrina del Ap—stol San Pablo (1 Cor 12-33). Su ideal ser‡ vivir una vida celestial y divina logrando despertar en todos un inmenso sentido de esp’ritu y borrar el sentido de carne para ser muy eficaces en el pueblo de Dios, a cuyos ciudadanos quieren aportar savia de vida con su oraci—n y sacrificio con su Amor y con su Cruz de vida inmolada.  

Art. 10.—Han de penetrarse con hondura de que su eficacia en la Iglesia depende del grado de su caridad divina que en ellos infunde el Esp’ritu, conscientes de que, cuanto m‡s fervientemente se unan a Cristo y m‡s total y generosamente se entreguen a s’ mismos, despoj‡ndose totalmente de las obras de la carne, m‡s lozana y pura y luminosa ser‡ la vida de la Iglesia y mayores y m‡s duraderos frutos producir‡ su apostolado. No solamente hay que estar muertos al pecado, sino que, renunciando con entereza y voluntad perseverante a las obras de la carne, deben vivir œnica y exclusivamente para Dios. Esta es la raz—n de ser de los Religiosos y Religiosas de Amor y Cruz: entregar su vida entera al servicio del Dios vivo y trascendente, por medio de su consagraci—n religiosa, que, radicando en el Sacramento del Bautismo, se desarrolla y madura y florece en esta inmolaci—n total, donada a Dios con la alegr’a del Santo Esp’ritu que filialmente madura en ellos el don de piedad.  

Art. 11—Su consagraci—n la hacen a la Iglesia, es decir, a Cristo. Ella, en su nombre, acepte la ofrende de su servicio. Con esto quieren seguir las huellas de su Divino Maestro que se entreg— por la Iglesia para que sea Santa y sin mancha. Al propio tiempo, siendo porci—n escogida de la Iglesia, se sienten esposas del Esposo Casto, que con tanta predilecci—n les ha llamado para continuar su obra, pues es mucha la mies y blanquea para la siega. Los Sagrados Pastores, Cabezas de Cristo en las di—cesis, esto es, en las Iglesias particulares, o en la Iglesia Universal, ser‡n venerados con sagrado honor por los miembros de Amor y Cruz que han sido por ellos llamados al insigne servicio de Dios en su Pueblo Santo.  

 

CAPITULO III.— VIRTUDES  

Art. 12. — Con la pr‡ctica de los consejos evangŽlicos quieren destacar el ejercicio de una humildad de coraz—n, sencillez de paloma, fortaleza en las pruebas, que ponga, a un mundo en rebeld’a, una sincera y noble obediencia; a un materialismo y hedonismo destructor, la limpieza de coraz—n; a una sociedad de consumo, la pobreza de vida y de medios, como David opuso a la fuerte armadura, la debilidad de su honda; a una soberbia babŽlica de un mundo que cree que se basta a s’ mismo y niega a Dios, la humildad de la esclava del Se–or; a una pol’tica de doblez, de conveniencias, acomodaticia, la sencillez del que busca el Reino de Dios, que no es de este mundo; a una inconstancia ante el sacrificio y la ley del dolor, la fortaleza de Mar’a al pie de la Cruz.  

Art. 13.—AMOR A CRISTO. No tienen m‡s tesoro en la tierra que a Cristo y a Žste crucificado. El es su madre y sus hermanos. El es su recompensa grande sobremanera. El la preciosa perla por la que venden todo lo que tienen para comprarla (Mt 13,45-46). Es el tesoro escondido (Mt 13,44) que tratan de descubrir a travŽs de los velos de la fe que ha de hacerse cada vez m‡s luminosa.  

Art. 14. - TAREA ARDUA. Sean hombres y mujeres apasionados por Cristo, pescadores incansables de hombres a quienes descubran el misterio del amor y de la cruz de Cristo, seguidores de Jesucristo, inasequibles al cansancio por la dif’cil senda que lleva a la Vida. Quieren imitar a Jesucristo y por eso leer‡n y meditar‡n la Escritura y el Evangelio d’a y noche, m‡s que con la mente con el coraz—n. Esta plŽtora de vida que llegar‡ por los caminos de la oraci—n les conducir‡ a la solicitud por conseguir el triunfo de los intereses de Cristo. Este triunfo no siempre es sensible ni visible. Por eso ser‡ dif’cil que perseveren en la vocaci—n quienes no sean profundamente sobrenaturales; quieran partir su coraz—n con amor de criaturas; no se satisfagan con s—lo Dios. El amor de Cristo, que no tiene d—nde reclinar su cabeza, descarga en aquellas almas que se entregan, con todas las fuerzas de su ser, al cumplimiento de su vocaci—n de hombre y el amor es exigente, porque es celoso, porque no puede ser de otra manera. S—lo el hombre que ha liberado de las tinieblas su entendimiento, su voluntad y su sensibilidad, es el hombre que est‡ dominado por el amor, y, por tanto, el hombre realizado a imagen del Hijo de Dios, el hombre divinizado. Hay que reconocer y no olvidar nunca que esta tarea es ardua, la m‡s dif’cil de las que el hombre est‡ llamado a realizar, porque tiene unas exigencias de purificaci—n y de noche, del sentido y del esp’ritu, activas y pasivas, que s—lo ‡nimas animosas remontan. Pero no les domine el des‡nimo ni al contemplar las dificultades, ni al verse lejos de la mete. An’meles el pensar que la vida cristiana, como toda vida, tiene una Ley de crecimiento ineludible que hace imposible quemar etapas y que no se pueden andar kil—metros sin antes andar metros. Mediten en las palabras de la Escritura que el labrador espera pacientemente a que llegue la cosecha, tras muchos d’as y noches, de sol, de roc’o, y tambiŽn de helada. Es inœtil y perjudicial intentar abrir con los dedos el capullo de la rosa, Átrabaja tan lentamente el que abre sus pŽtalos!... Pero eviten el abandono y la pausa injustificada, por la misma raz—n de que la ascensi—n del hombre es obra de dos: de Dios y suya, en colaboraci—n, y que, si no se puede precipitar el florecer de la rosa por la actividad del hombre, s’ que puede Žsta no llegar a florecer nunca por no exponerla a los rayos del sol y por no regar’a debidamente. Evitar esas santidades que, en frase de Santa Teresa, van tan paso a paso... hora es de dar un buen vuelo y remontarse. Pero imposible volar si el ave est‡ atada, por fino que sea el hilo que la ata. Mantener, no obstante, los deseos y, si se persevere, por muchas ca’das que sufran, cuando menos lo piensen, habr‡n llegado, s’ hacen lo que est‡ de su parte. S’rvales tambiŽn de est’mulo la contemplaci—n de la cumbre a la cual tienden. Si la subida es fatigosa, la llama es deleitosa. Si las primeras moradas son trabajosas, porque a vueltas de sabandijas y bichos no dejan sosiego a la pobre alma, las œltimas moradas son dignas de todos los sacrificios. Su gran confianza la han de poner en que el que empez— en ellos la buena obra no dejar‡ de terminarla el d’a de Cristo Jesœs (Filp 1, 6).  

 

CAPITULO IV.—VIDA DE COMUNIDAD. CARIDAD  

Art. 152—Viven en comunidad. Realizan de esta manera el ideal de la Iglesia propuesto por Cristo, porque as’, de una manera evidente, proclaman ante el mundo la divina filiaci—n, la fraternidad cristiana, la unidad cm la Trinidad a que con Cristo, por El y en El son llamados los hombres y tiene misi—n de conseguirlo la Iglesia. Al menos lo consigue, de una manera m‡s calificada, en los religiosos, que, a ejemplo de Cristo y los ap—stoles, viven en comunidad. La Iglesia primitiva as’ lo entendi— cuando la muchedumbre de los creyentes ten’an un coraz—n y una sola arma, se nutr’an en la doctrina del Evangelio del Se–or, participaban en la fracci—n del pan, perseveraban en la oraci—n y en la uni—n con el mismo esp’ritu. Incluso poniendo sus mismos bienes materiales a los pies de los Ap—stoles para el servicio de los hermanos y sus necesidades. Por este car‡cter pœblico de fraternidad evangŽlica visibilizar‡n el misterio de la Iglesia como fraternidad. El Se–or vivir‡ con ellos por haberse reunido en su Nombre y el Esp’ritu les llenar‡ de su caridad, con la que mortificar‡n las divisiones, intemperancias, palabras hirientes, suspicacias y faltas de caridad en general. Si algo les ha de distinguir, como a los disc’pulos de Jesœs, sea la caridad mutua, sobrenatural, pero cordial, dando lo suyo y a s’ mismos unos a otros para conseguir la madurez del amor.    

CAPITULO  V—CASTIDAD  

Art. 16. — Consagran a su Dios su castidad perfecta. Pero m’dase bien lo que esto compota. Importa decirlo aqu’ porque el mismo Concilio en el Decreto ÇPerfectae CaritatisÓ amonesta no dejarse prevenir por falsas doctrinas al respecto. Si el Concilio las se–ala es porque proliferan hasta el punto de diezmar, de una manera alarmante, las filas religiosas y sacerdotales. El amor lleva por inclinaci—n natural al hombre hacia la mujer y viceversa. Pero ellos como religiosos, renuncian por su castidad a la mujer como objeto amoroso. Mas el vac’o absoluto ni se Ôpuede dar en el orden f’sico ni el psicol—gico. ApresurŽmonos a decir que ese vac’o no debe darse en ellos. Lo hemos dicho antes: Jesucristo, Dios y Hombre, ha de llenar su coraz—n y su sensibilidad. Si esto no se logra, si no es Dios trascendente y personal, si no es la infusi—n de su Esp’ritu de amor, que es una Persona, quien llena y domina su vida toda, no ser‡n hombres y mujeres equilibrados. El amor en el hombre es el gran catalizador de las mejores y m‡s exquisitas facetas y entregas. Ante el objeto del amor el hombre da los saltos m‡s ardidos. Las mejores creaciones del genio, los m‡s altos valores masculinos han tenido como motivo y resorte el amor. Si quitamos al religioso el objeto amoroso que pide su naturaleza de hombre o de mujer, o lo llenamos con un objeto superior que canalice toda su fuerza de amor, o mutilamos al hombre y a la mujer en sus m‡s exquisitas realizaciones. Y encima lo convertimos en un resentido, incapaz de valorar el mundo de lo bello y de lo noble, y queda hecho un ser suspicaz que, parece como defraudado por alguien, o por la sociedad, de aqu’ resulta un car‡cter agresivo e incapaz de hacer el bien por la convivencia y, sobre todo, de arrastrar a otros hombres tras el que deb’a ser ideal de su vida.  

