
SAN PEDRO NOLASCO
6 mayo
En el siglo XIII
aparece viviendo en Barcelona un rico joven de estirpe del Languedoc,
que admira a todos por su ejemplar conducta moral, su religiosidad y su
espíritu de caridad, y que organiza una especie de pequeña cofradía consagrada
a la redención de cautivos de la morisma. Se llamaba Pedro Nolasco;
se dice que ha nacido unos veinte años antes, de padres nobles, en el Mediodía
de Francia, en una finca cerca de Carcasona, y que
vino a Cataluña al quedar huérfano, pues algunos de sus familiares eran
albigenses y la infausta herejía que tan lamentablemente estaba extendida en su
país y le causaba gran repugnancia.
Otros dicen con
argumentos muy sólidos que era natural de Barcelona, nacido en el seno de una
de las ricas familias procedentes de tierra francesa establecidas en el llano
del Norte de la ciudad, cobijado desde entonces por el patronazgo de San Martín
de Tours y llamado Sant Martí dels
Provençals.
FORMACION RELIGIOSA
Formado
religiosamente en un monasterio cisterciense francés o en Cataluña, según las
diversas hipótesis de los biógrafos, la vida del joven Nolasco
se mostraba saturada de pureza angelical, de fervor devoto, de afecto filial a
la Virgen Santísima, de compasión con los pobres y enfermos, a los que
auxiliaba con abundantes limosnas y asistía personalmente,
sobre todo en el hospital de Santa Eulalia.
Paulatinamente fue
penetrando Nolasco en el conocimiento de la tragedia
de los cautivos cristianos y de su magnitud. Tragedia enorme para ellos y para
nuestro país, aquel cautiverio de mucha de su gente en manos de los musulmanes,
lejos del hogar propio, y una gran parte lejos de la patria...
LA TRAJEDIA DE LOS
CAUTIVOS
Nolasco se iba haciendo
testigo del duelo de las madres que lloraban a sus hijos prisioneros, oía
contar historias terribles de sufrimientos, do torturas... y también de
apostasías. Se trataba de la tribulación de los cuerpos y del peligro de las
almas. Por esto surgió en él una idea, que poco a poco se convirtió en su
aspiración obsesionante: la de consagrarse a la liberación de cautivos; y buscó
colaboradores que le acompañasen en sus entusiasmos. Un buen puñado de piadosos
varones, algunos ricos y nobles, se pusieron a sus órdenes. Y desde entonces se
preocupó cada día más de la realización de su empresa redentora.
Muy pronto, pasando
de los proyectos a las obras, organizó diversas escaramuzas en tierras de
moros, para librar de sus garras a cuantos desgraciados prisioneros fuese
posible. Armando barcos adrede, con la cooperación pecuniaria o personal de sus
adheridos, fue a Mallorca, Valencia, Murcia; y a fuerza de mucho dinero, y a
través de tormentas en el mar, insultos de los infieles y azares
peligrosísimos, logró que centenares de cristianos recobrasen la libertad
deseada. En cierta ocasión, Barcelona le vio llegar al puerto con trescientos
hombres semidesnudos, hambrientos, cubiertos de llagas y cicatrices...
SU FORTUNA NO LE
ALCANZA
El derrame de
limosnas y los dispendios de tamañas hazañas, agotaron la fortuna de Pedro Nolasco. Y su corazón tuvo que preguntarse cómo iba a ser
posible la prosecución de la modesta cruzada liberadora. ¿Acaso podría
continuarse con multiplicadas aportaciones de otros, si no le vieren a él
contribuir con sus propios recursos? Pero no temió el fracaso. Se había puesto
bajo la protección de la Reina del Cielo, y confió serenamente en su bondad
maternal. Y fue, realmente, la Madre celeste la que le trajo el gran socorro.
El día 1º de agosto de 1218, festividad de San Pedro prisionero, se le apareció
y le manifestó que sería muy del agrado de su Hijo y suyo que fundase una Orden
religiosa con el título de Nuestra Señora de la Merced para la redención de
cautivos, prometiéndole su asistencia.
Persuadido Pedro Nolasco de la voluntad de Dios en fuerza de esta visión, de
cuya objetividad no le cupo la menor duda, sólo se preocupó de deliberar los
medios para la ejecución de lo que María acababa de indicarle.
