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LA MEDALLA MILAGROSA
MARIA, LA ENVIADA.
En la última cena, expresó Jesús con vehemencia su deseo de que todos
los hombres seamos uno, ya que para esto El se ha hecho hombre y ha vivido
con nosotros. “Que todos sean uno como tu, Padre y yo somos uno” (Jn
17,20). Ante esta unidad Sofonías convoca a la
alegría a la hija de Sión, a la hija de Jerusalén, a la que le asegura que:
“Tu Dios está en medio de ti” (3,14). Y Lucas pone en boca del ángel las
mismas palabras de alegría dirigidas a María, porque Dios se va encarnar en
sus entrañas (Lc 1,22). Para conseguir la unidad de todos los hombres con
Dios, Jesús envía a su Madre para que nos entregue su propio signo de
unidad y de salvación, protección, recuerdo y amparo: LA MEDALLA MILAGROSA.
Y de un manera semejante a como eligió a María como Madre de su Hijo, para
que nos diera por obra del Espíritu Santo al Redentor, escogió a Catalina Labouré, Religiosa Hija de la Caridad en París, para
corregir el abandono del recurso a Dios para alabarlo, adorarle, darle
gracias, reparar y pedir su ayuda comunicándole la necesidad de la oración,
del diálogo con Dios y del abandono en sus manos, ordenándole hacer acuñar
una medalla con su imagen. El 1830 es un año clave: En París la primera
aparición moderna de la Virgen Santísima. Comienza lo que Pío XII
llamó la "era de María", una etapa de repetidas visitas de la Madre de Dios, La Salette, Lourdes,
Fátima. Y como en su visita a Santa Isabel, siempre viene para traernos
gracia, para acercarnos a Jesús, el fruto bendito de su vientre. También
para recordarnos el camino de salvación y advertirnos las consecuencias de
optar por otros caminos.

CATALINA
LABOURÉ
Catalina nació el 2 de mayo de 1806, en Fain-les-Moutiers, Borgoña (Francia). A los nueve años perdió a
su madre, una señora de la pequeña nobleza de Fain-les-Moutiers. Catalina ahogada en lágrimas, se abrazó a una
imagen de la Virgen
y le dijo, como lo hizo Teresa de Jesús en igual situación: "Ahora,
Tú, serás mi madre". María correspondió a tanto afecto, y se
convirtió, de modo especial, en madre de Catalina
LA INTRIGA DE UN SUEÑO
Soñó Catalina que un sacerdote desconocido la miraba profundamente, cuando terminaba de
celebrar la misa en la iglesia de Fain-les-Moutiers. Catalina quedó muy impresionada. El sacerdote
le dijo que se acercara. Ella, aunque se sentía fascinada por aquella
mirada, retrocedió. Fue a visitar a una enferma, y volvió para encontrar a
aquel sacerdote, que le dijo: "Hija mía, tú ahora huyes de mí, pero un
día serás feliz en venir a mí. Dios tiene designios sobre ti. No lo
olvides". Catalina no entendió. A los dieciocho años, vio en la sala de visita de las Hijas de la Caridad en Chatillon-sur-Seine, el retrato de aquel sacerdote, de
cuya mirada nunca se había podido olvidar y supo que era San Vicente de
Paúl, fundador de las Hijas de la Caridad. A los 23 años, después de una larga
lucha con su padre que no aceptaba su vocación, entró como postulante, en
la casa de las Hijas de la
Caridad de Chatillon-sur-Seine,
donde había descubierto quién era aquel sacerdote que había visto en el
sueño. Poco después entró en el noviciado de las Hijas de la Caridad, en la Rue
du Bac, en París, a
donde había sido trasladado el cuerpo incorrupto de San Vicente de Paúl,
desde la catedral de Nôtre-Dame.