Art. 17.—Los Sanjuanistas y Teresianas son los hombres y mujeres de la trascendencia. Levantan m‡s el vuelo. Actualizan y viven lo sobrenatural. Consagran todas sus fuerzas, y su afectividad al Reino con lo que lo est‡n anunciando de la manera m‡s elocuente que puede ser anunciado: viviendo, ya, en la carne, como vivir‡n resucitados, como los ‡ngeles viven ya en el Cielo, como si no tuvieran carne. Estos hombres y mujeres ya no quedan incompletos. Ya no tienen la sensaci—n de vac’o que les agrie el car‡cter y les hace infelices. Han acertado a llenar ese vac’o con una Persona superior: Jesucristo. Una vez m‡s su vida es Cristo, y el centro es Cristo y su vivir es Cristo y la pasi—n y raz—n de ser de su vida es Cristo, no solo pensado, sino efectivamente amado. Cristo tambiŽn es capaz, Àno va a serlo, si lo es una criatura?, de magnetizar una vida, de llenar un coraz—n, de centrar por completo una actividad incesante. Las mayores gestas de la historia las protagonizan enamorados de Jesucristo. Hasta la geste de la sangre, que es el mayor y m‡s convincente de los testimonios. (Pascal dec’a que s—lo cre’a en los testigos que se dejaban matar).  

Art. 18.-Es necesario para mantener en equilibrio santo la vida afectiva humana el di‡logo afectuoso con Cristo. Por eso seguimos a Santa Teresa, porque ella acert— a dar de la oraci—n, la definici—n m‡s humana que se ha dado: tratar de amistad con quien sabemos nos ama. No est‡ mucho la cosa en pensar mucho, sino en amar mucho, por eso aqueÁlo que os moviere a amar, eso hacedÓ. (Mor IV, 1,7).  

Art. 19.—Pero esa joya de la castidad es del orden sobrenatural, es un singular regalo de Dios. Es un fruto del Esp’ritu. El "Decreto Perfectae CaritatisÓ lo llama don exquisito de la gracia. Y tiene su precio. Exige una vida mortificada. No bastar‡ la oraci—n, el trato afectuoso con el Se–or, mejor dicho, tampoco Žste ser‡ posible, sin una constante mortificaci—n de los sentidos y de la sensibilidad. El Concilio amonesta a los religiosos que no presuman de sus propias fuerzas, que tampoco omitan los medios naturales aptos y œtiles para la salud del alma y del cuerpo. Hay que pedir la castidad. No basta con haber hecho el voto un d’a lleno de santo fervor. Hay que suplicarla muchas veces y muy humildemente cada d’a. Que nadie se f’e, no quiera nadie tentar a Dios. Nadie se enga–e pensando que estos tiempos han abolido el pecado original.  

Art. 20._-_Por la castidad virginal est‡n creando mundos. Mundos, no de materia, sino de esp’ritu. Por ella est‡n recordando a los hombres que s—lo quien despliega sus velas al soplo del Esp’ritu, dirigiendo la proa de su barca al Impulso del mismo que sopla y no saben de d—nde viene ni a d—nde te lleva, como Abrah‡n sigui— la voz de YahvŽ, podr‡ superar esa inmensa angustia de la agon’a que es el vivir. Por la castidad virginal son ciprŽs que escala la altura y la se–ala, pudiendo ser madera que cuece el yantar alimentando el hogar pueblerino. Son pino que dŽ sombra al cansado caminante, Inspire sosiego al desquiciado advenedizo, con el desorden en su alma, son luz, humedad, ox’geno del esp’ritu que se hace vitalmente necesario en la era de la contaminaci—n atmosfŽrica del alma.  

Art. 21.- El hombre, por voluntad de Dios, engendra, no para lograr un placer de carne, sino para alargar la vida, don supremo de su creaci—n. El hombre debe engendrar suplemento de alma a esos cuerpos de barro y esto s—lo lo hace el virgen y cuanto m‡s virgen m‡s fecundo.  

Art. 22.—El hombre, por instinto propio, engendra, m‡s que por un placer, se dar‡ o no se dar‡ cuenta, por una intr’nseca necesidad de perpetuar su vida, que no quiere perder. Es ’ntimo y desesperante deseo del hombre el grito de la Escritura: ÒNo he de morir, yo vivirŽÓ (Sal 117,17). Por eso engendra el hombre para asegurar, de alguna manera, su sed inextinguible de inmortalidad, que afirma en sus hijos, a travŽs de los cuales el hombre siente enlazada su vida y su alma con el futuro; cuando le fallen sus fuerzas le suplir‡n las de sus hijos, suyas, de algœn modo; siente que ellos le perpetuar‡n, con lo cual se ilusionar‡ de que no muere. Pero llega la muerte y entonces aœn la acepta para que sea realidad la vida de sus hijos. Han de ver claro que no es por los hijos por donde alcanzan la inmortalidad que anhelan, sino por !a renuncia de su vida, por la uni—n de su muerte m’stica con la de Cristo, con la que participan de su resurrecci—n. Eso es buscar la vida con tal ansia y radicalidad que, acertadamente, para conseguirla, remontan el vuelo sobre los caminos que los humanos, s—lo ven a la luz de este hemisferio.  

CAPITULO VI—FE  

Art. 23.- Son los hombres de fe. Sin la fe es imposible lanzarse a la inseguridad del futuro, condici—n de los hombres, de los que se casan y de los que son v’rgenes. Pero ellos tienen sobre esta inasegurabilidad de los que se casan, que no saben lo que durar‡ su amor, ni si fallar‡ ella, o se cansar‡ Žl, la firmeza de la fe que les dice que Dios no fallar‡. A. Casona, en ÇCorona de amor y muerteÓ dice en el acto 3¼ ÇDiez a–os. Pero Àsabes, lo que son diez a–os felices de mujer? No, pobre Pedro, ni lo sospechas siquiera. Son tres mil d’as de angustia entre todos los miedos posibles: el de perder la juventud y la belleza, el de no encontrarte una ma–ana al despertar, el de s—lo pensar que dejaras de quererme... Y, a veces, el m‡s terrible y estœpido de todos: el miedo de que algœn d’a, sin saber c—mo, pudiera dejar de quererte yoÓ. (Madrid 1967). Ellos oyen en el centro de su don de fe: ÒYo no te fallarŽ nunca. Aunque una madre se olvidare del hijo de sus entra–as, yo te llevo en mis palmasÓ. (as. 49,15).  

Art. 24.-ACCIîN DE GRACIAS. Ser‡n los hombres y mujeres de la acci—n de gracias por haber sido elegidos para desposar su vida en totalidad con el Absoluto, pero no difuminado y como algo irreal y etŽreo, sino como Ser Real y Personal. La acci—n de gracias por el carisma que recibieron como consejo del Esp’ritu sigue necesariamente a la petici—n diaria y continua y humilde del mismo don.  

 

CAPITULO VII—POBREZA  

Art. 252—Teniendo presentes las palabras de San Pablo a los Corintios: ÒConocŽis bien la generosidad de nuestro Se–or Jesucristo, el cual, siendo rico, por vosotros se hizo pobre a fin de que os enriquecierais con su pobrezaÓ. (2 Cor 8-9), van a vivir como Cristo, haciŽndose pobres por su Reino, para enriquecer a muchos con el testimonio de su vida que no almacena en esta tierra, ni se estaciona en la tienda de campa–a. Ser‡n pobres para poner su riqueza en el cielo. Como pobres vivir‡n, como pobres depender‡n, como pobres trabajar‡n. El trabajo, expresi—n de la pobreza y de la inseguridad, y divina penitencia con que Dios quiso que el hombre expiare su pecado. Trabajo manual, intelectual, espiritual... Y trabajo para ganarse el sustento y no ser gravosos a nadie, con paciencia, constancia y diligencia, orden y puntualidad, sin intervalos de divagaci—n, por amor de Cristo, aceptando de buen grado el sacrificio que comporta y la humillaci—n de depender de otros.  

Dense prisa, apresœrense a la hora de levantarse de la cama y al tiempo de acudir a sus deberes, y el mismo trabajo no sea lento, sino hecho con diligencia, aunque con esmero.  

Art. 26.—Vivan no s—lo el esp’ritu sino la realidad de la pobreza.  

Art. 27.- Sean el mayor nœmero posible de objetos, tales como instrumentos de trabajo, etc., de uso comœn, y el m’nimo necesario, de uso propio.  

Brille la pobreza en todo, en su calidad, conservaci—n y uso.  

Nada falte a los hermanos de lo que es necesario pero nada sobre de lo superfluo.  

Art. 28—Entregar‡n a la Obra ’ntegro el jornal percibido por su trabajo. La Obra por su parte subvendr‡ a todas las necesidades materiales de cada uno de los hermanos.  

Art. 29—TambiŽn entregar‡n a la Obra cualquier obsequio que recibiesen.  

Art. 30 -DE LA PUNTUALIDAD. Es el servicio de Dios el que reclama al hermano y hay que obedecer su voz que llama. El ejercicio de esta puntualidad ser‡ acto de religi—n y de caridad, de presteza y de amor a la Obra.  

Hay pretextos para comenzar fuera de la hora: Siempre hay que mirarlos como estratagema del diablo. La violencia que hay que padecer para vivir en esa puntualidad forma parte de la cruz de la vida comœn y no nos es l’cito aliviarla ya que siempre ser’a un perjuicio del orden y de la santidad comœn y particular a que hemos de aspirar con todas nuestras fuerzas.  

Art. 31.-DEL CUIDADO DE LA SALUD. La salud es don de Dios. No podemos atentar contra ella. Debemos economizar energ’as que, cuando se es joven, no se ven necesarias porque se tiene un caudal por delante.  

CAPITULO VIII—OBEDIENCIA  

Art. 32. — El mayor, por m‡s noble, bien que el hombre posee, es el que ofrecen a Dios por el voto de obediencia. Por Žl insertan su peque–a voluntad, firmemente y con suma paz, en la Voluntad Infinita de Dios que, queriendo que todos se salven, hace un salvador con El de cada consagrado. As’ Cristo, que no tuvo m‡s voluntad que la de su Padre, nos redimi— a pesar de las repugnancias de su Voluntad humana.  

Art. 33.—No empeque–ece el voto de obediencia la personalidad del hombre antes al contrario, la talle a la altura de Dios, pues ya no se mueve en la esfera de lo caduco y terrestre, sino en la soberana libertad del reino de los hijos de Dios.

