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SAN ISIDORO DE SEVILLA 26 de abril Autor: Padre Jesús Martí Ballester |
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SU SANTA FAMILIA San Isidoro de Sevilla (Cartagena, año 560 - † Sevilla, 4 de abril de 636). Obispo, teólogo, cronista, compilador y santo hispano-romano en la época visigoda. Fue arzobispo de Sevilla durante treinta años (599-636) y se le considera uno de los grandes eruditos de la temprana Edad Media. Nacido en el seno de una familia que contribuyó a la conversión de los reyes visigodos al catolicismo, pues eran arrianos, herejía que habían adoptado en Roma al descender de Germania, cuando la capital de imperio decadente estaba plagada de arrianos. La familia era originaria de Cartagena y parece que se desplazó a Sevilla tras la conquista bizantina. Miembros de esta familia son su hermano Leandro, su predecesor en el arzobispado de Sevilla, su hermano Fulgencio, obispo de Cartagena y su hermana Florentina, abadesa de 40 monasterios. SAN LEANDRO, SU EDUCADOR Fue educado por su hermano san Leandro, metropolitano de Sevilla, a quien sucedió en esta sede el año 601. En 635 presidió el IV concilio de Toledo que sirvió para unificar en España la disciplina litúrgica. El saber de san Isidoro fue universal y abarcó todas las materias de las ciencias y las letras. Escribió numerosas obras, muchas de ellas históricas, acerca de los godos, pero se le recuerda sobre todo por sus Etimologías, que constan de 20 libros y abarcan todo el saber de su época y anteriores. Fue además un gran pedagogo y sus obras hicieron perdurable el saber de su tiempo y se difundieron por todas las universidades europeas de la alta Edad Media. Fue san Isidoro el último de los grandes filósofos antiguos y el último de los grandes Padres de la Iglesia. UNA VERDADERA ENCICLOPEDIA El VIII Concilio de Toledo dijo de él que era "Doctor egregio de nuestro siglo, nuevo honor de la Iglesia católica, posterior a los demás doctores en edad, pero no en doctrina, el hombre más docto que ha aparecido en los últimos tiempos, cuyo nombre se ha de pronunciar con reverencia.". Fue el hombre providencial que consiguió que en el salto de la cultura romana a la visigótica se salvara la práctica totalidad de la herencia que los griegos y los romanos nos habían dejado. Antes de que los árabes, redescubridores de Aristóteles, llegasen a España, san Isidoro ya enseñaba en Sevilla filosofía aristotélica. Dominaba el latín, el griego y el hebreo, por lo pudo acceder a las tres grandes fuentes de nuestra cultura. Su obra magna es en realidad una enciclopedia completísima que toma el nombre del 10º de sus 20 libros. Fue tan apreciada en la Edad Media, que después de la Biblia, las Etimologías es la obra de la que se hicieron más copias. En el Renacimiento, en 60 años se hicieron más de 10 reimpresiones. Al margen de la producción laica, sus obras de tema religioso fueron numerosísimas. La más singular y profunda, que se tradujo a varias lenguas, fue "De fide catholica ex Veteri et novo Testamento contra Judaeos". Es un compendio de teología moral y dogmática. Contribuyó también de forma decisiva a organizar la Iglesia y el culto. Y todo dentro de una gran sencillez. Sencillez y sabiduría, que no siempre van juntas en la vida de las personas. Porqué, probablemente, cuando nos sabemos “sabios” en algo, creemos que es por nuestros propios méritos y nos llenamos de orgullo, nos creemos un poco autosuficientes y perdemos sencillez. ¿Se trata entonces de ignorar nuestras cualidades, nuestros dones, nuestras pequeñas “sabidurías”? No. Es importante reconocer todos los dones que el Señor nos regala y ponerlos al servicio de los demás, pero sabiendo que los tenemos porque Dios nos los da, no por nuestros propios méritos. Tener conciencia de esto hace que nos mostremos ante el mundo de otra manera: “débil, tímido y tembloroso”, dice Pablo en la primera lectura. Como quien sabe que es portador de un tesoro valioso, pero frágil, un mensaje de vida que habla de Otro, y no de uno mismo. Es ese mensaje de vida, esa Buena Noticia que portamos, la que nos hace ser sal de la