EL CORAZÓN DE SAN VICENTE
Los restos de San Vicente de Paul, fueron
trasladados a la iglesia de los Padres Paules a poca distancia del
noviciado. El brazo derecho fue llevado a la capilla del noviciado. Durante
la novena, Catalina vio el corazón de San Vicente en varios colores. De color blanco, signo de la unión que
debía existir entres las congregaciones fundadas por él. De color rojo,
signo de la propagación de las mismas. De color rojo oscuro, signo de la
tristeza por el sufrimiento que ella padecería, mientras oía interiormente
una voz: "el corazón de San Vicente está profundamente afligido por
los males que van a venir sobre Francia". " El
corazón de San Vicente está mas consolado porque ha obtenido de Dios, por
la intercesión de la
Virgen María, que ninguna de las dos congregaciones
perezca en medio de estas desgracias, y que Dios hará uso de ellas para
reanimar la fe ".
VISIONES DEL
SEÑOR EN LA EUCARISTÍA
Durante los 9 meses de su noviciado en la Rue
du Bac, sor Catalina
veía al Señor en el Santísimo Sacramento. El domingo de la Santísima Trinidad,
6 de junio de 1830, vio al Señor como un Rey, con una cruz en el pecho. De
pronto, los ornamentos reales de Jesús la cruz cayeron por tierra, como unos despojos inútiles. "Inmediatamente - escribe
sor Catalina - tuve las ideas más negras y terribles: que el Rey de Francia
estaba perdido y sería despojado de sus vestiduras reales. Sí, se acercaban
malos tiempos ". Dios quiere confiarte una
misión; te costará trabajo, pero lo vencerás pensando que lo haces para la
gloria de Dios. Tu conocerás cuán bueno es Dios.
Tendrás que sufrir hasta que lo digas a tu director. No te faltarán
contradicciones; pero te asistirá la gracia; no temas. Háblale a tu
director con confianza y sencillez; ten fe, no temas. Recibirás
inspiraciones en la oración

CATALINA SUEÑA
CON VER A LA VIRGEN
El domingo 18 de Julio 1930, víspera de la fiesta de San Vicente de
Paúl, la maestra de novicias les había hablado sobre la devoción a los
santos, y en particular a María Santísima. Sus palabras, impregnadas de fe
y de una ardiente piedad, avivaron en el corazón de Sor Catalina Labouré el deseo de ver y de contemplar el rostro de la Virgen. Como era
víspera de San Vicente, les habían distribuido a
cada una un pedacito de lienzo de un roquete del santo. Catalina se lo
tragó y se durmió pensando que San Vicente, y su ángel de la guarda, le
obtendrían esa misma noche la gracia de ver a la Virgen como deseaba.
Precisamente, los anteriores favores recibidos en las diversas apariciones
de San Vicente a Sor Catalina alimentaban en su corazón una confianza sin limites hacia su bienaventurado padre, y su candor y
viva esperanza no la engañaron. "La esperanza tanto alcanza consigue
cuanto espera", sentencia San Juan de la Cruz.
LA DESPIERTA UN ANGEL
Todo era silencio en la sala donde dormía Sor Catalina y cerca de
las 11:30 oyó que por tres veces la llamaban por su nombre. Se despertó y
apartando un poco las cortinas de su cama miró y vio a un niño vestido de
blanco, que parecía tener como cuatro o cinco años, y el cual le dijo:
"Levántate pronto y ven a la capilla; la Santísima Virgen
te espera". Sor Catalina vacila; teme ser vista por las otras
novicias; pero el niño responde a su preocupación interior y le dice:
"No temas; son las 11;30; todas duermen
profundamente. Ven yo te espero". Se viste con presteza y se pone a
disposición de su misterioso guía, "que permanecía en pie sin
separarse de la columna de su lecho."

CONDUCIDA POR
EL NIÑO
Vestida Sor Catalina, el niño comienza a andar, y ella lo sigue
caminando a "su lado izquierdo". Por donde pasaban se encendían
las luces. El cuerpo del niño irradiaba vivos resplandores y a su paso todo
quedaba iluminado. La puerta de la capilla está cerrada; pero el niño toca
la puerta con sus dedos y se abrió la puerta. Dice Catalina: "Mi
sorpresa fue mayor cuando, al entrar a la capilla, vi
encendidas todas las velas, lo que me recordaba la Misa de media
noche". El niño la llevó al presbiterio, junto al sillón del Padre
Director, desde donde predicaba y allí se arrodilló. El niño permaneció de pie. La espera le
pareció muy larga, ya que estaba ansiosa por ver a la Virgen.