 

CAPITULO lX.—TRABAJO  

Art. 34.-"Cada uno en su oficio, siŽntase obligado a la ley comœn del trabajo y a procurarse as’ lo necesario para su sustento y sus obrasÓ (PC 13,c.).  

Art. 35.- Sabemos que, con la oblaci—n de su trabajo a Dios, los hombres se asocian a la propia obra redentora de Jesucristo quien dio al trabajo una dignidad sobre eminente laborando con sus propias manos en NazarethÓ (GS 67, b).  

Art. 36.- Recuerden todos que con el culto pœblico y con la oraci—n, con la penitencia y la libre aceptaci—n de los trabajos y desgracias de la vida, con la que se asemejan a Cristo paciente (2 Cor 4, 10; Col 1, 24) pueden llegarse a todos los hombres y ayudar a la salvaci—n del mundo entero. (A. A. 16, g).  

Art. 37.- Por el trabajo el hombre se une a sus hermanos y les hace un servicio, puede practicar la verdadera caridad y cooperar al perfeccionamiento de la creaci—n divina.Ó (GS 67, b).  

Art. 38 —EmplŽense los descansos oportunamente para distracci—n del ‡nimo y para consolidar la salud del esp’ritu y del cuerpo. (GS. 61, c).  

 

SEGUNDA PARTE  

FIN ESPECIFICO  

CAPITULO 1

 

Art. 39 .-  APERTURA AL DIALOGO FRATERNO.

Han de procurar no vivir como marginados de los problemas humanos y esto lo conseguir‡n con la apertura de sus casas al di‡logo fraterno, con aquellos que tengan necesidad del ox’geno sobrenatural de sus casas, dando toda suerte de facilidades para que puedan reposar del ajetreo que confusiona y liberarse de la contaminaci—n del materialismo a quienes lo soliciten, salvando la medida siempre de la prudencia y de sus propias posibilidades.  

Art. 40. - PROMOClON HUMANA. Han de adquirir una promoci—n humana, sobre todo cultural y teol—gica, que agrande sus posibilidades de recibir la inserciŽn de lo sobrenatural.  

Art. 41. - PERSONAS DE SU TIEMPO. Sean hombres y mujeres de su tiempo: en todo, claro es, lo que su tiempo tiene de positivo. Vamos a renovar una estructura por la que Dios sigue nutriendo de su vida a su pueblo. Nuestro prop—sito es que esa estructura, esos medios, sean canales y conducciones de acuerdo con los problemas de la ingenier’a del siglo XX, no acueductos romanos. Estos cumplieron una misi—n en su tiempo, hoy no nos sirven, pero el agua, entonces y ahora, nos es necesaria porque s—lo ella nos puede hacer dar el salto a la Vida Eterna. Conservemos el agua, descubramos y hagamos aflorar nuevas fuentes, manantiales vivos, pero no nos empe–emos en hacer fines de los medios. Para esto no se nos oculta que nos har‡ mucha falta el discernimiento sapiencial de Dios para probar y quedarse con lo que es eficaz. La oraci—n, tan asidua, agrandar‡ la capacidad vital de estos hombres que quieren, con la gracia del Se–or, ser manantial y vivero.  

Art. 47. - CAMlNO ESTRECHO. EN EL MUNDO PERO NO DEL MUNDO. Muchos cristianos de nuestro tiempo comprueban, apenados, c—mo el mundo se ha ido separando cada vez m‡s r‡pidamente de la Iglesia. En una buena parte se ha dado la reacci—n, de buena fe, de que la Iglesia estŽ con el mundo, a costa de sacrificar lo que sea. No es Žste el camino de la salvaci—n del mundo. No es haciŽndose los religiosos como los del reino de la tierra como se convertir‡n en sal, luz, levadura y grano de mostaza. ÒNo os ajustŽis a este mundoÓ. (Rom 12, 2).  

Deben saber que no es haciendo a Jesœs del mundo, sino haciendo al mundo de Jesœs, es decir, haciŽndolo de selv‡tico, humano, de humano, divino, (P’o XII) como se realizar‡ la unidad con el Padre.  

Han de vivir en el mundo pero sin ser del mundo, para poder ser llamada escatol—gica de un mundo trascendente y feliz; es decir, no han de transigir con el mal para que no se les aparte el mal, sino que han de sentir la sœplica de Cristo al Padre: ÒNo te ruego que los apartes del mundo, sino que los preserves del malÓ (Jn, 17,15).  

Art. 43. - LOS ENEMIGOS DE LA CRUZ NO LES SEGUIRçN. Comprenden que ser‡ doloroso estar solos o quedarse pocos pero sacar‡n fuerzas de la conducta de Jesœs que en Cafarnaœn se qued— solo al anunciar un pan sobrenatural y, con sereno hero’smo, pregunt— a los ap—stoles si ellos tambiŽn le quer’an dejar, dispuesto a no aguar el vino del amor sobrenatural, ni de ensanchar el camino estrecho que conduce a la Vida, aun corriendo el riesgo de no obtener una triunfal acogida (Juan 6,60-67). San Pablo les dir‡: ÒPor m’ parte, nunca me he de gloriar sino en la Cruz del Se–or nuestro Jesucristo por el cual el mundo est‡ crucificado para m’ y yo para el mundoÈ. (GAL. 6,14).  

Art. 44. - DE LAS VOCACIONES. Las causas de la crisis de vocaciones que la Iglesia est‡ padeciendo son falta de plenitud de una fe conscientemente profesada, deterioro de costumbres humanas y cristianas, falta de interioridad, de meditaci—n y oraci—n que es base de la actividad del cristiano, convencimiento de que el silencio interior en el cual solamente es dado conocerse verdaderamente a s’ mismo, es cosa desfasada que hay que abolir y, consiguientemente, se pierde la ocasi—n de escuchar la llamada ÇVen s’guemeÈ.  

El secularismo extendido que tan f‡cilmente aleja o mantiene alejado de lo sagrado. El sentimiento de incertidumbre y como de provisionalidad, favorecida por una cierta problem‡tica religiosa, desanima de emprender una vida rica en satisfacciones espirituales pero tambiŽn de sacrificios y renuncias. Todo eso son complejas causas de la crisis de vocaciones. No debemos desanimarnos. Pongamos a los males remedios.  

A la secularizaci—n y falta de fe plena opongamos una fe viva y sentido del misterio, convencimiento profundo a la incertidumbre, a la problem‡tica desorientadora, claridad de ideas sobrenaturales y, sobre todo, adoptemos el supremo remedio que nos dio el mismo Se–or: ÇOrad al Se–or de la mies que env’e operarios a su miesÈ (Mt. 9, 38).  

Oremos, confiemos y cuidemos de los gŽrmenes de vocaci—n que veamos verdean en nuestros ambientes. Sea nuestra oraci—n m‡s frecuente la petici—n de vocaciones a la Obra de Amor y Cruz, seguros de la ’nfabilidad de esa oraci—n incesante. (Conf. Pablo VI al Sacro Colegio Cardenalicio reunido con motivo del onom‡stico del Papa; O. R. 23-6-1974).  

Art. 45. - NECESIDAD DEL DOLOR PARA SALVAR AL MUNDO. As’ como llega un momento en las relaciones de madre e hijos en que aquŽlla no puede hacer otra cosa por los suyos que amar, orar, sufrir y dar testimonio, ha llegado esa hora para el mundo; han de estar dispuestos, para salvarlo, a entregar su vida al amor, al dolor y al testimonio, como lo estuvo Cristo llegada la hora de glorificar al Padre en la Cruz.  

Art. 46.- TENDRçN ACTIVIDAD APOSTîLICA. PERO POR LA CARIDAD LA TRASCIENDEN. Por poca actividad apost—lica que puedan desarrollar, y se ha de procurar que no falte alguna en cada miembro de la Obra, piensen que su acci—n corresponsable de la redenci—n no se agota ah’ en su c’rculo de acci—n y eso, por dos razones. Primera porque una sola alma en que se acreciente por su trabajo la vida teologal refluye en toda la Iglesia. Segunda porque cuanto mayor sea el caudal de divina caridad en su alma mayor ser‡ su alcance apost—lico en virtud de la ley divina de los vasos comunicantes que se realiza en el Cuerpo M’stico. Motivo de gran gozo es vivir por la fe que su vida va a trascender el tiempo y el espacio. Teresa, Teresita, San Juan de la Cruz tuvieron una limitaci—n mayor o menor en su acci—n personal y exterior, segœn dispuso para cada uno la Sabia Providencia del Padre. Pero su caridad trascendi— su ambiente y sigue influyendo en el Cuerpo de Cristo y seguir‡ hasta el fin de los tiempos.  

Art. 47.- ESTIMULO DEL VATICANO II. El Concilio sigue reconociendo el tesoro que supone para la Iglesia la vida contemplativa. La Iglesia nunca se desmiente a s’ misma, y lo que estim— en todos los tiempos lo sigue alabando en el Vaticano II: Los Institutos puramente contemplativos cuyos miembros, dados totalmente a Dios en la soledad, en el silencio, en la oraci—n constante, y en la austera penitencia, por mucho que urja la necesidad del apostolado activo, ocupan siempre una parte preeminente en el Cuerpo M’stico de Cristo, en que todos los miembros no tienen la misma funci—n (Rom 12, 4). Ya que ellos ofrecen a Dios el excelente sacrificio de la alabanza, enriquecen al pueblo de Dios con frutos esplŽndidos de santidad, arrastran con su ejemplo y dilatan las obras apost—licas con una fecundidad misteriosa. De esta forma son el honor de la Iglesia y torrente de gracias celestialesÈ (Dec. Perf. Caritatis, n¼ 7).

 

CAPITULO II—SUS MODELOS: CRISTO  

Art. 48.- El gran modelo de su vida lo tienen los Sanjuanistas, las Teresianas y los miembros del Instituto Secular en Cristo a quien no se le ocultaba la necesidad del trabajo apost—lico en el mundo y quiso dedicar la mayor parte de su vida al silencio y oscuridad de Nazaret y una peque–a parte de la misma a la acci—n directa de evangelizaci—n, en la cual no obstante, reiteradamente se dedic— a orar de d’a y de noche... y a sufrir, ser humillado y fracasar... ÇEra necesario que el Cristo padecieseÈ... (LUF 24,26) para que el hombre resucitase.  