tierra y luz del mundo, es decir, presencia viva de Dios allá donde estemos, pero siempre desde la sencillez, como hizo Jesús. La sabiduría de Dios, que es distinta de la del mundo, es pura gracia, no se adquiere sólo con los libros sino en la vida vivida en profundidad y desde Dios. San Isidoro decía que “es necesario progresar en la vida espiritual y, para ello, la lectura nos instruye y la meditación nos purifica; por tanto, es preciso leer con frecuencia y orar más frecuentemente todavía para vivir en unión con Dios”. SOBRE LOS OBISPOS TRATADO DE SAN ISIDORO, OBISPO, SOBRE LOS OFICIOS ECLESIÁSTICOS Es preciso que el obispo sobresalga en el conocimiento .de las sagradas Escrituras, porque, si solamente puede presentar una vida santa, para sí exclusivamente aprovecha; pero, si es eminente en ciencia y pedagogía, podrá enseñar a los demás y refutar a los contestatarios, que, si no se les va a la mano y se les desenmascara, fácilmente seducen a los incautos. El lenguaje del obispo debe ser limpio, sencillo, abierto, lleno de gravedad y corrección, dulce y suave. Su principal deber es estudiar la santa Biblia, repasar los cánones, seguir el ejemplo de los santos, moderarse en el sueño, comer poco y orar mucho, mantener la paz con los hermanos, a nadie tener en menos, no condenar a ninguno si no estuviere convicto, no excomulgar sino a los incorregibles. Sobresalga tanto en la humildad como en la autoridad, para que, ni por apocamiento queden por corregir los desmanes, ni por exceso de autoridad atemorice a los súbditos. Esfuércese en abundar en la caridad, sin la cual la virtud es nada. Ocúpese con particular diligencia del cuidado de los pobres, alimente a los hambrientos, vista al desnudo, acoja al peregrino, redima al cautivo, sea amparo de viudas y huérfanos. Debe dar tales pruebas de hospitalidad que a todo el mundo abra sus puertas con caridad y benignidad. Si todo fiel cristiano debe procurar que Cristo le diga: Fui forastero y me hospedasteis, cuánto más el obispo, cuya residencia es la casa de todos. Un seglar cumple con el deber, de hospitalidad abriendo su casa a algún que otro peregrino. El obispo, si no tiene su puerta abierta a todo el que llegue, es un hombre sin corazón DEL PRÓLOGO DE SAN BRAULIO DE ZARAGOZA, OBISPO, A LAS OBRAS DE SAN ISIDORO Isidoro, hermano y sucesor de Leandro en la sede hispalense, fue el egregio varón, refugio del saber de las generaciones antiguas y pedagogo de las nuevas. El número y profundidad de sus escritos dan fe del caudal de caudal de sus conocimientos, que edifican a toda la Iglesia. No parece sino que Dios lo suscitó en estos calamitosos tiempos nuestros como canal de la antigua sabiduría para que España no se hundiera en la barbarie. Exactamente definen su obra los divulgados elogios. Peregrinos en nuestro propio suelo, sus libros nos condujeron a la patria. Ellos nos señalan el origen y el destino. Redactó los fastos nacionales. Su pluma describe las diócesis, las regiones, las comarcas. Investigó los nombres, géneros, causas y fines de todo lo divino y lo humano. Cual fuera el torrente de su elocuencia y su dominio de la sagrada Escritura lo demuestran las actas de los concilios por él presididos. Superaba a todo el mundo en sabiduría y, más aún, en obras de caridad. Favoreció los monasterios y se ocupó en sus obras de regular la vida monástica. LAS ETIMOLOGIAS. Todo está ahí. Lenguas, razas, ejércitos, monstruos, animales, minerales, plantas, edificios, campos, caminos, jardines, construcciones, vestidos, costumbres, instrumentos de la paz y de la guerra y utensilios de toda clase. Era una verdadera enciclopedia, cuyo elemento original estaba en la concepción y en el espíritu amplio con que Isidoro supo amalgamar la ciencia pagana con la tradición científica de los Santos Padres. Para él, todos aquellos conocimientos debían tener valor de edificación, todos podían ser una ayuda para bien vivir, con tal que se hiciese de ellos mejor uso que los paganos. Dicta a los amanuenses. Dispone y ordena, enseña y lee; lee metódicamente, infatigablemente. Busca libros por todas partes, libros clásicos y patrísticos, latinos y griegos, poéticos