MIRA A LA VIRGEN
Miraba con inquietud hacia la tribuna derecha, por si las hermanas
la veían. Por fin el niño le dijo: "Mira a la Virgen, mírala
aquí" Sor Catalina oyó como un rumor, como el roce de un traje de
seda, que partía del lado de la tribuna, junto al cuadro de San José. Vio
que una señora de extremada belleza, atravesaba majestuosamente el
presbiterio, "fue a sentarse en un sillón sobre las gradas del altar
mayor, al lado del Evangelio". Sor Catalina en el fondo de su corazón
dudaba si verdaderamente estaba en presencia de la Reina de los Cielos,
pero el niño le dijo: "Mira a la Virgen". Le era imposible describir lo
que experimentaba en aquel instante, lo que pasó en su interior, y le
parecía que no veía a la
Virgen. El niño le habló, no como niño, sino como el
hombre más enérgico y palabras muy fuertes: -"¿Es que no puede la Reina de los Cielos
aparecerse a una criatura mortal en la forma que mas le agrade?" "Entonces, mirando a la Virgen, me puse en un
instante a su lado, me arrodillé con las manos apoyadas en las rodillas de la Virgen. "Allí
pasé los momentos más dulces de mi vida; me sería imposible decir lo que
sentí". Ella me dijo cómo debía portarme con mi director, la manera de
comportarme en las penas y acudir al pie del altar y desahogar allí mi
corazón, pues allí recibiría todos los consuelos de que tuviera necesidad.
Entonces le pregunté que significaban las cosa que yo había visto, y ella
me lo explicó todo Su confesor, el padre Juan María Aladel,
no creyó sus visiones y le dijo que las olvidara. La Virgen le dijo cómo
había de comportarse en las penas, paciencia, mansedumbre, gozo - Acudir
siempre a arrojarse al pie del altar y desahogar su corazón, pues allí
recibiría todos los consuelos de que tuviese necesidad.
LA VIRGEN CON UN TRAJE
BLANCO AURORA
"El día 27 de Noviembre de 1830, vi
a la Santísima
Virgen. Era de estatura mediana, estaba de pie, vestida
con un traje de seda blanco aurora, con mangas lisas y un velo blanco que
le cubría la cabeza y descendía de cada lado hasta abajo. Bajo el velo, vi sus cabellos lisos, separados en el medio. El rostro
bastante cubierto, los pies apoyados sobre media esfera, y en las manos
tenía una esfera de oro, que representaba el Globo. Tenía las manos a la
altura de la cintura, de una manera muy natural, y los ojos elevados al
Cielo. Su rostro era magníficamente bello. Yo no sabría describirlo. Y poco
después, vi en sus dedos, anillos con piedras,
unas más bellas que las otras, unas mayores y otras menores, que despedían
rayos, a cual más bello. Partían de las piedras mayores los más bellos
rayos, siempre ensanchándose hacia los extremos, llenando toda la parte de
abajo.
LA ESFERA
La Santísima Virgen bajó los ojos, y me miró fijamente. Oí una voz que me dijo:
-"La esfera que ves representa el mundo entero, y cada persona en
particular. - "Aquí yo no sé expresar lo que sentí y lo que vi, la belleza y el fulgor, los rayos tan bellos...
"- "Esos rayos son el símbolo de las gracias que derramo sobre
las personas que me las piden". Me hacía así comprender cuán agradable
es rezar a la
Santísima Virgen y cuán generosa es con las personas que
le rezan; cuántas gracias concede a las personas que le ruegan; qué alegría
siente concediéndolas. "En ese momento, se formó un cuadro en torno de
la Santísima
Virgen, un poco ovalado, y en la parte superior leí estas
palabras escritas en letras de oro: "Oh María sin pecado concebida,
rogad por nosotros que recurrimos a Vos". Una voz me dijo: "Haz
acuñar una medalla según este modelo". Todas las personas que la
lleven con confianza recibirán grandes gracias. En ese instante, el cuadro
me pareció volverse, y vi el reverso de la
medalla. Preocupada por saber lo que había que poner del lado reverso de la
medalla, tras muchas oraciones, un día, en la meditación, me pareció oír
una voz, que me decía: "La
M y los dos Corazones dicen lo suficiente".
