
SAN JUAN
EVANGELISTA
27 DE
DICIEMBRE
La vida del
«discípulo a quien amaba Jesús» —frase con que él mismo se señala en el
Evangelio— se divide en tres etapas: la primera, la conocemos por los libros
sagrados del Nuevo Testamento; de la segunda apenas sabemos nada; de la tercera
conocemos más datos por los primitivos escritores cristianos y una firme
tradición. — Hasta la promulgación de la reciente reforma litúrgica, celebraba
la Iglesia dos fiestas dedicadas a San Juan. Ha sido suprimida la del 6 de
mayo, San Juan «ante Portam Latinam», subsistiendo tan sólo la del 27 de diciembre.
BETSAIDA. CARÁCTER.
Fue San Juan
Evangelista natural de Betsaida, a orillas del lago de Tiberíades o de Galilea. Compatricio de San Pedro
y de Santiago el Mayor, su hermano. Más joven que Jesús. Los dos hermanos,
hijos de Zebedeo y Salomé, fueron llamados por Jesús
«hijos del trueno», por su entusiasmo y fogosidad. Pescadores los dos, como su
padre, robustos y vigorosos. Santiago fue decapitarlo por Herodes Agripa, en el
año 42, pero Juan morirá casi a los cien años. No es veraz, representar «al más
joven de los Apóstoles» con una imagen femenina y ñoña. Fue un temperamento
sereno y de gran talento,
que —además de la inspiración divina— fue un gran teólogo. No se le puede
considerar tímido y endeble.
Pedro,
Santiago y Juan formaron el grupo predilecto de Jesús. Los tres presenciaron su
Transfiguración, le acompañaban en el momento de la resurrección de la hijita
de Jairo y fueron testigos de su agonía en Getsemaní.
Entre las
predilecciones particulares que el Maestro reservó a Juan, recordemos que en la
última Cena le dejó reclinar la cabeza sobre su costado, que fue el único
discípulo suyo que estuvo al pie de la cruz, que poco antes de morir le dejó
encomendada a su Madre...
PEDRO Y
JUAN
Junto con
Pedro —íntimos amigos— preparó por encargo de Jesús la Cena pascual y comprobó
que el sepulcro estaba vacío en la misma mañana de la Resurrección. Después de
la resurrección aparecen los dos siempre juntos, defendiendo a Jesús ante el
Sanedrín y soportando sus insultos. A los dos los vemos predicando y bautizando
a las muchedumbres en los días inmediatos a Pentecostés. Los dos van a Samaria
para invocar allí al Espíritu Santo sobre los ya bautizados, para
administrarles la Confirmación.
VIDA DE
SILENCIO
Desde
Pentecostés hasta los últimos treinta años del siglo apostólico, el silencio
envuelve a San Juan, por parte de la Tradición y de la Escritura. Sabemos que
predicó en Samaria, que asistió al Concilio de Jerusalén el año 50, que vivió
al lado de María, en cumplimiento del testamento de Jesús Crucificado. Lleva
una vida muy recogida, tanto antes como después de la Muerte y Asunción de
María. Predicación en ambientes muy modestos...
AL FINAL
DEL SIGLO PRIMERO
Pero en
el ocaso del primer siglo cristiano reaparece con toda su prestancia la figura
de Juan; reaparece dominando el fin de la era apostólica con una majestad
incomparable, debida al poder de su palabra, al prestigio de su autoridad.
Entre la
muerte de San Pedro y San Pablo y la ruina de Jerusalén, se estableció en Éfeso.
Probablemente hacia el año 68. Le siguió, en emigración, una verdadera colonia
jerosolimitana, lo cual se explica perfectamente por el movimiento de
dispersión que tuvo lugar en aquellos tiempos de guerra judaico-romana y de
crisis de la Ciudad Santa, poco antes de su ruina, anunciada por Jesucristo, y
consumada el año 70.
SAN PAPIAS
Hacia el
año 130, San Papías,
el obispo de Hierápolis,
diócesis de la Frigia, uno de los discípulos inmediatos del Evangelista, en un
texto que nos ha sido transmitido por el primer historiador eclesiástico
Eusebio de Cesarea,
habla con profunda veneración de su Maestro muerto pocos años antes, y lo llama
«Juan el Anciano, discípulo del Señor».
Sabemos
la vitalidad de la comunidad cristiana de Éfeso, regida un tiempo por San Pablo, y después por San
Juan. La predicación del Apóstol de las Gentes obtuvo en Éfesoéxitos
maravillosos, que le hicieron exclamar: «Una puerta grande se me ha abierto”.
ÉFESO UNA PUERTA GRANDE
Era, en
efecto, una puerta grande, geográfica y espiritualmente. Situada en la costa
jónica, casi frente a frente de la isla de Samos, era uno de los lugares más aptos como punto de
tránsito y actividad comercial entre el Oriente y el Occidente. Y, además,
tenía una rica tradición cultural y religiosa. Desde tiempo inmemorial iba
siendo un gran foco de inquietudes superiores.
