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SAN PEDRO DE VERONA, MARTIR

(† 1252)

6 ABRIL

 

NATURAL DE VERONA

Pedro nació en Verona en 1206 y sus padres fueron cátaros, los herejes que en la Edad Media renovaron las doctrinas de los maniqueos. En cambio, casi podríamos decir que nació predestinado para fraile dominico.

LOS CATAROS

Los cátaros, que infestaban en los comienzos del siglo XIII el centro y norte de Italia, eran los mismos albigenses que ya Santo Domingo estaba combatiendo en el sur de Francia. Conocemos su puritanismo, su desprendimiento de los bienes terrenos, su carácter belicoso, su espíritu de secta, su expansión por toda la cuenca mediterránea, que les permitió llegar hasta Constantinopla y tener iglesias en el Cercano Oriente. Los dominicos los redujeran con sus mismas armas: la pobreza y la polémica.

Santo Domingo aceptaba y aun provocaba el reto

En aquellos tiempos las gentes gustaban de las justas y los torneos. Batallas militares o luchas y escaramuzas intelectuales. las muchedumbres en la Provenza o en el Lanquedoc, en la Toscana o en el Milanesado se congregaban  para asistir a aquellos torneos espirituales que eran las disputas religiosas. Domingo saltaba al palenque arremetiendo a los contrarios como un paladín que invocaba a su Dama, la Virgen María, y se presentaba lisamente, sin boato ni ostentación mundanal, que tanto daño había hecho a otros controversistas, pues su riqueza contrastaba con la austeridad de los albigenses. San Pedro mártir nació predestinado para combatir a los nuevos maniqueos, los patarini, como los llamaban en Italia.

MAESTRO CATOLICO

Su familia, aunque maniquea, no hallando maestro de su secta en Verona, consiente en que la educación del niño corra a cargo de un maestro católico. Progresa rápidamente en ciencia y en virtud, y tenemos la primera anécdota. Un tío de Pedro le encuentra en la calle al volver de sus lecciones, y le pregunta por la marcha de sus estudios. El dice el Credo, en cuyo primer artículo está la refutación del maniqueísmo con la doctrina de un Dios creador absoluto de cielo y tierra. El tío insiste en que Dios no puede ser autor del mal; pero el pequeño polemista contesta con gracia y además cierra la discusión con unas frases terribles: "Quien no crea esta primera verdad de la fe no tendrá parte en la salvación eterna". El viejo hereje se emociona. Le gusta el desparpajo del sobrino, pero presiente también que de allí puede salir quien combata las creencias de su secta. Advierte de ello a su hermano, pero el padre de Pedro no hace demasiado caso, confiando en torcer más adelante estas primeras inclinaciones.

UNIVERSIDAD DE BOLONIA

Entretanto el niño ha crecido. Y la universidad de Bolonia, allí cerca, goza del máximo prestigio. Pedro marcha lleno de ilusiones a la nueva ciudad. Con  la oración, el retiro y el trabajo, sabe alejarse del ambiente frívolo de la vida estudiantil. Por aquella época había en Bolonia algo que le daba más fama que la propia universidad. Era Santo Domingo, anciano ya, rodeado de discípulos, con la aureola de fundador y martillo de herejes.

A LOS DOMINICOS

Al convento de los predicadores vuela un día Pedro, muchacho de dieciséis años. Pide, y al fin alcanza la gracia de recibir el hábito blanco de las propias manos de Santo Domingo. Sería una de sus postreras satisfacciones si su espíritu profético supo leer en la mirada candorosa del estudiante veronés la gloria que reservaba a su naciente Orden. Pedro se aplicó con entusiasmo al estudio, a la oración y a la penitencia. Sobre todo a la penitencia, hasta caer enfermo. Hubo que moderar su fervor. Entonces se quedó con la oración y el estudio de las Escrituras. Allí, en las Sagradas Letras aprendía el espíritu de la sabiduría. Y, acabada su formación escolástica, recibe la ordenación sacerdotal y es nombrado, joven y fogoso, predicador contra los herejes. Bolonia, la Romaña, la Toscana y el Milanesado conocen las andanzas apostólicas del fraile dominico. ¿Logró convertir a sus propios padres? Lo ignoramos. Lo cierto es que resultó verdad la predicción del tío. Pedro era el martillo de los cátaros.

LA CALUMNIA

Pero no todo habría de ser aureola de orador y de polemista. La tribulación es el lagar para puificar. Llegó la calumnia. Se le acusó de dar consejos imprudentes en el confesonario. A un joven que había dado una patada a su anciana madre el Santo le recordó el consejo evangélico: "Si tu pie te sirve para pecar córtatelo". Y el penitente, conmovido, lo tomó al pie de la letra y se cortó el pie. Pero la intervención de Pedro, trazando la señal de la cruz sobre la extremidad mutilada, devolvió el pie a su lugar. Con esto creció su prestigio. Pero después vendrá otra acusación peor. Pedro es un místico, tiene revelaciones de lo alto. Las santas vírgenes Catalina, Inés y Cecilia hablan con él en su celda. Los frailes han oído  conversaciones en su celda y le acusan al prior. En el capítulo es reprendido Pedro por violar la clausura y hacer penetrar mujeres en su habitación. Se le exhorta a defenderse, pero él se contenta con declararse pobre pecador. Le retiran las licencias de confesar y le destierran a un monasterio de la Marca de Ancona, donde se entrega en la soledad y el retiro al estudio y a la oración.