PROFECIAS.
Los tiempos son muy calamitosos. Lloverán desgracias sobre Francia.
El trono será derribado. El mundo entero se verá afligido por calamidades
de todas clases (al decir esto la
Virgen estaba muy triste). Ven a los pies de este altar,
donde se prodigarán gracias a todos los que las pidan con fervor; a todos,
grandes y pequeños, ricos y pobres. Deseo derramar gracias sobre tu
comunidad; lo deseo ardientemente. Me causa dolor que haya grandes abusos
en la observancia, que no se cumplan las reglas, que haya tanta relajación
en ambas comunidades a pesar de que hay almas grandes en ellas. Díselo al
que está encargado de ti, aunque no sea el superior. Pronto será puesto al
frente de la comunidad. El deberá hacer cuanto pueda para restablecer el
vigor de la regla. Cuando esto suceda otra comunidad se unirá a las de
vosotras. Vendrá un momento en que el peligro será grande; se creerá todo
perdido; entonces yo estaré contigo, ten confianza. Reconocerás mi visita y
la protección de Dios y de San Vicente sobre las dos comunidades..Mas no será lo mismo en otras comunidades, en ellas
habrá víctimas..Lágrimas en los ojos. El clero de
París tendrá muchas víctimas..Morirá el Arzobispo.
Hija mía, será despreciada la cruz, y el Corazón de mi Hijo será otra vez
traspasado; correrá la sangra por las calles (la Virgen no podía hablar
por el dolor, las palabras se anudaban en su garganta; su semblante era
pálido). El mundo entero se entristecerá . Ella
piensa: ¿cuando ocurrirá esto? y una voz interior asegura: cuarenta años y
diez y después la paz. La
Virgen, después de estar con ella unas dos horas,
desaparece de la vista de Sor Catalina como una sombra que se desvanece. En
esta aparición la Virgen
le habla de una misión que Dios le quiere confiar. La prepara con sabios
consejos para que hable con sumisión y confianza a su director. Le anuncia
futuros sucesos para afianzar la fe de los que pudieran dudar de la
aparición. Le Regala una relación familiar de madre-hija: la ve, se acerca
a ella, hablan con familiaridad y sencillez, la toca y la Virgen no solo
consiente, sino que se sienta para que Catalina pueda aproximarse hasta el
extremo de apoyar sus brazos y manos en sus rodillas.Todas
las profecías se cumplieron: La misión de Dios le fue indicada con la
revelación de la medalla milagrosa. Una semana después de esta aparición
estalla la revolución. Los revoltosos ocupaban las calles de París,
saqueos, asesinatos, y finalmente era destronado Carlos X, sustituido por
el "rey ciudadano" Luis Felipe I, gran maestre de la masonería.
El P. Aladel, su director es nombrado en 1846
Director de las Hijas de la
Caridad, establece la observancia de la regla y hacia la
década del 60 otra comunidad femenina se une a las Hijas de la Caridad. En 1870, a los 40 años,
llegó el momento del gran peligro, con los horrores de la Comuna y el
fusilamiento del Arzobispo Mons. Darboy y otros
muchos sacerdotes. solo queda por cumplir la
ultima parte.
SIMBOLOGÍA DEL
ANVERSO DE LA MEDALLA.
En él se lee la invocación: “¡Oh Maria, sin pecado concebida!»,
como la exposición de su Inmaculada Concepción. “Rogad por nosotros que
recurrimos a Vos”. Nos indica: que recurramos a Ella en todas nuestras
necesidades, porque Ella es el refugio de los pecadores y el consuelo de
los afligidos. Los rayos, simbolizan a Maria Mediadora de todas las
gracias, como lo confirma la misma Virgen a Catalina: «Estos rayos son
símbolos de las gracias que derramo sobre los que me las piden». Dice San
Bernardo, que «Dios ha puesto en María la plenitud de todo bien para que
todas las gracias de esperanza y salvación vengan por Ella». Dios y Cristo
se sirven de Maria y quieren que pasen por Ella, como el cuello del Cuerpo Místico,
todas las gracias que nos confieren. Su acción por su medio, se impregna de
ternura sin perder su fuerza divina. Nos comunica a través de nuestra Madre
la vida divina.