BAJO EL
BACULO DE JUAN
No es
extraño que bajo el báculo de Juan fuera muy presto metrópoli de la provincia
eclesiástica más activa. Y la figura de Juan se agiganta cuando queda único
sobreviviente del Colegio Apostólico, único representante del grupo íntimo de
discípulos que había recibido las confidencias del Salvador. Entonces las
miradas todas de la Iglesia se dirigieron al Discípulo predilecto. Cuando
habían desaparecido todos los «testigos de la palabra», los oyentes de Jesús,
quedaba allí Juan, que había visto al Maestro con sus ojos, y le había tocado
con sus manos, y había recogido las últimas palabras de su vida mortal.
PERSECUCION
DE DOMICIANO
Estas
noticias acerca del prestigio de Juan debieron de llegar al emperador Domiciano.
Estamos entre 94-96, que fue el tiempo en que se desplegó su persecución.
Sabemos por Eusebio de Cesarea, que el Emperador dispuso la detención de varios
orientales, por sospecharles especiales autores de la nieva religión, muy
extendida en Oriente, sobre un próximo reino de Jesús de Nazaret,
vástago de David, que abarcaría el mundo entero... Pero ¡cuánto más peligroso
juzgaría al anciano apóstol Juan, que llenaba con su fama toda el Asia Menor!
Por ello no es extraño que mandara traerlo y procediera con él con verdadero
rigor.
LA
CALDERA DE ACEITE HIRVIENDO
Tertuliano,
el gran apologista (siglos II-III), quien cuenta que San Juan sufrió en Roma la
terrible prueba del aceite hirviente. La tradición señala como lugar del hecho la
Puerta Latina, o mejor dicho, el espacio que ocupó después dicho portazgo
romano: un campo de las afueras de la Urbe, al principio de la vía que
atravesaba el Lacio. El venerable anciano fue echado, con las manos atadas, en
una gran caldera llena de aceite que hierve y chisporrotea; los verdugos atizan
el fuego y le contemplan estupefactos, reza el Mártir con los ojos fijos en el
Cielo: se le ve entero, sereno, alegre.
Se
desiste de traer nuevas cargas de leña y de revolver el brasero; es inútil:
nada puede hacer daño a la carne virginal de aquel hombre prodigioso; el fuego
le respeta y el aceite que arde es para él como un rocío. Tertuliano lo narra
con emoción, añadiendo que el Evangelista, después de haber salido incólume del perverso
baño, fue relegado, por orden imperial, a una isla.
PATMOS
Consta
históricamente que fue la de Patmos, una de las Espóradas, en el mar Egeo, árida, agreste, volcánica; allí
recibirá las visiones del Apocalipsis y permanecerá largos meses, hasta la
muerte de Domiciano,
hasta que regresó a Éfeso, amparado por una amnistía general, decretada por Nerva,
benigno emperador inmediato. La tradición nos ha transmitido un hermoso
anecdotario de la última vejez del Apóstol. Entusiasta de la pureza de la fe,
no se recató de manifestar su más absoluta repugnancia contra las primeras
herejías que en la Iglesia aparecieron.
EL CUARTO
EVANGELIO
San Ireneo cuenta que habiendo ido Juan, en
cierta ocasión, a los baños públicos de Éfeso, vio que allí al hereje Cerinto y salió inmediatamente afuera,
diciendo: «Huyamos de aquí; no sea que vaya a hundirse el edificio por haber
entrado en él tan gran adversario de la verdad». Contra Cerinto, y
otros herejes, como los Ebionitas, que negaban la divinidad de Jesucristo, escribió
el cuarto Evangelio, a ruegos de los Obispos de Asia.
ESPÍRITU AMABILÍSIMO Y SENCILLO
Verdadero predecesor del franciscanismo, le gustaba descansar entreteniéndose con una tortolilla domesticada que poseía. Suavísimo en sus palabras, puesto su pensamiento constantemente en Jesús, en los postreros tiempos de su vida se redujo su predicación a una incesante exhortación a la caridad fraterna. San Jerónimo nos transmite esta preciosa noticia: Cuando ya apenas podía Juan ser transportado a la iglesia y levantar la voz, repetía muchas veces: «Hijitos míos, amaos los unos a los otros». Unos discípulos le preguntaron: «¿Por qué, Maestro, nos dices siempre lo mismo?».Y respondió, : «Porque es precepto del Señor, y si se cumple bien, con ello basta». Es el mismo San Jerónimo el que, en su libro Sobre los Escritores Eclesiásticos, intenta establecer la cronología del cuarto Evangelista y dice que vivió hasta los días del Emperador Trajano (98-117) y falleció sesenta y ocho años después de la Pasión del Señor.