9 DE JUNIO

SAN EFRÉN, DIÁCONO Y DOCTOR DE LA IGLESIA

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 San Efrén es un sirio del campo y nació en una casa modesta de aquella ciudad de Nisibe, que situada en la frontera del imperio romano, tan pronto veía pasar por sus calles las águilas de los césares como los leones heráldicos de los persas.

Dotado de un temperamento poético y soñador, Efrén tenía la inquietud de una llama. Él mismo nos habla de su condición antojadiza y aventurera. En su casa  todos eran paganos, adoradores de Ormuz o devotos de los antiguos dioses asirios. El mismo jefe de la familia aseguraba. “Los cristianos me han envenenado a este chico.” Y efectivamente, la doctrina evangélica se había presentado a la mente del mancebo como la única religión capaz de saciar sus ansias contemplativas.

Una tarde, Efrén se encontró cerrada la casa paterna. No lo sintió mucho; sin llamar tres veces, volvió la espalda y salió de la ciudad, encomendándose al ángel San Rafael, que no lejos de allí había guiado los pasos del joven Tobías. Caminó incier­to adonde su humor le llevaba, de aldea en aldea y de desierto en desierto. Pero aquella vida errante era una escuela para su espíritu observador. Aprendía las lecciones de los anacore­tas, lo mismo que los cantos de los aldeanos; se entrenaba en aquella poesía popular, que después manejará con tanta maestría. Vivía en las chozas y en las ermitas, hoy en compa­ñía de los clérigos, mañana guardando rebaños de ovejas. Una noche su ganado fue asaltado y robado por una tropa de bedui­nos. Esto era en las riberas del Eufrates. Se le creyó cómplice de los ladrones, se le llevó a los tribunales en medio de una gritería espantosa y se le arrojó en un calabozo. Allí su mayor tristeza era pensar que, acaso sin él saberlo, había cometido al­gún crimen merecedor de la justicia divina; pero cuando más apretado estaba por esta inquietud, vinieron a anunciarle su libertad y el triunfo de su inocencia. Y continuó peregrinando, ayunando en las soledades, regando con sus lágrimas los santua­rios, callando meses enteros y, después, animando con su charla inagotable, con su musa pintoresca y llena de imágenes, con sus recuerdos bíblicos y ascéticos, los grupos de los aldeanos y el público abigarrado de las caravanas.

En sus peregrinaciones, penetra dentro del mundo helénico y llega hasta Cesárea, atraído por el prestigio de San Basilio.

 Él mismo nos cuenta su encuentro con el gran doctor de Capadocia. “Un día—dice—, cuando Dios se compadeció de mí, oí una voz que me decía: Levántate, Efrén, y aliméntate de pensamientos. Yo respondí turbado: ¿Y dónde los encontraré, Se­ñor? Entonces Dios me dijo: Ve a mi casa: ahí hay un vaso de oro lleno de maravillas. Empujado por estas palabras, me le­vanté, y me dirigí al templo del Altísimo, y habiendo llegado al peristilo, como inclinase mi cabeza bajo los propileos, vi en el santuario un vaso de elección, que brillaba delante de la grey de Dios y, adornado de santas máximas, atraía las miradas de todos. He visto el templo penetrado de este divino espíritu, lle­no de compasión por la viuda y el huérfano. He visto olas de llanto, y al pastor, bajo las alas de la paloma celeste, levantando al Cielo su oración por el pueblo.”

De esta manera simbólica, muy propia del genio del Oriente, nos cuenta Efrén el principio de aquella entrevista famosa Su impresión fue tan profunda, que le parecía estar en las ante­salas del paraíso. Vuelto del éxtasis, se halló delante del obispo que, rodeado de sus clérigos, le sonreía y le decía: “¿Eres tú Efrén, el que ha inclinado noblemente la cabeza y llevado ni yugo del Verbo salvador?” Y le respondí: “Yo soy Efrén, corre­dor perezoso del hipódromo celeste.” Entonces aquel hombro divino, poniendo la mano sobre mí, me confirmó con un santo abrazo y me dio los alimentos de su alma fiel, comida de doctrina incorruptible y de pensamientos inmortales, y le dije llo­rando: “Oh padre mío, guárdame de mi debilidad y de mis negligencias; dirígeme por el camino recto; el Dios de las inteligencias me ha traído hasta ti para que seas mi médico. Detén mi navío en la onda del reposo.”