SIGNIFICADO DE
LA ESFERA
Es el globo terrestre y simboliza la universalidad del reinado de
María, que se extiende en todo el ámbito del reino de Cristo, reino de
amor, de bondad y de bendición, y tierno y delicado como el de una madre,
que no tiene límites ni en el tiempo ni en el espacio. María es Reina del
cielo porque tiene poder y autoridad sobre los ángeles y los santos. Es
Reina del purgatorio porque consuela, socorre y libera a las almas que
esperan su purificación. Es Reina de la tierra porque impide, deshace y
destruye las maquinaciones de los demonios. La esfera inferior representa
el mundo y cada persona. La serpiente es el símbolo más exacto del triunfo
de la Madre
de Dios sobre el demonio. La antigüedad pagana representaba al vencido bajo
los pies del vencedor y el Antiguo Testamento hace pasar a los vencedores
sobre las cabezas de los vencidos. Todo ello nos recuerda las palabras del
protoevangelio: «Pongo perpetua enemistad entre ti y la mujer. Y entre tu
linaje y el suyo; éste te aplastará la cabeza» (Gén 3,15). Desde muy
antiguo se ha interpretado en este sentido este texto de María y el Beato
Pío IX lo aplica a María en el misterio de su Inmaculada Concepción.
SIMBOLISMO DEL
REVERSO DE LA MEDALLA.
El monograma de María y la cruz, indican la corredención
de María. La cruz es símbolo de la redención. La cruz sostenida por una
barrita que atraviesa la letra M indica que María estaba junto a la Cruz (Jn. 19,25). Por
esta comunidad de sentimientos y sufrimientos María conmereció
con justicia proporcional la reparación de todo el género humano caído. Y
de esta manera ha sido constituida la dispensadora de todos los tesoros
adquiridos por su Hijo Jesús. A Ella hemos de recurrir en las tentaciones,
en las caídas, y en cualquier contratiempo y adversidad. Los corazones son
el símbolo del amor que Jesús y María tienen a los hombres. El de Jesús,
coronado de espinas, indica que está herido por los pecados. El de María,
traspasado por una espada, nos recuerda la profecía del anciano Simeón:
«Una espada atravesará tu alma» (Lc 2,34). Hemos de sintetizar el amor que
debemos a Dios, en el amor a los Sagrados Corazones de Jesús y María. El
Corazón de Jesús posee todos los dones y tesoros de la gracia. A María hay
que conocerla en su corazón; cuanto mas estudiemos su amor más conoceremos
a María y la reclamaremos. Las estrellas de la Medalla nos recuerdan
a la mujer del Apocalipsis, a quien san Juan vio envuelta en el sol y
coronada de doce estrellas (Ap 12,1), que son el símbolo de todas las
gracias y privilegios que Dios concede a Maria y la protección que le ha
dispensado continuamente. La devoción a la Virgen bajo la
advocación de Milagrosa, es eminentemente eficaz y la medalla es escudo
fortísimo contra todas las asechanzas de los enemigos y seguridad en los
peligros de los que la llevan con fe, confianza y coherencia. La Medalla Milagrosa
nos hace presente la mirada de la
Madre de Dios, mirada "cuán santa, cuán serena, cuán
benigna, cuán amena". La mirada celestial y virginal, purísima,
sacratísima, regia, maternal, que nos observa en todos los momentos de
nuestra vida.
La Virgen María
aparece sosteniendo un globo de oro, rematado por una pequeña cruz. De los
mismos anillos, adornados con piedras preciosas irradiaba, con intensidades
diversas, la misma luz: "Es imposible expresar lo que sentí - dice
Catalina - y todo cuanto comprendí en el momento en que la Virgen ofrecía el Globo
a Nuestro Señor". Y la voz en el fondo de mi corazón: "Estos
rayos son el símbolo de las gracias que la Santísima Virgen
obtiene para las personas que se las piden". El Padre Aladel, confesor de Santa Catalina, a quien ella le
confiaba todo, se mostraba frío e incrédulo, considerándola soñadora,
visionaria y alucinada. Transcurrieron dos años de tormento: "Nuestra
Señora quiere... Nuestra Señora está descontenta... es necesario acuñar la
medalla", le insiste la
Santa.