y jurídicos, científicos y filosóficos. Un libro nuevo era para él una gracia de Dios, la mayor alegría del mundo. Ha formada una biblioteca que no habrá otra como ella en toda la Edad Media. Allí ha puesto su orgullo, su cariño, su cuidado exquisito. Había sabido unir lo religioso con lo profanos. El hombre del orden, de gobierno, el consejero de reyes y prelados, constante, y previsor, guía de pueblos y de excelsa santidad. VENERADO EN TODA ESPAÑA Gran impresión causó Isidoro en toda España con el plan grandioso de su obra, tanto, que los intelectuales se apresuraron a arrancársela de sus manos al autor. Ya en 620, el rey Sisebuto logró que Isidoro le enviase una copia de lo que hasta entonces llevaba compuesto. Se hizo con todo sigilo, pues el autor no se decidía nunca a dar por terminada su obra. Durante siete años, Braulio de Zaragoza le exige con insistencia inoportuna el envío de un ejemplar; y al fin, agotada la paciencia, le escribe una carta llena de amistosos reproches: "En adelante-le dice-, mis ruegos se convertirán en injurias, mis palabras en gritos; y no te dejaré en paz hasta que abras la mano y des a la familia de Dios ese pan de vida que ella exige de ti." Isidoro cede, y entrega los borradores a su amigo, encargándole dar la última mano. Era el año 632. En medio de sus abrumadoras tareas de metropolitano y de maestro, de escritor y de obispo, de consejero de reyes y director de concilios, de organizador del reino y de la Iglesia, añora su retiro monacal: "¡Ay, pobre de mí- exclama- por los muchos lazos que me es imposible romper! Siente la nostalgia del contínuo ajetreo al frente del gobierno eclesiástico, y el recuerdo de mis pecados me aterra, y si me retiro de los negocios mundanos, tiemblo más todavía, pensando en el crimen del que abandona la grey de Cristo. Estas palabras parecen el eco de una vida espiritual intensa; y efectivamente, aquel erudito sin igual, aquel gran gobernante, era también un místico; y como un místico se nos revela en el libro de los Sinónimos efusión inflamada del corazón llagado por la tristeza. "Perdonadme todas las faltas que he cometido, parecía Isidoro sentir constantemente. La profunda belleza de la virtud le encantó, la bondad divina y las alegrías inefables de los caminos de la santidad y el del amor más puro le fascinaron. La humildad le atrajo. SU MUERTE Colocado delante del altar, rezó en alta voz delante de la multitud; dirigiéndose a los fieles, les dijo estas palabras: "Perdonadme todas las faltas que he cometido contra vosotros; si he mirado con odio a alguno; si, irritado, molesté a alguien con mis palabras, humildemente le ruego que me perdone." A estas súplicas, el pueblo respondía con sollozos. Dos obispos vistieron el cilicio al moribundo y le rociaron de ceniza. "Indulgencia", gemía Isidoro, y sus manos se dirigían al cielo, empujadas por su anhelo heroico de descanso y de luz. Era el año 636. Así murió aquel gran bienhechor de la humanidad, trabajador infatigable y sabio universal, a quien llamará un concilio toledano “doctor insigne de nuestro siglo, novísimo ornamento de la Iglesia Católica, el hombre más docto en estos críticos momentos del fin de las edades”. Trató todas las ramas del saber, e influyó profundamente en toda la vida social y religiosa. Fue el mayor pedagogo de la Edad Media. Durante muchos siglos, la cristiandad vivirá de su hálito ardiente, como dirá el Dante. Todavía no ha muerto, cuando sus obras recorren triunfantes todos los pueblos de Europa. Italianos, francos, sajones, germanos y celtas le estudian, le imitan, le copian, le plagian incansablemente. Y San Braulio escribió.”Tus libros nos llevan hacia la patria eterna cuando andamos errantes y extraviados por la ciudad tenebrosa de este mundo. Ellos nos dicen quiénes somos, de dónde venimos, y dónde nos encontramos. Ellos nos hablan de la grandeza de la patria y nos dan la descripción de los tiempos. Nos enseñan el derecho de los sacerdotes y las cosas santas, la disciplina pública y la doméstica, las causas, las relaciones y los géneros de las cosas, los nombres de los pueblos y la esencia de cuanto existe en el cielo y