Art. 49 -ÉY MARIA. El otro modelo es Maria. Poca acci—n apost—lica desarroll— la Virgen y no fue ello —bice para que fuera corredentora y Madre de la Iglesia porque la lleva a toda en su seno como la vio San Juan en el Apocalipsis (12,1-5) y confirma el Vaticano II: ÒY esta maternidad de Mar’a perdura sin cesar en la econom’a de la gracia, desde el momento que prest— fiel asentimiento a la Anunciaci—n y la mantuvo sin vacilaci—n ante la Cruz, hasta la consumaci—n perfecta de todos los elegidos. Pues, una vez recibida en los cielos, no dej— su oficio salvador sino que continœa alcanzan. dones por su mœltiple intercesi—n los dones de la eterna salvaci—n. Por su amor materno cuida de los hermanos de su Hijo que peregrinan y se debaten entre peligros y angustias y luchan contra el pecado hasta que sean llevados a la Patria feliz (LG 62). Como Mar’a deben engendrar a Cristo en las almas por su amor y por su cruz no terminando su acci—n en la tierra sino continu‡ndose potenciada en el cielo, deseo ardiente de Santa Teresita, audaz para su tiempo, que Amor y Cruz recogi— en su programa, y que el Vaticano II atribuye a la Mater Eclesiae y P’o XII ya lo defini— en la "Munificentissimus Deus", en 1950.  

Art. 50.—Es tambiŽn modelo Mar’a de Amor y Cruz porque si el que hace la Voluntad del Padre es mi Madre, ellos aspiran a hacer la Voluntad del Padre, con toda generosidad, como Maria, para engendrar a Cristo en s’ y en los hombres, segœn doctrina de los Padres de acuerdo con la cual han de procurar vivir. Dicen los Padres: ÇComo el ni–ito formado en el seno as’ me parece el Verbo de Dios en las entra–as del alma que ha recibido la gracia del Bautismo. El Se–or abre el seno maternal del alma para que sea engendrado el Logos de Dios y as’ el alma se hace Madre de CristoÈ (Or’genes).  

ÇCada alma lleva en s’, como en un seno materno a Cristo. Si ella no se transforma por una santa vida no puede llamarse madre de CristoÈ (San Gregorio Nacianceno).  

ÇLo que en otro tiempo sucedi— corporalmente en la Virgen Mar’a, cuando la plenitud de la Divinidad de Cristo, comenz— a irradiar a travŽs de la Virgen, se cumple tambiŽn en cada alma que, sintiendo como el Logos, lleva una vida pura. El p‡rvulo nacido en nosotros es el mismo Jesœs el cual en los que le reciben, crece de diversas maneras en sabidur’a, edad y gracia. Porque no es igual en cada uno. Conforme a la medida de la gracia de aquŽl en quien El recibe la forma, y conforme a la capacidad del que le recibe aparece El como ni–o, adolescente o var—n perfectoÈ. (San Gregorio Niseno).  

ÒCuando esta alma comienza a convertirse a Cristo es llamada Mar’a, o sea, recibe el nombre de la Mujer que en otro tiempo llev— a Cristo en e! seno: se ha transformado en un alma que engendra a Cristo de una manera espiritual. No todos llegan a dar a luz, no todos son ya perfectos, no todos son Mar’a, los que ciertamente han concebido del Esp’ritu Santo a Cristo, pero no le han engendrado. Hay hombres que arrojan de nuevo al Verbo de Dios, como un aborto. Haz pues la Voluntad del Padre para que puedas ser Madre de CristoÓ (San Ambrosio).  

ÇPor esto sois tambiŽn Madre de Cristo, porque cumpl’s la Voluntad del Padre. Concebid tambiŽn vosotros a Cristo, por la fe, dadle a luz por vuestras buenas obras. Cumpla vuestro coraz—n en la ley de Cristo lo que en otro tiempo cumpli— el seno de Mar’a en la carne de CristoÈ (San Agust’n).  

ÇMadre de Cristo se hace ante todo el que anuncia la verdad; porque al Se–or engendra el que lo introduce en el coraz—n de los oyentes. Madre de Cristo se hace el que con su palabra engendra en el Esp’ritu el amor al Se–orÈ (San Gregorio Magno).  

As’ los miembros de Amor y Cruz han de engendrar en s’ mismos a Jesœs y ayudarle a la Iglesia a engendrarlo en todos los hombres para que todos puedan pasar del seno de Mar’a al Seno del Padre en la unidad a la que Cristo nos convoca.  

Art. 51.—MARIA. MADRE DE LA IGLESIA. PATRONA. No s—lo es modelo Mar’a de Amor y Cruz; la escogi— tambiŽn por Patrona. La llamar‡ Patrona con el t’tulo de Madre de la Iglesia para corresponder al deseo de Pablo VI manifestado en el discurso de la Clausura de la 3» etapa conciliar el 21-11-1964: ÇAs’ pues, para gloria de la Virgen y consuelo nuestro Nos proclamamos a Mar’a Sant’sima Madre de la Iglesia, es decir, Madre de todo el Pueblo de Dios, tanto de los fieles como de los Pastores, que la llaman Madre Amorosa y queremos que de ahora en adelante sea honrada e invocada por todo el Pueblo cristiano con este grat’simo t’tulo".  

Art. 52—SU EFICACIA APOSTOLICA DERIVA DE SU IMITACION DE MARIA. Siendo Amor y Cruz una Obra Apostolica debe fundamentar su eficacia en la imitaci—n de Mar’a y en la consecuci—n de un amor materno, participado del su yo, hacia la Iglesia. Cumplir‡ Amor y Cruz las normas del Vaticano II conscientes de que Çel conocimiento de la verdadera doctrina cat—lica sobre Mar’a ser‡ siempre la llave de la exacta comprensi—n del Misterio de Cristo y de la IglesiaÈ, como dijo Pablo VI en su discurso de Clausura 3. etapa conciliar el 21-11-1964 (no 23) de la Oigo Amor y Cruz al Vaticano II y haga suya esta doctrina: ÇPor eso la Iglesia en su labor opost—lica se fija con raz—n en aquella que engendr— a Cristo concebido del Esp’ritu Santo para que tambiŽn nazca y crezca por medio de la Iglesia en las almas fieles. La Virgen fue en su vida ejemplo de aquel amor maternal con que es necesario estŽn animados todos aquellos que en la misi—n apost—lica de la Iglesia cooperan a la regeneraci—n de los hombresÈ. (LG 8, 65). Amor y Cruz encomendar‡ su vida y apostolado a la solicitud de la Madre de la Iglesia, como manda el Concilio en el Decreto ÇApostolicam actuositatemÈ n¼ 4.  

Art. 53. - Los miembros de Amor y Cruz vestir‡n el escapulario del Carmen como una se–al de especial devoci—n y consagraci—n a la Virgen y, al mismo tiempo, de su maternal protecci—n. Y para gozar de las promesas de la Virgen de morir en gracia de Dios, y de salir del Purgatorio cuanto antes, especialmente en d’a de s‡bado.  

Art. 54.—ESPERANZA EN EL TRABAJO DE CRISTO. Sean los miembros de Amor y Cruz hombres y mujeres firmes en el amor a la Iglesia; anclados en la confianza de Mar’a, seguros en la Providencia salvadora del amor del Padre, llenos de esperanza teologal en la proyecci—n de la fecundidad de sus vidas inmoladas en la Obra, ya sean Sanjuanistas, ya Teresianas ya miembros del Instituto Secular, Çcon la segura confianza de que quien comenz— en vosotros la Obra la llevar‡ a cabo hasta el d’a de Cristo JesœsÈ. (Filp 1,6).  

 

CAPITULO III.—LA EUCARISTIA  

Art. 55. — Y pues Òninguna comunidad cristiana se edifica si no tiene su ra’z y quicio en fa celebraci—n de la Sant’sima Eucarist’aÈ, (Dec. sobre el Ministerio y vida de los presb’teros, n¼ 6) pongan la Eucarist’a los miembros de Amor y Cruz, en el centro de sus vidas, ya en la participaci—n del Sacrificio, ya en la adoraci—n de la misma, diurna permanente y nocturna semanalmente, salvadas las posibilidades; ya de forma particular. Ayudar‡ a la estima de la Eucarist’a reflexionar que Çen ella se contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, a saber, Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan vivo por su carne, que da la vida a los hombres, vivificada y vivificante por el Esp’ritu SantoÈ (Presb Ord 5) y calar hondo, por la fe, en que Çla vida de la Iglesia se dEsarrolla por la participaci—n asidua del Misterio Eucar’sticoÈ. (Const. Divina Revelaci—n, n¼ 26). En ella fundamentada la Obra, edificar‡ sobre roca y no podr‡ temer las tempestades, crecer‡ y llevar‡ la vida de Cristo como una antorcha que arde e ilumina.  

Para estimar la Eucarist’a mediten tambiŽn lo que el Vaticano II nos dice: ÒDe la Eucarist’a mana hacia nosotros la gracia como de su fuente, y se obtiene con la m‡xima eficacia aquella santificaci—n de los hombres en Cristo y aquella glorificaci—n de Dios, a la cual las dem‡s obras de la Iglesia tienden como a su finÈ (Const. Sgda. Liturgia n¼ 10).  

Art. 56.- Amor y Cruz quiere que todos sus miembros, Çparticipando del Sacrificio Eucar’stico, ofrezcan a Dios la V’ctima Divina y se ofrezcan a s’ mismos juntamente con Ella" (Lumen Gentium n¼ 11).  

Al propio tiempo, sobrellevando pacientemente las mismas pruebas de la vida, las convertir‡n en sacrificios espirituales aceptables a Dios por Cristo (1.Õ Petr 2,5) ofrecidas piadosamente en la celebraci—n de la Eucarist’a al Padre, juntamente con la oblaci—n del Cuerpo del Se–orÈ (LG n¼ 34).  

En la celebraci—n de la Eucarist’a ver‡n los miembros de Amor y Cruz la actualizaci—n m‡s real de su ofrecimiento de V’ctima a Dios Amor.  

Art. 57.—Amor y Cruz que quiere alimentarse de la doctrina y vida de la Doctora Santa Teresa de Jesœs, no puede olvidar que la vida m’stica de la Madre est‡ jalonada de carismas eucar’sticos: En torno a la Eucarist’a se despliega su camino espiritual, tan cristocŽntrico, que no la convencer‡ nadie, de que lo lleva bueno quien se separa de la Humanidad de Cristo. (Vida cap 22; Moradas 6, cap 7; Relaci—n 66, etc). Y la Humanidad de Cristo, glorificado, se nos acerca y se nos entrega supereminentemente en la Eucarist’a. Las visiones intelectuales trinitarias en sus comuniones le suceden. Y la gracia del matrimonio espiritual la recibi— en la Encarnaci—n de Avila el 18-11-1572, despuŽs de comulgar de manos de San Juan de la Cruz.  