APROBACIÓN DEL
ARZOBISPO DE PARÍS
Ante la insistencia de Catalina, su director espiritual obtuvo del
Arzobispo de París, Mons. de Quélen, el permiso
de hacer grabar la
Medalla. Era el año 1832. El arzobispo pidió que le
enviaran las primeras medallas para utilizarlas en la conversión del
arzobispo de Malinas, uno de los obispos constitucionales. La popularidad
de la Medalla
se incrementó con la ruidosa conversión del judío Alfonso de Ratisbona, ocurrida en Roma en 1842. A partir de
entonces, la «Medalla Milagrosa» adquirió la propagación de las grandes
devociones marianas. La
Iglesia aprobó esta devoción con el decreto de
institución de la fiesta de la Medalla Milagrosa, el 27 de noviembre, sancionado
por el Papa León XIII.
CONVERSION DE
RATISBONNE
Un joven banquero, judío de raza y religión, se convirtió
súbitamente en la Iglesia
de San Andrea delle Fratte.
La Santísima
Virgen se le apareció con las mismas características de la Medalla Milagrosa:
"Ella no dijo nada, pero yo lo comprendí todo", declaró Alfonso
Tobías Ratisbonne, que poco después rompió su
noviazgo y se hizo jesuita, con el nombre de Padre Alfonso María Ratisbonne. Cuatro días antes, a instancias de su amigo
el Barón de Bussíres, había prometido rezar todos
los días el "Acordaos" de San Bernardo, y había aceptado llevar
al cuello la
Medalla Milagrosa. Cuando la Santísima Virgen
se le apareció, tenía la medalla puesta. Alfonso Ratisbone
era abogado y banquero, y tenía 27 años. Odiaba a los católicos porque su
hermano Teodoro se había convertido, y ordenado sacerdote, tenía como
insignia la medalla milagrosa y luchaba por la conversión de los judíos.
Alfonso pensaba casarse con una hija de su hermano mayor, Flora, diez años
menor que él, cuando en enero de 1842, haciendo un viaje de turismo a
Nápoles y Malta, por una equivocación de trenes llegó a Roma, donde visitó
a un amigo de la familia, el barón Teodoro de Bussiere,
protestante convertido al catolicismo. El barón le recibió con toda
cordialidad y se ofreció a enseñarle Roma. En una reunión donde Ratisbone hablaba horrores de los católicos, este barón
lo escuchó con mucha paciencia y al final le dijo: "Ya que usted está
tan seguro de si, prométame llevar consigo esta medalla. Alfonso la rechazó
indignado y el barón replicó: "Según sus ideas, el aceptarla le debía
dejar a usted indiferente. En cambio a mi me causaría satisfacción."
Se echó a reír y se la puso comentando que él no era terco y que era un
episodio divertido. El barón se la puso al cuello y le hizo rezar el
Acordaos.
ORACION POR
RATISBONE
El barón pidió oraciones a varias personas entre ellas al conde La Ferronays
quien le dijo: "si le ha puesto la medalla milagrosa y le ha hecho
rezar el Acordaos, seguro que se convierte." El conde murió de repente
dos días después. Fue a la basílica de Sta. María
la Mayor a
rezar cien Acordaos por la conversión de Ratisbone.
Por la Plaza España
se encuentra el barón con Ratisbone en su último
día en Roma y le invita a pasear. Pero antes tenía que pasar por la Iglesia de San Andrés
a arreglar lo del funeral del conde. Ratisbone le
acompaña a la Iglesia.
