SAN BUENAVENTURA
15 DE JULIO
DOCTOR MELIFLUO



San Buenaventura Juan de Fidanza nació en Bagnoreggi, pequeña ciudad italiana en las cercanías de Viterbo. Estando gravemente enfermo, su atribulada madre lo encomendó y consagró a San Francisco de Asís, por cuya intercesión y méritos recuperó la salud. De joven se afilió a la Orden de San Francisco, atraído, por la sencillez evangélica y la ciencia que resplandecía en la Orden franciscana. En las aulas de la universidad de París, lumbrera del saber, escuchó las lecciones de los mejores maestros de la época al tiempo que atendía a su formación espiritual en la escuela. Sus bellas cualidades de mente y corazón, perfeccionadas por la gracia, le atrajeron la simpatía y admiración de sus maestros y condiscípulos. Alejandro de Hales decía que parecía no haber pecado Adán en Buenaventura. Enseñó en París con aplauso unánime. Y, cuando apenas tenía treinta y seis años, la Orden, reunida en Roma en Capítulo, le eligió ministro general el 2 de febrero de 1257.
Durante dieciocho años viajará por Francia e Italia, llegando a Alemania por el norte, y por el sur a España; celebrará Capítulos generales y provinciales y proveerá con clarividencia a las necesidades de la Orden, para entonces extendida por todo el mundo, en cuanto a la legislación y a los estudios, y sobre todo en cuanto a la observancia de la regla, para la que señaló el justo término medio, equidistante del rigorismo intransigente y de la relajación condenable. Sus normas de gobierno son en lo substancial válidas aún hoy, después de siete siglos.
SEGUNDO FUNDADOR
Se le puede llamar el segundo fundador de la Orden de Francisco de Asís, del que escribió, a petición de los frailes, una biografía, modelo en el género por la serenidad crítica, amor filial y arte literario que la hermosean.
Predicaba con frecuencia impulsado de su celo. Papas y reyes, como San Luis, rey de Francia, universidades, corporaciones eclesiásticas y comunidades religiosas de ambos sexos eran sus auditorios. Los papas le distinguieron con su aprecio, consultándole en cuestiones graves del gobierno de la Iglesia. Gregorio X (1271-76), que por consejo del Santo había sido elevado al pontificado, le nombró cardenal, le consagró obispo él mismo y le retuvo a su lado para preparar el segundo concilio ecuménico de Lyón, en el que el Seráfico Doctor dirigió los debates y unió a los griegos disidentes a la Iglesia de Roma. Fue el remate glorioso de una vida consagrada al bien de la Iglesia y de su Orden.
El 15 de julio de 1274, entregaba a Dios su alma en medio de la consternación y tristeza del concilio, que se había dejado ganar por el irresistible encanto de su personalidad y por la santidad de su vida. El Papa mandó caso único en la historia que todos los sacerdotes del mundo dijeran una misa por su alma.
SU MAGISTERIO EN LAS AULAS Y EN LOS LIBROS
Si fue ingente la acción de San Buenaventura como hombre de gobierno, viendo los once gruesos volúmenes in folio de sus obras, hay que convenir que no fue inferior la que desarrolló en el aspecto científico. En los años de docencia en la universidad parisiense escribió comentarios a la Biblia y a las Sentencias de Pedro Lombardo. De la época de su gobierno nos quedan obras teológicas, apologías en que defiende la perfección evangélica y las Ordenes mendicantes de los ataques de sus adversarios, muchos centenares de sermones y opúsculos místicos; algunos, como el Itinerario del alma a Dios, son joyas inapreciables de la mística de todos los tiempos. En sus obras hallamos la síntesis definitiva del agustinismo medieval y la idea de Cristo, centro de la creación, y además la síntesis más completa de la mística cristiana. Todo presentado con claridad y precisión escolásticas, y en un estilo armonioso y elegante como de maestro, no sólo en las ideas, sino también en el decir. Sobre todas las otras cualidades de que están sus escritos adornados resalta una peculiar fuerza divina que el papa Sixto IV descubre en sus obras que arrastra y enfervoriza a las almas. Es la unción espiritual que rezuman todas sus páginas, pues la ciencia de San Buenaventura no es frío ejercicio de la inteligencia, sino sabiduría, sabor de la ciencia sagrada vivida y practicada. Es, pues, muy comprensible el influjo inmenso del magisterio del santo doctor en la posteridad. a En sus páginas han bebido ideas y estímulos maestros de la espiritualidad y almas sedientas de perfección.
SU ELEVACION MISTICA
En medio de actividad tan desbordante el ministro general de la Orden seráfica fue ascendiendo por las vías de la santidad hasta su cumbre más cimera. No es solamente un teólogo que puede dar razón adecuada de los fenómenos místicos gracias a los conocimientos que de la ciencia sagrada posee. Es un varón experimentado, que ha vivido, algunos de los fenómenos que analiza. Se juntan en su persona ciencia y experiencia. Pero antes de pisar las alturas de la unión mística, el Doctor Seráfico mantuvo recias luchas consigo mismo y con sus torcidas inclinaciones. Nada más aleccionador que la Carta que contiene veinticinco memoriales de perfección, breve código ascético, de valor inestimable por lo que de autobiográfico encierra. Leyéndola se columbran los esfuerzos que hizo para desligar su corazón de todo afecto desordenado de las criaturas y lograr una extremada exquisitez de conciencia y se entrevén sus progresos en el ejercicio de las virtudes. Entre sus virtudes preferidas están la humildad y la pobreza, la oración, la mortificación y la paciencia. Una ingenua leyenda nos lo muestra lavando la vajilla conventual en el momento que llegan con las insignias cardenalicias los enviados del Papa. Si el hecho no es real, simboliza exactamente la humildad del Santo en medio de los mayores éxitos y honores. En el desempeño de su cargo brillaron su prudencia, su humilde llaneza y amor de padre en atender a sus súbditos de cualquier categoría que fuesen.
DOCTRINA CRISTOCENTRICA Y MARIANA
La piedad de San Buenaventura es marcadamente cristocéntrica y mariana. Puso todo su empeño en imitar a Cristo, camino del alma. La Pasión sacratísima era el objeto preferido de sus meditaciones. Todos los días dedicaba un obsequio especial a la Virgen Santísima y en honor suyo ordenó a sus religiosos que predicasen al pueblo la piadosa costumbre de saludarla con el rezo del Ángelus. Tenerle devoción equivalía para el Santo a imitarla en su pureza y humildad.
El papa Sixto IV le canonizó el año 1482. En 1588 le proclamó doctor de la Iglesia Sixto V, asignándole el título de Doctor Seráfico. El sapientísimo León XIII le declaró príncipe de la mística. Y Pío XII exhortaba recientemente a los cultivadores de las ciencias eclesiásticas con palabras de San Buenaventura a unir el estudio con la práctica y la unción espiritual.
Grandiosa fue la actividad del Santo de Bagnoreggio como sacerdote, como prelado y como sabio. Pero ni la ciencia ni la acción secaron su espíritu. Espoleado de abrasante amor a Dios y al prójimo, vivió una intensa vida interior. Secreto resorte de todo dinamismo sobrenaturalmente fecundo ha sido siempre una robusta vida interior. Es la lección perenne que el Santo nos brinda con las enseñanzas de su magisterio y el ejemplo de su vida. Es el camino que con gesto amable y persuasivo señala a las almas que no quieran dejarse arrastrar por este mundo materialista y tecnológico, de adelantos, de prisas y velocidades supersónicas, amenazado, en cambio, de un espantoso vacío interior y de negación del horizonte trascendente.