Art. 58.—Pues que Amor y Cruz se nutre tambiŽn de la doctrina del Doctor M’stico San Juan de la Cruz, tome conciencia de que la m‡s alta consumaci—n en el amor se realiza en Žl cuando, privado de la celebraci—n de la Misa incluso el d’a de la Asunci—n implorada con l‡grimas en la c‡rcel de Toledo a su Prior, largos d’as sin Eucarist’a, Ác—mo se abrir‡ en requiebros y en dulces lamentos su alma llagada cuyos ecos resonar‡n en las bellas estrofas que debe hacer suyas Amor y Cruz!:  

Aquesta eterna fonte est‡ escondida

en este vivo Pan por darnos vida.

         Aunque es de noche.  

Aqu’ se est‡ llamando a las criaturas

y de esta agua se hartan, aunque a escuras.

          Porque es de noche.  

Aquesta viva fonte que deseo

en este Pan de vida yo la veo,

          Aunque es de noche.

 

Art. 59. -Para justificar la vida de adoraci—n de la Eucarist’a en Amor y Cruz leamos, con toda reverencia, las palabras de Pablo VI en el Credo del Pueblo de Dios y en la Audiencia General del MiŽrcoles Santo (7-4-1971): ÇLa existencia œnica e indivisible del Se–or en el Cielo no se multiplica sino que se hace presente por el Sacramento en los innœmeros lugares de la tierra donde se celebra la Misa. Y sigue presente, despuŽs del sacrificio, en el Sant’simo Sacramento que est‡ en el Tabern‡culo, coraz—n viviente de cada una de nuestras Iglesias. Es para nosotros un dulc’simo deber honrar y adorar en la Santa Hostia que ven nuestros ojos, al Verbo Encarnado que no pueden ver, el cual, sin abandonar el cielo, se ha hecho presente ante nosotrosÈ (30-6-1968).  

ÇEl culto eucar’stico no se agota con el acto litœrgico que lo origina; exige una comprensi—n, una reflexi—n, una espiritualidad, que debe dar a cada fiel y a la entera comunidad el sentido sacramental del Emmanuel, del Dios con nosotros... fruto —ptimo de la celebraci—n del Jueves Santo ser’a la renovaci—n, el reflorecimiento de la piedad eucar’stica, tal como la teolog’a del misterio de la fe... y el esp’ritu de la reforma conciliar exigen hoy del Pueblo de DiosÈ (7-4-1971).  

Art. 60. — Culto a la Eucarist’a, adem‡s, como fuente de verdadero apostolado y del nacimiento y perseverancia de las vocaciones, singularmente de las de la Obra, que hemos de atraer desde el coraz—n de Cristo viviente en nuestros Sagrarios: ÇYa que la Eucarist’aÉ no s—lo produce la Gracia, sino que contiene, de modo permanente, al Autor mismo de la Gracia. Cuando por tanto la Iglesia nos manda adorar a Cristo, escondido bajo los velos eucar’sticos, y pedirle gracias sobrenaturales y terrenas, de las que siempre tenemos necesidad, manifiesta la fe viva, con la cual cree presente bajo aquellos velos a su Divino Esposo, le manifiesta su reconocimiento y goza de su ’ntima familiaridadÓ (P’o XII, Mediator Dei A.S.S. 1947; p‡g. 569).  

ÇEl culto eucar’stico fuera de la Misa tiene, por ello, una ’nigualable importancia... desde el punto de vista ascŽtico y m’stico, porque, sin una genuina piedad eucar’stica, no se da verdadero aliento al apostolado, ni se asegura la fidelidad de las vocacionesÈ. (Pablo VI al ComitŽ de los Congresos Eucar’sticos 1-3-1972).  

Aunque el Papa se refiere directamente a las vocaciones sacerdotales en sentido proporcional nos es l’cito adaptarlo a la vocaci—n religiosa en general y Amor y Cruz lo recoge para sus miembros, exhort‡ndoles con toda insistencia, a que se fogueen y calinten su fe a los pies del Divino Amor Sacramentado. De esa adoraci—n amorosa, brotar‡n flores olorosas de vocaciones de Teresianas, Sanjuanistas y Amorcrucistas, que perfumar‡n, con delicados aromas, la Iglesia Santa.  

 

CAPITULO IV

EL EVANGELIO Y LA ROCA

 

Art. 61.- AMOR Y CRUZ, SINTESIS DEL EVANGELIO. Amor y Cruz ha sintetizado en su t’tulo el genuino esp’ritu del Evangelio que quiere educar en sus miembros. Dios es amor, el mandamiento nuevo es el del Amor, y la ley del Reino de Dios es la del Amor. El Amor, despuŽs del pecado, no llega al hombre sino por la Cruz. La Cruz es esa sublime catapulta que hace diana en el coraz—n de Dios, lo rompe y hace desbordar el ocŽano infinito de su Amor sobre el hombre al que endiosa. La Cruz atrae al Amor y el Amor nos lleva a la Cruz y, adem‡s, sin trabajo, porque segœn San Agust’n: ÇDonde se ama no se trabaja y si se trabaja se ama el trabajoÈ, en una palabra: Amor y Cruz son inseparables y en su uni—n radica la salvaci—n de los hombres.

Art. 62. - SINTONIA CON EL PAPA. Amor y Cruz sabe que va al revŽs del mundo, que rema contra corriente, que no ser‡ comprendida f‡cilmente ni ser‡, digŽmoslo, popular. Pero estamos convencidos de que no es eso lo que nos falta y de que eso nos ha perdido y nos sigue perdiendo.

No son nuestras estas palabras sino del Papa Pablo VI y bien actuales adem‡s: ÒCuando m‡s cerca est‡ un alma de la perfecci—n, tanto m‡s posee el sentido, casi abismal, de su imperfecci—n, de sus pecados. No es fantas’a, ni imaqinaci—–. Es la percepci—n de la realidad del mundo espiritual que nos ense–a c—mo la desproporci—n entre lo que somos y lo que debemos ser, entre lo que somos y lo que es aquel Dios que vamos buscando y queremos alcanzar, exige de nosotros tensi—n, esfuerzo, sacrificio. Si queremos verdaderamente imitar a Cristo, hemos de aceptar sus palabras, no cual imitaci—n ret—rica sino como programa vinculante que exige grande reflexi—n Çquien me ama que me siga: tome cada uno su Cruz y l!ŽvelaÈ. ÁC—mo se esponja el alma, comprobando que no s—lo el esp’ritu de nuestro ideario coincide con la mente del Papa sino que hasta la letra del texto que escoge para su prueba coincide con el t’tulo de nuestra Obra! Pero sigue el Papa: ÇBrota de ah’ una pregunta sustancial: ÀQueremos un cristianismo f‡cil o queremos un cristianismo fuerte? La tentaci—n del cristianismo f‡cil penetra hoy por todas partes. Llega incluso a los religiosos y a las religiosas que consagran su vida a la austeridad y a la severidad. Esa tentaci—n comienza a atacar no s—lo la disciplina exterior, el horario, etc., sino tambiŽn las ra’ces del cristianismo: llega hasta la fe (...) consta el hecho de que en la escuela, en la pedagog’a moderna se ha difundido el intento de hacer f‡cil el cristianismo, de despojarlo de todo aquello que molesta, sea en el terreno doctrinal, sea en el pr‡ctico, es decir, el de los mandamientos. Se tiende a eliminar todo obst‡culo, para dejar que el hombre viva de espontaneidad, en plenitud de vida, de manera aut—noma. Se recurre para ello a los textos evangŽlicos. Se dice que el Se–or es bueno, que nos ha liberado en la verdad, y que, por tanto, se debe consentir a quien quiere ser cristiano, seguir una l’nea de espontaneidad y libertad. Se propone un cristianismo f‡cil sin el signo acuciante de la cruz. La Cruz se considera como un signo ornamental y simb—lico. Todav’a, afortunadamente, no ha desaparecido de las oficinas pœblicas, de las clases, ni, mucho menos, de las iglesias. Permanece all’. ÀPero refleja todav’a en las almas el influjo de su ejemplo y la elocuencia de su filosof’a, de su teolog’a, de su pedagog’a? En las p‡ginas del Evangelio descubrimos que el Se–or cuando nos ha presentado el cristianismo no ha dudado en desafiar la popularidad de su predicaci—n, manifestando las exigencias severas del cristiano autŽntico. Ha dicho que la senda hacia el Reino de los cielos es estrecha y fatigosa, y que cuantos prefieren el camino ancho se pierden. El mismo Serm—n de la Monta–a, que parece un himno de gozo, marca las exigencias nuevas del cristianismo verdadero, ese cristianismo que no consiste en manifestaciones exteriores, sino que exige sentimientos interiores. Para restablecer la armon’a, la capacidad de coloquio con Dios, de amor al pr—iimo, de acciones buenas, se necesita un gran esfuerzo. No se produce espont‡neamente. Es necesario que nos concentremos sobre nosotros mismos para imponernos una ley de mortificaci—n, de penitencia, de sacrificio. Debemos signarnos a nosotros mismos con el signo de la cruzÈ. (En la Estaci—n cuaresmal de Santa Sabina 16-2-1972).

Art. 63 - RESPONSABlLlDAD DE AMOR Y CRUZ Y AMONESTACION. A todos los miembros actuales de la Obra, y a los que anidar‡n en sus ramas ma–ana, les pedimos, con toda la fuerza de nuestro esp’ritu, que mantengan siempre di‡fano el ideal de Amor y Cruz; que aspiren a volar siempre m‡s alto, como ‡guilas caudales,

 

Çque fui tan alto tan alto

que le d’ a la caza alcanceÈ

(San Juan de la Cruz. Poes’as)

que superen el espejismo de que, poniendo m‡s la baja la meta, crece la fecundidad, (el nœmero s’, pero no la calidad y por tanto, decrece la eficacia) y recuerden que el avi—n cuando pierde altura ante el menor obst‡culo se estrella.

             A todos les decimos con toda verdad y seriedad, que si hemos de nacer adocenados, no importa nacer. Un parto es demasiado doloroso como para jugar. Y el parto que acaba en aborto a–ade al dolor el fracaso.

             Fracaso que no ser’a de Dios, sino nuestro, del cual nos exigir’a estrecha cuenta, y con toda justicia, despuŽs de haber depositado su confianzaen nosotros y de haber recibido tanto. ÇA quien mucho se le ha dado mucho se le exigir‡È (Luc 12,48).  

