2 de MAYO
SAN ATANASIO, OBISPO Y DOCTOR DE LA IGLESIA

Fue sucesor de S. Alejandro en la sede alejandrina, a quien había acompañado al Concilio de Nicea, siendo Atanasio diácono. A partir del 328, Atanasio fue obispo de Alejandría durante 45 años, de los que pasó 18 alejado de su diócesis, desterrado a causa de la ortodoxia. Casi todo el mundo se había conjurado en contra de él, pero no se arredra y defiende la fe católica desde Constantino hasta el emperador Valente.
Era oriundo de Alejandría y de inteligencia poco común.
Fue el defensor principal de la fe de Nicea durante la crisis arriana más fuerte, es decir, en la época inmediatamente posnicena. Su inconmovible firmeza en la confesión de una sola substancia en Dios (él decía “hipóstasis”), y de la consiguiente igualdad esencial entre el Padre y el Logos, no fue comprendida por muchos emperadores y por gran parte de sus hermanos en el episcopado, que tildaban esta actitud de obstinada testarudez. La mayor parte de su herencia literaria importante fue motivada por la polémica arriana.
En sus destierros a Occidente (Tréveris y Roma) llevó la noticia del monaquismo egipcio incipiente.
Condenado a muerte bajo el dominio de Constancio, hijo del emperador Constantino, huyó al desierto de Tebas, donde se refugiaban muchísimos anacoretas de las iras heresiarcas y tuvo la suerte de conocer todavía al anciano S. Antonio. Más adelante escribiría la vida del popular Santo anacoreta.
Años más tarde Arrio sufre duros tormentos, una grave enfermedad le corroe las entrañas y se deshace en pocos días, muchos ven la obra de la mano de Dios purgando los pecados cometidos por el tirano hereje.
S. Atanasio era demasiado grande para ser perseguido o protegido por el Imperio, y después de tantas luchas, tantas proscripciones, después de tantos peligros, según la ingenua expresión del martirologio romano, muere tranquilamente en su lecho. “En el carácter de Atanasio-ha dicho Bossuet-todo es grande”. Toda su vida es la revelación de una energía prodigiosa, que solo encontramos en las épocas decisivas. Indiscutiblemente, su grandeza como hombre le coloca en la primera fila de los caracteres más admirables que ha producido el género humano.
Como escritor y doctor, se le ha podido llamar el gran iluminador, y columna fundamental de la Iglesia. Dios le confió la misión de defender una causa de soberana grandeza; y él mereció ser considerado como el campeón del Verbo divino. En cuanto a la grandeza de su santidad, basta recordar el comienzo del panegírico que hizo de él S. Gregorio de Nacianzo: “Alabar a Atanasio, es alabar la misma virtud. ¿Acaso no celebra la virtud el que cuenta una vida que realizó todas las virtudes?” Esa vida estuvo toda ella inflamada por una pasión: el amor del Verbo Encarnado. Ella explica la sobrenatural energía del atleta incorruptible, sus alegrías y sus pruebas, su prestigio entre los suyos y sus invectivas contra los obstáculos del error.
Murió en Alejandría en el año 373, con el grado de doctor de la Iglesia y considerado patriarca de Alejandría.