Este último ruego parece haber sido escuchado: en adelante el vendaval de inquietudes que agitaba aquella vida, se calma; el sembrador de imágenes y luces de palabras encuentra un campo fértil para su semilla; el peregrino se fija en la ciudad de Edesa, famosa por sus santuarios y sus fabulosas tradiciones.

Por una parte, le atrae la soledad, muchas veces Efrén siente el aguijón de este anhelo anacorético; pero el bien de sus herma­nos le detiene; la caridad es el áncora de su navío. Desde el día en que Basilio puso las manos sobre su cabeza, tiene la orden del diaconado; pero esta dignidad le abruma y le hace palide­cer de terror. Rehúsa el sacerdocio y se finge loco para evitar los honores episcopales. No obstante, logra encontrar un medio de conciliar aquellos dos anhelos contradictorios. A un lado de la ciudad se alza una montaña, que ofrece sus cavernas a los solitarios. En una de aquellas cavernas vive Efrén. Allí ayuna, medita, escribe, comenta la Sagrada Escritura, compone sus poemas místicos y ascéticos, y construye sus himnos doc­trinales, que deben ser máquinas de guerra contra los herejes. Su proyecto es enviar todas aquellas cosas a las escuelas y a las basílicas de la ciudad, para que luego se extiendan por el campo y se canten en las plazas, y hagan más llevadera la sole­dad de los pastores en el desierto.

Pero Efrén además de organizador era, ante todo, un poeta; un poeta místico y popular a la vez, cuyo genio llegamos a comprender difícilmente. Pertenece a un mundo distinto del nuestro, a un mundo oriental, asiático, en que dominan la imaginación y el símbolo. Es a la vez antiguo y moderno, espontáneo y solemne. Carece de cultura clásica. Sus escuelas han sido la iglesia, el campo y luego la celda; sus dos libros, la naturaleza y la Bi­blia. Ha leído y releído y meditado las Sagradas Escrituras; y sus interpretaciones, si a veces recuerdan el sistema de la es­cuela de Antioquía, son siempre personales y llenas de origina­lidad. No obstante, su estilo no tiene la concisión y rapidez del estilo bíblico; es difuso, hiperbólico, imaginativo, y con fre­cuencia nos recuerda las formas refinadas de la poesía islámica. Al leerle, nos figuramos al narrador de cuentos y hadices bajo la tienda, más que al profeta que amenaza en el pórtico del templo. Escribe en prosa cuando interpreta los santos libros, pero el verso es la forma ordinaria y natural con que se viste su pensamiento. Ya sea que reprenda a los monjes, o cante la vida de los santos anacoretas, o celebre a los patriarcas del Antiguo Testamento, o predique al pueblo, o levante su voz contra las herejías, o se extasíe ante los misterios de Cristo y las grandezas de su Madre, es siempre la forma poética la que recoge su inspiración, más afectuosa que dogmática, más paté­tica que discursiva. Tiene el don de lágrimas; llora y hace llo­rar. Sus discursos, inflamados por súbitas oraciones, son diálogos entre el alma y Dios, donde a veces se intercalan relatos

de visiones, que no sabemos si son alegóricas, o si se ofrecen realmente presentes a sus ojos por el ardor de su imaginación y de su fe. Ve la suprema belleza, hacia la cual aspira su alma, habla con ella, recoge sus respuestas en raptos jubilosos, para caer luego tembloroso, abrumado por un terror tan grande como su entusiasmo. Cuando habla con el pueblo, es piadoso y lleno de ternura; con los monjes es severo y amenazador; pero su lira tiene siempre el poder mágico de hacer amable la virtud, aunque la revista con el gran manto de la austeridad.

La definición con que se le distinguía, “la cítara del Espíritu Santo”, está justificada; Efrén es el mayor poeta de la escuela poética siríaca, de tan exquisita producción. El gran clásico de la Iglesia siria escribió también en prosa, pero sintió predilección por la forma métrica, de la que se servía como de un excelente medio pastoral; incluso las homilías y los sermones los componía en forma métrica.

Murió el 9 de junio del año 373. En 1920, el papa Benedicto XV lo declaró “doctor de la Iglesia”; entonces Efrén pasó a ocupar en el calendario litúrgico romano la fecha del 18 de junio.