Seamos fieles, oremos incesantemente, desconfiemos de nosotros y pongamos en Dios toda nuestra esperanza, sigamos su llamada, con la fe de Abrah‡n sin saber d—nde nos lleva su Amor, seguros de que AMOR y CRUZ Çno ha nacido de la sangre, ni de la voluntad del hombre sino de DiosÓ (Jn 1,13). ÇY lo que nace de Dios permanece para siempreÈ (Jn 8, 25).  

 

CAPITULO V —LA HUMILDAD

 

Art. 64.- El ejemplo de Jesœs, humilis Corde, el de Mar’a, la esclava del Se–or, y el de los Santos Patronos debe mover a Amor y Cruz a vivir en humildad ante Dios y ante los hombres.  

Art. 65.- El recuerdo de los propios pecados y las inclinaciones torcidas que han dejado en alma y cuerpo el fomes peccati y los pecados personales han de ser como un peso que hace bajar la cabeza e impide la propia exaltaci—n y jactancia.  

Art. 66. - El esfuerzo por vivir en presencia de Dios que nos ve tal cual somos, ya que escudmi–a el coraz—n, har‡ brotar en el alma violetas de humildad.  

Art. 67. - SomŽtanse a sus Superiores, con una obediencia sin l’mites exterior e interior por amor de Cristo que se hizo obediente hasta la muerte.  

Art. 68.—Acepten las contradicciones con paciencia considerando que el Se–or las en~‡a como mensajeros de gracia. Recuerden a David maldecido por Seme’ que reconoci—: Dios le env’a Çquiz‡ me bendiga por esta maldici—nÈ (Sm 2,16.12) y acepten las injurias sin defenderse.  

Art. 69.—Abran a su Padre espiritual sus almas con toda la miseria que brota en ellas para que Dios por su lengua las unja, cure y pacif’que.  

Art.70.—Col—quense contentos en el œltimo lugar y abr‡cense de grado con injurias y menosprecios por amor de Cristo lleno de ellos.  

Art. 71.—No s—lo de palabra sino tambiŽn de pensamiento d’ganse y cre‡nse los peores de todos, (Subida, L.1,13,9), considerando la distancia que media entre la santidad de Dios y la bajeza de ellos. Y de los pr—jimos no pueden sentir tan mal pues no les es l’cito medir sus intenciones.  

Art. 72. - Cumplan fielmente los Estatutos convencidos de que hacen as’ la Voluntad de Dios que es la que hace el verdadero humilde y no la suya.  

Art. 73. - EstŽn prestos a escuchar las palabras de reprensi—n creyendo siempre que las merecen y sean tardos en hablar sobre todo, cuando domina la pasi—n.  

Art. 74. - Manifiesten en todo su porte, sin perder la naturalidad, su humildad no fingida.  

Art. 75. - Por nada se envanezcan y pidan a Dios la gracia de la humildad que los exaltar‡ y les har‡ amables a Dios y a los hombres y les har‡ fecundos en la Iglesia.  

 

CAPITULO VI—VICTIMAS AL AMOR  

   Art. 76. - La caracter’stica m‡s notable de Amor y Cruz es una intensa vida de oraci—n. Como corona de la misma quienes claramente se sientan movidos por el Esp’ritu y previo consejo, pueden ofrecerse VICTIMAS AL AMOR MISERICODIOSO, como lo hizo Santa Teresita para vivir en un acto continuo e ininterrumpido de amor a fin de lograr recoger los raudales de infinito amor que desbordan del Coraz—n de Dios y que las criaturas humanas desprecian.(VŽase Obras completas de Santa Teresita cap 8,23, p‡g. 240: D.C. Consejos y Recuerdos, p‡g. 1223 y sgtes. OC. ApŽndice por Sor Genoveva de la Santa Faz en que explica minuciosamente el sentido del ofrecimiento de V’ctima a! Amor Misericordioso, distinto del hecho a la Divina Justicia, p‡gina 1367 y siguientes. Burgos, 1969).  

Art. 77. - POR LA IGLESIA. Santa Teresa del Ni–o Jesœs inaugura con genio sobrenatural, una orientaci—n reparadora nueva en la Iglesia: V’ctima de Amor. Amor y Cruz recoge esta exquisitez para aquellos miembros de la Obra que sean llamados a estado tan excelso. La Iglesia refrenda la legitimidad de este camino pidiendo a Dios para todo su Pueblo Òque seamos en Cristo, v’ctima viva para tu alabanzaÓ (IV Plegaria Eucar’stica). Y en la ÇLumen GentiumÓ: Çparticipando del Sacramento eucar’stico fuente y cumbre de toda la vida cristiana, ofrecen a Dios la V’ctima divina y se ofrecen a s’ mismos juntamente con ella (n 11).  

Estas personas elegidas ofrecen su v’ctimaci—n e inmolaci—n gustosas por la Iglesia Sancta Dei, hasta tanto les debe llevar la pasi—n por su Madre; como Santa Teresa que proclamaba al final su felicidad de morir hija de la Iglesia, son felices entreg‡ndose por la Iglesia.  

Art. 78. - VICTIMA DE AMOR. Esta expresi—n envuelve dos realidades: la de recibir el Amor de Dios de una manera insoportable, dig‡moslo as’, y la del martirio que constituye para la humana naturaleza el contrariarla constantemente y en todo, para que obre, no por su amor sino por el de Dios; V’ctima de amor, he ah’ la manera de perder la vida terrena para lograr la Divina. Como Cristo fue v’ctima para lograrnos la vida de Dios, la naturaleza cae v’ctima por el Amor de Dios.  

 

CAPITULO VII—VIDA DE ORACION  

Art. 79. — Dar‡n a la oraci—n importancia fundamental y decisiva, como que es, no s—lo medio de perfecci—n, o uno m‡s de los actos espirituales, sino que se convierte en Amor y Cruz en la ocupaci—n esencial que debe llenar el d’a de los Sanjuanistas y Teresianas y de donde derivar‡n todas las luces, gracias, fuerzas, crecimiento, extensi—n y hasta los medios materiales. Por eso le dedicar‡n dos horas cada d’a y tres los domingos. Pero esta vida de oraci—n en medio de la algarab’a actual Àno es un triunfo de la gracia? ÀY estos actos de oraci—n no tienen como fin llevar al alma a la oraci—n habitual a adquirir el esp’ritu de oraci—n que los haga estar en perenne vela con su Dios?  

Art. 80. -Para conseguir lo anterior hay que organizar la vida de Amor y Cruz, Sanjuanistas y Teresianas, de forma que nada distraiga del di‡logo con Dios y todo ayude Ça tratar de amistad con quien sabemos nos amaÈ y a dejar de par en par abierta la puerta para entrar en las Moradas.

 

Art. 81.- DE LA INTERRUPCION DE LA ORACION.

    Ninguna otra actividad debe ser causa de interrupci—n de la oraci—n. Ella es la actividad pr’ncipe de la Obra y hay que tener todo previsto para no ser f‡ciles a truncarla. As’ las visitas, las llamadas telef—nicas, etc. salvar‡n siempre, menos en casos de urgencia y de verdadera necesidad, la hora de la oraci—n. Que se formen as’ todos los hermanos para que den un testimonio vivo a todos los que los vean de c—mo dan a Dios el tiempo y los cuidados sin atenuantes ni recortes.  

Art. 82. - SON MUCHAS LAS ALMAS QUE NO ORAN. ÇMuchas, much’simas almas no cultivan la oraci—n y se pasan a–os y a–os de una vida devota sin haber dado ni siquiera un paso adelante en este santo ejercicio, con enorme da–o para su vida espiritual. Muchas se apartan de ella y la abandonan como cosa estŽril, falta de atractivo y de eficacia (Card. Lercano, MŽtodos de oraci—n mental, p‡g. 8. Ed. Studium. Madrid, 1961).  

Y es que jam‡s aprendieron a utilizar este medio de perfecci—n y aunque no se atreven a despreciar algo que tanto se estima y se predica como necesario en la Iglesia, piensan que no es para Žllos y que hacer oraci—n es algo reservado para almas privilegiadas.  

Art. 83. - HOY SE APAGA ADREDE LA PLEGARIA. Otros llegan m‡s lejos. Pablo VI asegura que la oraci—n ha sido exclu’da intencionadamente de la vida moderna. ÇHoy ya no se quiere rezar. Miicha gente ya no reza y por motivos futiles. Antes se olvidaba la oraci—n debido a nuestra superficialidad, por nuestras preocupaciones terrenas. Ahora el silencio de la oraci—n es intencionado, practicado deliberadamente, en las almas de las nuevas generaciones se apaga adrede la plegariaÈ (29 -1-1974).  

Art. 84. - VIDA CONTEMPLATIVA ACORDE CON LOS TIEMPOS. Siendo la vida contemplativa propiedad de los que han penetrado m‡s plenamente en la vida y el esp’ritu de la Iglesia y deseando Amor y Cruz que sus miembros lo sean firmes y fruct’feros de Cristo, se proponen, con gran vehemencia, llevar una vida contemplativa acorde con los tiempos; desean los dones dc contemplaci—n para poder llegar al mismo centro del misterio. Pero no debe ignorar que este deseo incluye una gran participaci—n en los sufrimientos y muerte de Cristo. Si el deseo es eficaz no retroceder‡ ante la penitencis y sacrificios, antes se buscar‡n.  

Art. 85.— CONTEMPLATIVOS-ACTIVOS. Han de llegar a ser perfectos contemplativos-activos, contemplativos en la acci—n. Y no es esto imposible ya que todo ser humano que lo desee puede convertirse en un contemplativo-activo y disponerse, incluso, para las mejores gracias de la oraci—n infusa, cuya mejor disposici—n es un deseo eficaz de llegar a un profundo, ’ntimo, personal y amoroso conocimiento de Dios en el misterio de Cristo.  

Art. 86. - DE LA CONTEMPLACION BROTARA LA ACCION. Amor y Cruz desea que todos sus miembros mantengan un di‡logo permanente con el Dios trascendente. Y no se sentir‡ acomplejada en su servicio a la Iglesia en momentos hist—ricos en que tanta falta hace el trabajo apost—lico conscientes de que de un gran caudal de vida divina, acumulado por la oraci—n, brotar‡n las grandes obras como sucedi— siempre en la historia de la Iglesia; queremos decirlo con palabras de Oscar Cullman: ÇSe habla hoy tanto de di‡logo que esta palabra ha venido a ser un slogan moderno, pero no aceptamos el di‡logo con Dios que se nos est‡ ofreciendo en el Evangelio. Segœn San Pablo es el Esp’ritu de Dios el que nos invita a rogar (Rom. 8, 15-26): Dios viene en ayuda de nuestras debilidades y nos apostrofa cuando nosotros oramos. Cuando no se reza es prueba de que el Esp’ritu Santo nos ha abandonado. Los simplificadores oponen la oraci—n a la acci—n como si tas grandes obras no hubieran sido realizadas precisamente por los cristianos que han basado su acci—n en la oraci—nÓ. Aquellos miembros que se sientan llamados a una contemplaci—n total ser‡n considerados como realizadores puros del ideal de la Obra y se les dar‡ toda clase de facilidades para que sigan su llamada.  