en la tierra”. Catequesis de Benedicto XvI “Hoy quisiera hablar de san Isidoro de Sevilla: era hermano menor de Leandro, obispo de Sevilla, y gran amigo del Papa Gregorio Magno. Esta observación es importante, pues constituye un elemento cultural y espiritual indispensable para comprender la personalidad de Isidoro. En efecto, le debe mucho a Leandro, persona muy exigente, estudiosa y austera, que había creado en torno a su hermano menor un contexto familiar caracterizado por las exigencias ascéticas propias de un monje y por los ritmos de trabajo exigidos por una seria entrega al estudio. Además, Leandro se había preocupado por disponer lo necesario para afrontar la situación político-social del momento: en aquellas décadas los visigodos, bárbaros y arrianos, habían invadido la península ibérica y se habían adueñado de los territorios que pertenecían al Imperio Romano. Era necesario conquistarlos a la romanidad y al catolicismo. La casa de Leandro y de Isidoro contaba con una biblioteca sumamente rica de obras clásicas, paganas y cristianas. Isidoro, que sentía la atracción tanto de unas como de otras, aprendió bajo la responsabilidad de su hermano mayor una disciplina férrea para dedicarse a su estudio, con discernimiento. En la sede episcopal de Sevilla se vivía, por tanto, en un clima sereno y abierto. Lo podemos deducir a partir de los intereses culturales y espirituales de Isidoro, tal y como emergen de sus mismas obras, que comprenden un conocimiento enciclopédico de la cultura clásica pagana y un conocimiento profundo de la cultura cristiana. De este modo se explica el eclecticismo que caracteriza la producción literaria de Isidoro, el cual pasa con suma facilidad de Marcial a Agustín, de Cicerón a Gregorio Magno. La lucha interior que tuvo que afrontar el joven Isidoro, que se convirtió en sucesor del hermano Leandro en la cátedra episcopal de Sevilla, en el año 599, no fue ni mucho menos fácil. Quizá se debe a esta lucha constante consigo mismo la impresión de un exceso de voluntarismo que se percibe leyendo las obras de este gran autor, considerado como el último de los padres cristianos de la antigüedad. Pocos años después de su muerte, que tuvo lugar en el año 636, el Concilio de Toledo (653) le definió: "Ilustre maestro de nuestra época, y gloria de la Iglesia católica". Isidoro fue, sin duda, un hombre de contraposiciones dialécticas acentuadas. E incluso, en su vida personal, experimentó un conflicto interior permanente, sumamente parecido al que ya habían vivido san Gregorio Magno y san Agustín, entre el deseo de soledad, para dedicarse únicamente a la meditación de la Palabra de Dios, y las exigencias de la caridad hacia los hermanos de cuya salvación se sentía encargado, como obispo. Por ejemplo, sobre los responsables de la Iglesia escribe: "El responsable de una Iglesia (vir ecclesiasticus) por una parte tiene que dejarse crucificar al mundo con la mortificación de la carne, y por otra, tiene que aceptar la decisión del orden eclesiástico, cuando procede de la voluntad de Dios, de dedicarse al gobierno con humildad, aunque no quisiera hacerlo" (Libro de las Sentencias III, 33, 1: PL 83, col. 705 B). Y añade un párrafo después: "Los hombres de Dios (sancti viri) no desean ni mucho menos dedicarse a las cosas seculares y gimen cuando, por un misterioso designio divino, se les encargan ciertas responsabilidades... Hacen todo lo posible para evitarlas, pero aceptan aquello que no quisieran y hacen lo que habrían querido evitar. Entran así en el secreto del corazón y allí, adentro, tratan de comprender qué es lo que les pide la misteriosa voluntad de Dios. Y cuando se dan cuenta de que tienen que someterse a los designios de Dios, agachan la cabeza del corazón bajo el yugo de la decisión divina" (Libro de las Sentencias III, 33, 3: PL 83, col. 705-706). Para comprender mejor a Isidoro es necesario recordar, ante todo, la complejidad de las situaciones políticas de su tiempo, que antes mencionaba: durante los años de la niñez había tenido que experimentar la amargura del exilio. A pesar de ello, estaba lleno de entusiasmo: experimentaba la pasión de contribuir