APARECE LA VERDAD

Al fin la verdad se esclarece, y el propio Gregorio IX, que conoce su ciencia y su celo, le nombra inquisidor general en 1232. Pedro ataca vigorosamente el vicio y el error y obtiene conversiones en Roma, Florencia, Milán y Bolonia. Cuando baja del púlpito se encierra en el confesonario para atener a los fieles, que le exponen sus dificultades, o con los propios herejes, que piden aclaraciones a sus dudas antes de decidir la abjuración de sus errores. Los milagros autorizan además su predicación.

ENFERMO FINGIDO

Célebre fue el caso de un hereje milanés que quiso desprestigiar el poder taumatúrgico del Santo. Fingiéndose enfermo hizo que le llevaran a su presencia, solicitando la salud. Pedro lo comprendió todo y se limitó a decirle: "Ruego al Creador de todo cuanto existe que, si vuestra enfermedad es cierta, os dé la salud; pero, si se trata de una farsa, que os trate según vuestros méritos". Los efectos fueron inmediatos. El pretendido enfermo se sintió presa de terribles dolores, debiendo ser llevado de verdad por los que se prestaron a la hipócrita comedia. A los pocos días el hereje llamaba humildemente al Santo para arrepentirse de su pecado y abjurar sinceramente su herejía. El siervo de Dios, viéndole cambiado, hizo sobre él la señal de la cruz y le otorgó la salud del cuerpo y del alma.

ENTRE LOS MUCHOS MILAGROS

Otro milagro espectacular fue el que obró en una disputa pública que había congregado una gran muchedumbre en la mayor plaza de Milán. El contrincante, cátaro famoso que era obispo en su secta, viéndose vencido por la argumentación del religioso quiso rechazar la dialéctica de Pedro y dijo: "Impostor y falsario, si eres tan santo como dice este pueblo del que tanto abusas, ¿por qué consientes que se ahogue con este calor asfixiante? Pide a Dios que una nube le proteja contra el sol". -"Lo haré como quieres, replicó el Santo. si prometes abjurar de tu herejía.". Entonces se produjo un gran revuelo entre los partidarios del hereje, pues unos querían que aceptase el reto, otros que prosiguiese la discusión. Al fin el Santo hizo la señal de la cruz y sobre el cielo sereno se dibujó una nube refrescante, la cual no se disolvió hasta terminar la disputa.

SU ORACION

Pero San Pedro no trabajaba solamente con la predicación y los milagros; sino que elevaba al cielo oraciones y castigaba su cuerpo con penitencias. Además, se esforzó en mantener viva la disciplina religiosa en los conventos de Como, Piacenza y Génova, donde ejerció los cargos de prior. El claustro era una colmena de estudio y oración. Al ser elegido Papa Inocencio IV, en 1243, confirmó a Pedro de Verona en todos sus poderes y le demostró su confianza encargándole de otras misiones especiales. Por entonces le envió a Florencia para examinar los orígenes, constituciones y género de vida de los servitas, que con razón le tienen por segundo fundador, pues su informe favorable influyó para que el Papa les otorgara la aprobación definitiva. En 1251 fue encargado de convocar un sínodo en Cremona que trabajase en la extirpación de la herejía.

INTENTAN MATARLE

Ante tanta actividad, los herejes italianos prohibieron a sus adictos el acudir a las predicaciones del santo inquisidor, y organizaron una conjuración para darle muerte. El precio convenido fue de cuarenta libras milanesas, que depositaron en manos de Tomás de Guissano. Los esbirros encargados de llevar a cabo el crimen fueron Piero Balsamon, apodado Carín, y Auberto Porro. El siervo de Dios supo lo que se tramaba, pero dejó todo en las manos de Dios. Solamente en su sermón del Domingo de Ramos dijo ante más de diez mil oyentes: "Sé que los maniqueos han decretado mi muerte, y que ya está depositado el precio de la misma. Pero que no se hagan ilusiones los herejes, pues haré más contra ellos después de muerto que lo que les he combatido vivo".

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MARTIRIO

El Santo salió de Milán para ir a Como, de cuyo convento era prior. Los conjurados dejaron pasar las fiestas de Pascua, y Carín permaneció tres días en aquella ciudad. El sábado de la octava de Pascua, 6 de abril, cuando el Santo retornaba a Milán, salió Carín en su persecución, y, al llegar a un bosque espeso que hay cerca de Barsalina, le esperaba Auberto. Carín fue el primero en herir al Santo con dos golpes de hacha en la cabeza. San Pedro comenzó a recitar el Credo en voz alta; cuando ya las fuerzas le faltaban para seguir rezándolo, mojando el dedo en su propia sangre escribió en el suelo: Creo. Carín mató al siervo de Dios clavándole un puñal en el corazón. A su acompañante, fray Domingo, le dejaron tan mal herido, que murió pocos días después. Así murió Pedro de Verona, proclamando la fe que de niño aprendiera, y por cuya defensa había luchado toda su vida. Tenía cuarenta y seis años, y hacía treinta que había profesado en la Orden de Santo Domingo.