He aquí su testimonio de lo que entonces sucedió: "a
los pocos momentos de encontrarme en la Iglesia, me sentí dominado por una turbación
inexplicable. Levanté los ojos y me pareció que todo el edificio
desaparecía de mi vista. En una de las capillas se había concentrado toda
la luz, y en medio de aquel esplendor apareció sobre el altar, radiante y
llena de majestad y de dulzura, la Virgen Santísima
tal y como está grabada en la medalla. Una fuerza irresistible me impulsó
hacia la capilla. Entonces la
Virgen me hizo una señal con la mano como indicándome que
me arrodillara... La Virgen
no me habló pero lo he comprendido todo." El barón lo encuentra de rodillas,
llorando y rezando con las manos juntas, besando la medalla. Poco tiempo
mas tarde es bautizado en la
Iglesia del Gesu en Roma. Por
orden del Papa, se inicia un proceso canónico ssosbre
el hecho, y fue declarado "verdadero milagro". Alfonso Ratisbone entró en la Compañía de Jesús.
Ordenado sacerdote, fue destinado a París donde ayudó a su hermano Teodoro
en las catequesis para los judíos. Después de haber sido 10 años Jesuita,
salió de la
Congregación con permiso y fundó en 1848, las religiosas
y las misiones de Ntra. Sra. de Sión. En los diez primeros años Ratisbone consiguió la conversión de 200 judíos y 32
protestantes. Trabajó lo indecible en Tierra Santa, logrando comprar el
antiguo pretorio de Pilato, que convirtió en convento e Iglesia de las
religiosas. También consiguió que estas religiosas fundasen un hospicio en Ain-Karim, donde murió
santamente en 1884 a
los 70 años. Esta conversión conmovió a toda la aristocracia europea y tuvo
repercusión mundial, haciendo aún más conocida, buscada y venerada la Medalla Milagrosa.
CATALINA LABOURÉ, IGNORADA
Nadie, ni la
Superiora de la
Rue du
Bac, ni el Papa, sabían quién era la religiosa
escogida por Nuestra Señora. Sólo el Padre Aladel
la conocía. Santa Catalina, por humildad, mantuvo durante toda su vida una
absoluta discreción y jamás dejó traslucir el celeste privilegio. Sólo le
importaba la difusión de la medalla: esa era su misión. Cuando recibió las
primeras Medallas, dijo: "Ahora, es necesario propagarla."
SIMBOLOGÍA DEL
ANVERSO DE LA MEDALLA.
En él se lee la invocación: “¡Oh Maria, sin pecado concebida!»,
como la exposición de su Inmaculada Concepción. “Rogad por nosotros que
recurrimos a Vos”. Nos indica: Que recurramos a Ella en todas nuestras
necesidades, porque Ella es el refugio de los pecadores y el consuelo de
los afligidos. Los rayos, simbolizan a Maria Mediadora de todas las
gracias, como lo confirma la misma Virgen a Catalina: «Estos rayos son
símbolos de las gracias que derramo sobre los que me las piden». Dice San
Bernardo, que «Dios ha puesto en María la plenitud de todo bien para que
todas las gracias de esperanza y salvación vengan por Ella». Dios y Cristo
se sirven de Maria y quieren que pasen por Ella, como el cuello del Cuerpo
Místico, todas las gracias que nos confieren. Su acción por su medio, se
impregna de ternura sin perder su fuerza divina. Nos comunica a través de
nuestra Madre la vida divina.
SIGNIFICADO DE
LA ESFERA
Es el globo terrestre y simboliza la universalidad del reinado de
María, que se extiende en todo el ámbito del reino de Cristo, reino de
verdad y de vida, de santidad y de gracia, de justicia, de amor y de paz, y
tierno y delicado como el de una madre, que no tiene límites ni en el
tiempo ni en el espacio. María es Reina del cielo porque tiene poder y
autoridad sobre los ángeles y los santos. Es Reina del purgatorio porque
consuela, socorre y libera a las almas que esperan su purificación. Es
Reina de la tierra porque impide, deshace y destruye las maquinaciones de
los demonios. La esfera inferior representa el mundo y cada persona. La
serpiente es el símbolo más exacto del triunfo de la Madre de Dios sobre el
demonio. La antigüedad pagana representaba al vencido bajo los pies del
vencedor y el Antiguo Testamento hace pasar a los vencedores sobre las cabezas
de los vencidos. Todo ello nos recuerda las palabras del protoevangelio:
«Pongo perpetua enemistad entre ti y la mujer. Y entre tu linaje y el suyo;
éste te aplastará la cabeza» (Gén 3,15). Desde muy antiguo se ha
interpretado en este sentido este texto de María y el Beato Pío IX lo
aplica a María en el misterio de su Inmaculada Concepción.