Art. 87. - HACER BROTAR LAS FUENTES ES MAS IMPORTANTE QUE ORGANIZAR LAS ESTRUCTURAS. Creemos que los hombres se van a ir dando cuenta, despuŽs de tantos vanos tanteos y ensayos ineficaces si no contraproducentes, de que lo que nace de lo humano envejece y muere y de que s—lo permanece lo que el Esp’ritu Santo realiza en la Iglesia. Amor y Cruz acoge con gozo y sintoniza totalmente con la Resoluci—n final de la Asamblea Plenaria del Episcopado FrancŽs en Lourdes de 15-20 noviembre 1971: ÇPercibimos, como un s’ntoma de la acci—n del Esp’ritu Santo, la renovaci—n de la vida contemplativa, la necesidad de recogimiento y oraci—n, expresado por los j—venes de todos los ambientes.  

La Iglesia no se rejuvenece en primer lugar por la creaci—n de instituciones m‡s apropiadas sino por la aceptaci—n del Esp’ritu en la plegaria.  

ÈHacer brotar las fuentes es m‡s importante que organizar las estructuras. Obispos y sacerdotes nos sentimos invitados a participar en esta renovaci—n espiritual y a promoverlaÕ..(Resoluci—n final de la Asamblea Plenaria Episc. FrancŽs).  

Art. 88. - AMOR Y CRUZ SIGUE LA DOCTRINA Y LA VIDA DE SANTA TERESA DE LISIEUX. La doctrina de Teresa de Lisieux Òla m‡s grande santa de los tiempos modernosÓ en frase de Pio X y Çla estrella de su pontificadoÈ como la llama P’o XI ser doctrina de Amor y Cruz, cuya misi—n en el mundo ha sido no poco adulterada, pero que al conocimiento genuino de su pensamiento no puede ser m‡s clara si la o’mos pronunciar cuando su pr—ximo fin no ofrece ninguna duda: ÒPresiento que voy a entrar en el descanso, pero sobre todo, presiento que mi misi—n va a comenzar: la misi—n de hacer amar a Dios como yo le amo, de entregar m’ caminito a las almasÕ (Nov. Verba p‡gs. 81, 82; citada por Combes, Sta. Teresa de Lissieux y su misi—n, pg 78. Ed. Dinor. San Sebasti‡n, 1957).  

A la luz de sus ense–anzas que quiere vivir y ense–ar a la vez, ha comprendido Amor y Cruz que si el hombre contempla a Dios, Dios mismo le dar‡ su acci—n, que brotando de su mismo coraz—n participar‡ el hombre desde el hontanar m‡s ’ntimo de la acci—n salvadora de Dios. La Iglesia, que ha sancionado la eficacia de la contemplaci—n proclamando a Teresita Patrona de las Misiones, nos sigue ofreciendo la l’nea segura de la eficacia de la redenci—n, œnico quehacer y servicio de la Iglesia.  

Teresita, considera a Dios Amor; quiere recibir ese amor de manera que la consuma, como v’ctima de holocausto: Ella quiere suscitar una legi—n de peque–as v’ctimas ofrecidas al Amor y Amor y Cruz se siente llamado a realizar esos deseos devoradores de la que Çquiso pasar su cielo haciendo bien en la tierraÈ. (Manus. Autob. pg. 430. Burgos, 1953).  

Art. 84. - Amor y Cruz atraer‡ a las almas hacia Dios desde el fondo de su coraz—n lleno de Dios. Amor y Cruz debe tener una plena seguridad de la acci—n de Dios-Amor que puede transir el mundo de vida divina si encuentra almas, corazones, que se dejen devorar por el amor; atraer‡ a las almas con la fuerza de Jesœs. Si el miembro de Amor y Cruz es atra’do por Jesœs Òcon Žl correr‡n como chispas que prenden por un ca–averalÈ (Sab 3,7) cuantos se acerquen a Žl.  

Art. 90. - ESTUDlO DE SAN JUAN DE LA CRUZ. Siendo el ofrecimiento de VICTIMA AL AMOR de Santa Teresita fruto de la doctrina de San Juan de la Cruz, concretamente de la Llama de AMOR VIVA (2) y habiendo de vivir la misma, se estudiar‡n a fondo y concienzudamente las obras del Santo Carmelita para vivir su esp’ritu junto con el de Santa Teresa. (Ver nota al final, p‡g. 49).  

No hay que olvidar que el esp’ritu de los dos Doctores del Carmelo es un exquisito regalo de Dios a su Iglesia. Es fin principal de Amor y Cruz poner el esp’ritu sublime Sanjuanista-teresiano en un ambiente siglo XX (algo de lo que quiso lograr San Francisco de Sales en su Visitaci—n para aquellas se–oras mayores o enfermas a quienes sus mismos achaques les imped’a la vida claustral), que liberando el amor y la cruz de lo accidental y cambiente y renovando los antiguos modos para que no sean obst‡culo a que gran nœmero de hombres y mujeres (Òuna gran legi—n de almas peque–itasÈ, dec’a Santa Teresita) lleguen a lo sustancial y no pierdan la gran meta de consumarse en el amor.  

Art. 91. - ADQUlRlR EL ESPIRITU DE ORACION.  

(2)    ÇDonde es de saber que el morir natural de las almas que llegan a este estado, aunque la condici—n de su muerte en cuanto al natural es semejante a las dem‡s, pero en la causa y en el modo de la muerte hay mucha diferencia porque si las otras mueren muerte causada por enfermedad o por longura de d’as, Žstas, aunque en enfermedad mueren o en cumplimiento de edad, no las arranca el alma sino alg—n ’mpetu y encuentro de amor mucho m‡s subido que los pasados y m‡s poderoso y valeroso, pues pudo rom¥ per la tela y llevarse la joya del alma. Y as’ la muerte de semejantes almas siempre es muy suave y dulce, m‡s que les fue la vida espiritual toda su vida, ponque mueren con m‡s subidos ’mpetus y encuentros sabrosos de amor; siendo ellas como el cisne, que canta m‡s dulcemente cuando se quiere morir y se muere. Que por eso dijo David que era preciosa la muerte de los santos, porque all’ vienen en uno a juntarse todas las riquezas del alma y van all’ a entrar los r’os del amor del alma en el mar; los cuales est‡n all’ tan anchos y represados que parecen ya mares...È (Llama, canci—n 1.a, 30 B.A.C. pa,1.017).  

Tienen como fin espec’fico adquirir el esp’ritu de oraci—n que les haga estar en perenne vela con su Dios, segœn el mandato del Esp’ritu por San Pablo: ÒOrad sin interrupci—nÓ (1 Tes 5,17).  

A fin de que esta vida de oraci—n sea tan lograda en ellos y siguiendo la doctrina de Santa Teresa que asegura que el camino para aprovechar mucho en la oraci—n es amar mucho: Òs—lo quiero que estŽis advertidas que para aprovechar mucho en este camino y subir a las moradas que deseamos, no est‡ la cosa en pensar mucho, sino en amar mucho; y as’ lo que m‡s os despertare para amar eso hacedÓ (4 Moradas, cap. 1.7); y la de San Juan de la Cruz que ense–a que es gran negocio para el alma ejercitar en esta vida los actos de amor, porque consum‡ndose aqu’ el alma en breve, no se detenga mucho ac‡ o all‡ sin ver a DiosÓ (Llama de amor viva, canc.1,34) dar‡n suma importancia a la oraci—n de amor, bien entendida segœn la doctrina de los grandes m’sticos, y al vivir de amor.  

(Nota—Art. 90: Para facilitar el estudio de San Juan de la Cruz a las personas que comienzan he hecho la actualizaci—n de sus obras y las de santa Teresa de Jesœs.    

 

 II PARTE  

CAPITULO UNICO  

DEL INSTITUTO SECULAR  

Art. 92.—Sin el esfuerzo espiritual y material del Instituto Secular de Amor y Cruz en sus dos ramas masculina y femenina, los esfuerzos de las Congregaciones Religiosas de Sanjuanistas y Teresianas, que son la levadura de la Instituci—n, perder’an gran parte de su eficacia, pues ellos deben ser el hilo conductor que canalice sus iniciativas, coadyuve en sus trabajos, prepare caminos de vocaciones, preste ayuda material, etc.  

Arr. 93 - Este Instituto Secular debe proponerse la recluta de una falange de almas, con ansias notables de santidad que puedan ser, en su ambiente, sin alejarse de Žl, es decir, sin perder su secularidad, sal para purificar la corrupci—n de costumbres, luz que disipe las tinieblas del pecado y fuego que caliente la frialdad de la desacralizaci—n. ÒVuestra secularidad os empuja a acentuar especialmente —a diferencia de los religiosos— la relaci—n con el mundo. No constituye s—lo una condici—n sociol—gica, un hecho externo sino una postura; estar presentes en el mundo, saberse responsables de servirlo, de configurarlo segœn Dios en un orden m‡s justo y m‡s humano, de santificarlo desde dentroÈ. (Pablo VI a los miembros de los Institutos Seculares 2-2-1972).  

Art. 94. - Ansias notables de santidad deben tener los amorcrucistas: ÒAnte todo vuestra vida consagrada, con el esp’ritu de los consejos evangŽlicos, es expresi—n de vuestra indivisa pertenencia a Cristo y a la Iglesia, de la tensi—n permanente y radical hacia la saiitidad y el convencimiento de que—en œltimo an‡lisis— es s—lo Cristo quien, con su gracia, realiza la obra de redenci—n y de transformaci—n del mundo. Vuestra vida garantiza as’ que la intensa y directa interrelaci—n con el mundo no se convierta en mundanidad o naturalismo, sino que sea expresi—n del amor y de la misi—n de CristoÈ (Pablo VI, L. C.) .  

Art. 95. - En la misma alocuci—n marca a los Institutos Seculares y Amor y Cruz en los dos suyos hace programa de sus palabras: ÒPara la actualizaci—n de la Iglesia hoy no basta con claras l’neas directivas o frecuentes documentos: Se requieren personalidades y comunidades conscientes de encarnar y de transmitir el esp’ritu querido por el Concilio. A vosotros se os ha confiado esta estupenda misi—n: ser modelo de incansable impulso en la nueva relaci—n que la Iglesia trata de encarnar ante el mundo y al servicio del mundoÓ.  