a la formación de un pueblo que encontraba finalmente su unidad, tanto a nivel político como religioso, con la conversión providencial del heredero al trono, el visigodo Hermenegildo, del arrianismo a la fe católica. Sin embargo, no hay que minusvalorar la enorme dificultad que supone afrontar de manera adecuada los problemas sumamente graves, como los de las relaciones con los herejes y con los judíos. Toda una serie de problemas que resultan también hoy muy concretos, si pensamos en lo que sucede en algunas regiones donde parecen replantearse situaciones muy parecidas a las de la península ibérica del siglo VI. La riqueza de los conocimientos culturales de que disponía Isidoro le permitía confrontar continuamente la novedad cristiana con la herencia clásica grecorromana. Más que el don precioso de la síntesis, parece que tenía el de la collatio, es decir, la recopilación, que se expresaba en una extraordinaria erudición personal, no siempre tan ordenada como se hubiera podido desear. En todo caso, hay que admirar su preocupación por no dejar de lado nada de lo que la experiencia humana produjo en la historia de su patria y del mundo. No hubiera querido perder nada de lo que el ser humano aprendió en las épocas antiguas, ya fueran éstas paganas, judías o cristianas. Por tanto, no debe sorprender el que, al perseguir este objetivo, no lograra transmitir adecuadamente, como él hubiera querido, los conocimientos que poseía, a través de las aguas purificadoras de la fe cristiana. Sin embargo, según las intenciones de Isidoro, las propuestas que presenta siempre están en sintonía con la fe católica, defendida por él con firmeza. Percibe la complejidad en la discusión de los problemas teológicos y propone a menudo, con agudeza, soluciones que recogen y expresan la verdad cristiana completa. Esto ha permitido a creyentes a través de los siglos hasta nuestros días servirse con gratitud de sus definiciones. Un ejemplo significativo en este sentido es la enseñanza de Isidoro sobre las relaciones entre vida activa y vida contemplativa. Escribe: "Quienes tratan de lograr el descanso de la contemplación tienen que entrenarse antes en el estadio de la vida activa; de este modo, liberados de los residuos del pecado, serán capaces de presentar ese corazón puro que permite ver a Dios" (Diferencias II, 34, 133: PL 83, col 91A). El realismo de auténtico pastor le convence del riesgo que corren los fieles de vivir una vida reducida a una sola dimensión. Por este motivo, añade: "El camino intermedio, compuesto por una y otra forma de vida, resulta normalmente el más útil para resolver esas cuestiones, que con frecuencia se agudizan con la opción por un sólo tipo de vida; sin embargo, son mejor moderadas por una alternancia de las dos formas" (o.c., 134: ivi, col 91B). Isidoro busca la confirmación definitiva de una orientación adecuada de vida en el ejemplo de Cristo y dice: "El Salvador Jesús nos ofreció el ejemplo de la vida activa, cuando durante el día se dedicaba a ofrecer signos y milagros en la ciudad, pero mostró la vida contemplativa cuando se retiraba a la montaña y pasaba la noche dedicado a la oración" (o.c. 134: ivi). A la luz de este ejemplo del divino Maestro, Isidoro ofrece esta precisa enseñanza moral: "Por este motivo, el siervo de Dios, imitando a Cristo, debe dedicarse a la contemplación, sin negarse a la vida activa. Comportarse de otra manera no sería justo. De hecho, así como hay que amar a Dios con la contemplación, también hay que amar al prójimo con la acción. Es imposible, por tanto, vivir sin una ni otra forma de vida, ni es posible amar si no se hace la experiencia tanto de una como de otra" (o.c., 135: ivi, col 91C). Considero que esta es la síntesis de una vida que busca la contemplación de Dios, el diálogo con Dios en la oración y en la lectura de la Sagrada Escritura, así como la acción al servicio de la comunidad humana y del prójimo. Esta síntesis es la lección que nos deja el gran obispo de Sevilla a los cristianos de hoy, llamados a testimoniar a Cristo al inicio del nuevo milenio”.
JESUS MARTI BALLESTER
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