SIMBOLISMO DEL
REVERSO DE LA MEDALLA.
El monograma de María y la cruz, indican la corredención
de María. La cruz es símbolo de la redención. La cruz sostenida por una
barrita que atraviesa la letra M indica que María estaba junto a la Cruz (Jn. 19,25). Por
esta comunidad de sentimientos y sufrimientos María conmereció
con justicia proporcional la reparación de todo el género humano caído. Y
de esta manera ha sido constituida la dispensadora de todos los tesoros
adquiridos por su Hijo Jesús. A Ella hemos de recurrir en las tentaciones,
en las caídas, y en cualquier contratiempo y adversidad. Los corazones son
el símbolo del amor que Jesús y María tienen a los hombres. El de Jesús,
coronado de espinas, indica que está herido por los pecados. El de María,
traspasado por una espada, nos recuerda la profecía del anciano Simeón:
«Una espada atravesará tu alma» (Lc 2,34). Hemos de sintetizar el amor que
debemos a Dios, en el amor a los Sagrados Corazones de Jesús y María. El
Corazón de Jesús posee todos los dones y tesoros de la gracia. A María hay
que conocerla en su corazón; cuanto mas estudiemos su amor más conoceremos
a María y la reclamaremos. Las estrellas de la Medalla nos recuerdan
a la mujer del Apocalipsis, a quien san Juan vio envuelta en el sol y
coronada de doce estrellas (Ap 12,1), que son el símbolo de todas las
gracias y privilegios que Dios concede a Maria y la protección que le ha
dispensado continuamente. La devoción a la Virgen bajo la
advocación de Milagrosa, es eminentemente eficaz y la medalla es escudo
fortísimo contra todas las asechanzas de los enemigos y seguridad en los
peligros de los que la llevan con fe, confianza y coherencia. La Medalla Milagrosa
nos hace presente la mirada de la
Madre de Dios, mirada "cuán santa, cuán serena, cuán
benigna, cuán amena". La mirada celestial y virginal, purísima,
sacratísima, regia, maternal, que nos observa en todos los momentos de
nuestra vida.
EL ROSARIO
El Papa Juan Pablo II, en una de sus intuiciones geniales, tan
clarividentes desde la fe profunda de su espiritualidad, en su Carta
Apostólica "Rosarium Virginis
Mariae", declaró un Año del Rosario. Era una invitación a orar, que ya
había anticipado en la
Tertio Adveniente
Millenio, proclamando que la Iglesia insista en la
oración y que las comunidades cristianas se conviertan en escuelas de
oración. No es otra la intención de la Virgen al entregarnos LA MEDALLA MILAGROSA,
que una invitación, un mandato sugestivo de orar y de una manera
sencillísima y sin complicaciones, con una jaculatoria popular y al alcance
de todos: ¡Oh María sin pecado concebida, rogad por nosotros que recurrimos
a Vos! Añadiendo el resplandor de las gracias y dones que, como Madre, se goza
en conceder con abundancia, a quienes se las piden. "Esos rayos son el
símbolo de las gracias que derramo sobre las personas que me las
piden". Me hacía así comprender -refiere Santa Catalina Labouré - cuán agradable es rezar a la Santísima Virgen
y cuán generosa es, cuántas gracias concede a las personas que le ruegan; y
cuánta alegría siente cuando las concede. La Virgen nos invita a
orar. Siempre lo ha hecho: En Lourdes, en Fátima, siempre. Algo debe de
tener la oración cuando tanto y con tanta insistencia nos la pide, en un
mundo cada vez más secularizado y lejos de Dios, que en medio de tantas
catástrofes, y por lo tanto, más necesitado de Dios, se olvida y se
prescinde de lo que puede ser su remedio, como decía Tertuliano: "Solutio totius difficultatis, Cristus".
JESUS MARTI BALLESTER
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