RAIMUNDO DE PEÑAFORT
Ante todo acudió a
consultar a persona de tan alta prudencia como Raimundo de Peñafort,
canónigo penitenciario, el cual recibió con emoción y sumo interés la noticia
que Nolasco le daba y desde aquel día se hizo como
cosa suya la Orden, por lo que se le llama
justificadamente su segundo fundador. Obtenido tan importante beneplácito, se
fue Nolasco a visitar al Rey Jaime 1 el Conquistador,
que le recibió con no menor afecto, hasta el punto que inmediatamente dio las
órdenes oportunas para el caso. Y el día de San Lorenzo, el Monarca, acompañado
de toda su corte y de las autoridades de Barcelona, se encaminó a la Catedral,
donde Raimundo subió al púlpito y explicó al pueblo allí congregado el alcance
de la ceremonia que se iba a celebrar: la de la fundación de la Orden de la
Merced.
IMPOSICION DEL HABITO
El Obispo de la
Diócesis, Berenguer de Palou, vistió el hábito y el
escapulario de la nueva Orden a Nolasco y otros,
aceptando de ellos los tres votos ordinarios y un cuarto voto especial, por el
cual se obligaban, no solamente a buscar limosnas para la redención de
cautivos, sino también a quedarse prisioneros por el rescate de los otros,
cuando fuere necesario. Jaime I en persona acompañó a los investidos a su
Palacio, del cual les cedió una parte para que instalasen su primer convento.
No pasó mucho tiempo
sin que fuese preciso hacer un convento nuevo: tantos fueron los que
solicitaron el ingreso, algunos pertenecientes a la nobleza más ilustre.
Entonces se determinó establecerlo junto a la iglesia de Santa Eulalia, cerca
del mar, en el sitio en que se sitúan hoy la Basílica de la Merced y la
Capitanía General de Cataluña. Ni tampoco tardó Nolasco
en tener el consuelo de ver dilatada su familia religiosa con otras Casas, en
muchas poblaciones catalanas y aragonesas.
LA PRIMERA EXPEDICION
La primera expedición
organizada por el Santo como dirigente de la Orden fue hacia el reino de
Valencia, ocupado todavía por los sarracenos. Poniéndose personalmente al
frente de la misma y empleando los métodos previstos, liberó a muchos
cristianos. A otros tantos, asimismo, en una segunda incursión, en el reino de
Granada. Después de las conquistas de Valencia, Mallorca y Murcia por el Rey
Don Jaime, ya no hubo problema de redenciones en tales reinos. Hubo sí en ellos
fundaciones de conventos mercedarios, por voluntad del mismo Rey, para que
sirvieran de focos de irradiación espiritual y de impulso de la redención en la
que no ha cesado la Orden: la de las almas. Más adelante pasó Nolasco con algunos de sus frailes a Berbería, donde pudo
satisfacer su sed de padecer por Cristo, si ella no hubiera sido insaciable;
porque, además de las fatigas que sufrió, fue encerrado en una mazmorra,
cargado de cadenas, tratado con crueldad y repetidamente puesto en peligro de
muerte. A fuerza de todos estos tormentos y otros sacrificios, pudo llevarse
cautivos en número muy considerable.
RENUNCIA A SU CARGO
Poco tiempo más
tarde, reunió el Santo a sus religiosos para anunciarles su dimisión del cargo
de Padre general y su propósito de vivir el resto de su vida como simple
fraile; pero ninguno aceptó la renuncia, y lo más que logró fue que eligiesen
un Vicario, en el cual resignó todo lo honorífico, reservándose para sí
únicamente el cuidado de distribuir las caridades. Cargado de achaques, no por
esto dejó de aumentar sus penitencias. Se tenía por el más insignificante.
Es difícil ser más humilde
que lo fue él. Firmaba las cartas «Pedro Nolasco,
siervo inútil e indigno», o también: «Pedro Nolasco,
desecho del mundo». Y como le dijesen que estos títulos parecían ridículos,
respondía que la firma debía expresar lo que somos y que él se calificaba tal
como juzgaba ser.
En su última enfermedad sufrió largos y vivos padecimientos, durante los cuales no perdió jamás su habitual dulzura. Sintiendo que se acercaba su hora suprema, reunió a los religiosos de la Casa, recibió los Sacramentos con fervor y se entregó después a la más alta contemplación. Falleció en Nochebuena, con una suavidad inefable, iluminado su rostro por una sonrisa verdaderamente navideña.