Los Institutos Seculares de Amor y Cruz como comunidades eclesiales quieren con todas sus fuerzas y posibilidades constituirse en este modelo incansable que pide el Papa para que la Iglesia brille, y aparezca con rostro atractivo y pueda conseguir la integraci—n de todos los hombres en la unidad, en la libertad y en el amor.  

Art. 96 - Y entre los cristianos, los Institutos Seculares de Amor y Cruz aspiran a que no exista quienes no cumplan sus deberes de hijos de Dios, hermanos de Cristo, miembros de la Iglesia. Dice Pablo VI: ÒLa mediocridad, la infidelidad, la inconstancia, la falta de coherencia, la hipocres’a, deber’an desaparecer del tipo del creyente moderno. Una generaci—n llena de santidad deber’a caracterizar nuestro tiempo. No s—lo iremos en busca del santo singular y excepcional, sino que deberemos crear y promover una santidad del pueblo, como precisamente desde los primeros tiempos del cristianismo quer’a San Pedro, cuando escrib’a estas cŽlebres palabras: ÒVosotros sois un linaje escogido, un sacerdocio real, una naci—n santa, un pueblo redimido...; vosotros, que en un tiempo no erais un pueblo pero que ahora sois pueblo de DiosÓ (1 Pe 2, 9-10). (Discurso de Pablo VI comentando a los fieles en Audiencia General el 3-7-1968 el Credo del Pueblo de Dios).  

Art. 97. - Amor y Cruz en su doble Instituto Secular, quiere ayudar al Vicario de Cristo y a los Sagrados Pastores, puestos por ei Esp’ritu para regir el Pueblo Santo de Dios, en cuanto estŽ en sus posibilidades, a promover tan bello programa formulado por Pablo VI difundiendo esa santidad con su vida de entrega sin regateos.

 

IV PARTE

 

CAPITULO 1.—PRINCIPALES ACTIVIDADES

 

Art. 98.—Aunque ha de predominar en el movimiento de Amor y Cruz la vida contemplativa, cultivar‡n tambiŽn la vida activa con diligencia, cada rama de acuerdo con su estado.  

Art. 99. - Las Teresianas tendr‡n las siguientes actividades: Estudio, profesorado, residencias, talleres, divulgaci—n de libros y revistas, catequesis, apostolado femenino de Acci—n Cat—lica, atenci—n a Parroquias, casas de ejercicios, trabajo profesional, adoraci—n eucaristica permanente diurna y una noche semanal.  

Art. 100. - Los Sanjuanistas ser‡n sacerdotes o laicos. Los Sacerdotes atender‡n a la vida litœrgica y a la formaci—n espiritual de las comunidades; vivir‡n siempre en comunidad. Los laicos ejercer‡n sus respectivas profesiones viviendo tambiŽn en comunidad.  

Como actividades personales se indican las siguientes: estudio, profesorado, ejercicios, divulgaci—n de ense–anzas evangŽlicas, catequesis, adoraci—n eucar’stica permanente diurna y una noche semanal, Liturgia de las Horas, trabajo profesional, divulgaci—n de libros y revistas, apostolado de Acci—n Cat—lica.  

Art. 101. -Los Amorcruc’stas, o miembros del Instituto Secular pueden ser: Sacerdotes, seminaristas o laicos. Los laicos, a su vez, pueden estar unidos en matrimonio o vivir en celibato. Hay que tender a que los casados sean los dos esposos miembros de la Obra. Pero se acepta que lo sea uno solo.  

Art. 102. - Los Amorcrucistas tendr‡n estas actividades: profesionales, ayuda a todas las de las Teresianas y Sanjuanistas, estudio, doctrina social de la Iglesia, catequesis, ayuda econ—mica de los dos institutos Religiosos, selecci—n y preparaci—n de vocaciones, preparaci—n de la acci—n de Teresianas y Sanjuanistas.

 

                          CAPITULO II

 

 MEDIOS  

 

A)  ESPIRITUALES - SOBRENATURALES

 

Art. 103. - Los medios por los que quieren alcanzar la santidad son los que Cristo nos ense–a en el Evangelio y se desprenden de la propia esencia de la vida sobrenatural y la Iglesia tiene determinados: la Liturgia, la lectura divina, la oraci—n, los Sacramentos, la vida de abnegaci—n y penitencia y las buenas obras en general.  

 

TERESIANAS Y SANJUANISTAS

 

a) La Liturgia: participaci—n diaria en la Eucarist’a y Bendici—n Eucar’stica Adoraci—n permanente de la Eucarist’a. Cantos espirituales, Liturgia de las Horas. Salmodien lenta, atenta y fervorosamente en la presencia de Cristo que ora en ellos al Padre.  

b) Sacramentos. Comuni—n Eucar’stica diaria, confesi—n frecuente preparada.  

c) Lectura b’blica y espiritual: como base de su oraci—n personal leer‡n todos los d’as, discrecionalmente, la Sagrada Escritura y otros libros de piedad, escogiendo siempre solidez, seguridad y altura.  

d) Oraci—n: tienen diaria dos horas de oraci—n mental una por la ma–ana y otra por la tarde.  

e) Oraci—n vocal. Oraciones de la ma–ana y de la noche, rosario, examen del d’a, angelus y el rosario de la confianza. Tienen ejercicios espirituales cada a–o. Ofrenda de V’ctima al Amor. Renova�i—n de la Ofrenda de V’ctima en el aniversario. Votos privados de obediencia, castidad y pobreza. Retiro mensual. Via-Crucis todos los viernes del a–o.  

f) Penitencia: Los viernes del a–o la abstinencia de la Iglesia y se exhorta a que los viernes cada uno haga alguna penitencia por la îbra, unidos a la Pasi—n de Cristo.  

g) Buenas obras: todas las que un buen cristiano debe realizar incluido el trabajo al que hay que darle toda la dimensi—n de colaboraci—n con Dios Creador, Redentor y Santificador.  

 

A)   ESPIRITUALES - SOBRENATURALES  

Art. 104. - AMORCRUCISTAS.  

a) La Liturgia: participaci—n en la Eucarist’a cuando puedan y Bendici—n Eucar’stica.  

b) Lectura b’blica y espiritual: como base de su oraci—n personal leer‡n todos los d’as, discrecionalmente, la Sagrada Escritura y otros libros de piedad, escogiendo siempre solidez, seguridad y altura.  

c) Oraci—n vocal: oraciones de la ma–ana y de la noche rosario y examen.  

d) Oraci—n: Media hora diaria o seguida o dividida en dos cuartos de hora.  

Ž) Visita diaria al Se–or Sacramentado.

f)  Sacramentos: Comuni—n Eucar’stica cuando puedan y confesi—n frecuente.  

g) Penitencias: las de la Iglesia.  

h) Buenas obras: las de Misericordia en su posibilidad. Y el trabajo al que hay que darle todo el sentido de colaboraci—n con Dios Creador, Redentor y Santificador.  

Art. 105Y—LA DEVOCION AL SAGRADO CORAZON Y AL DE MARIA. Amor y Cruz profesar‡ una devoci—n al Sagrado Coraz—n de Cristo y al de Mar’a, no basada en el sentimiento, sino en un acto de voluntad por el cual a Ellos se consagre, a Ellos quiere agradar y sus tristezas participar y reparar. La jaculatoria ÇCoraz—n de Jesœs en Vos conf’oÓ, "Coraz—n de Mar’a, sed nuestra salvaci—n" ser‡ un buen modo de mantener el esp’ritu de oraci—n durante el d’a.

Asimismo cada d’a har‡n el Rosario de la confianza por la Obra, a continuaci—n del descanso de la tarde.  

 

B) ESPIRITUALES - NATURALES  

Para su formaci—n.  

Art. 106. - Teresianas, Sanjuanistas, Amorcrucistas. Estudio, cursillos, conferencias, convivencias los Amorcrucistas en las Casas de los Institutos Religiosos.  

Estudio profundo de San Juan de la Cruz, Santa Teresa y Santa Teresita y de la Escritura. Adem‡s dispondr‡n de audici—n de discos, biblioteca y abundante selecci—n de libros.  

            C) APOSTOLIC0S  

Art. 107. Creaci—n de casas de ejercicios, de residencias, de escuelas de catecismo, de talleres, de bibliotecas, audici—n de discos.  

            D) MATERIALES  

Art. 108. Adm’nistraci—n econ—mica de la Obra.  

a) Trabajo de los miembros.  

b) Limosnas: Legados.  

c) Colaboraci—n del Instituto Secular. La vida econ—mica del Instituto Amor y Cruz est‡ condicionada al desprendimiento de sus miembros en favor de su Obra, que es la primera que debe ser considerada como beneficiaria de su vida de pobreza.  

d) Mandas p’as. Fundaciones de Adoraci—n perpŽtua.  

 

CAPITULO III

 

PATROCINIO  

 

Art. 109. - La Obra de Amor y Cruz, en sus Ramas de Teresianas, Sanjuanistas y Amorcrucistas se pone humilde y confiadamente bajo el Patrocinio de la Sant’sima Virgen Madre de la Iglesia, San Juan de la Cruz Santa Teresa de Jesœs y Santa Teresa del Ni–o Jesœs.  

 

CAPITULO IV  

 

ADMISION DE MIEMBROS  

 

Art. 110. - Podr‡n pertenecer a la Obra de Teresianas o de Sanjuanistas de Amor y Cruz y de Amorcrucistas aquellas personas que sientan los ideales de Amor y Cruz, estŽn capacitadas y dispuestas a cumplirlos y sean admitidas por el Director General y su Consejo.  

La admisi—n ser‡ temporal en per’odos anuales durante un trienio, de esta forma: Pasado un per’odo prudencial de prueba, el admitido pronunciar‡ la f—rmula de ingreso, har‡ la ofrenda de V’ctima al Amor si la acepta y Votos de Obediencia, Pobreza y Castidad durante un a–o, renovable hasta completar el trienio.  

Terminado el tiempo, si lo estima procedente el Director General y su Consejo, se otorgar‡ la admisi—n definitiva y la persona admitida, formalizar‡ y emitir‡ votos privados de Obediencia, Pobreza y Castidad, de los que podr‡ dispensar el Director General en cada caso.  

Las Teresianas y Sanjuanistas de Amor y Cruz visten como las personas de su condici—n, dentro de las reglas de la modestia y sencillez cristiana.           

    PARA MAYOR GLORIA DE DIOS Y DE SU MADRE MARIA, MADRE DE LA IGLESIA