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DOMINGO DE GUZMÁN Autor: JESUS
MARTI BALLESTER |
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NIÑEZ Y ADOLESCENCIA Nació en Caleruega (Burgos) en 1171. Su padre, Félix de Guzmán,
era noble acompañante del Rey. Su madre era Juana de Aza no podía
saber entonces que su hijo sería el primer dominico vestido de blanco y
negro. Los cachorros defienden las casas con sus ladridos y con los dientes
si es necesario. Domingo, que ahora es un bebé feliz en los brazos de mamá,
defenderá a la iglesia con la antorcha luminosa de su palabra. A los seis años fue
entregado a un tío suyo, arcipreste, para su educación literaria. A los
catorce años fue enviado al Estudio General de Palencia, el más famoso del
Norte de España, y en el que estudiaban todas las ciencias humanas y
teología. Domingo se entregó de lleno al estudio de la teología. Una gran
hambre sobrevino a toda aquella región de Palencia. Domingo no comprendía
como a él no le faltaba nada y estuviese rodeado de valiosos códices y
libros, mientras otros carecían de lo indispensable para vivir. Y entregó
todo su ajuar a los pobres. Oía constantemente: «Un mandamiento nuevo os doy,
que os améis los unos a los otros como yo os he amado. Un día llegó a su
presencia una mujer llorando y diciendo: «Mi hermano ha caído prisionero de
los moros». Domingo decide venderse como esclavo para rescatar al
desgraciado. Este acto conmovió a Palencia; el Obispo de Osma, don Martín
Bazán, que andaba buscando hombres notables para el Cabildo, le ofreció una
canonjía, cuando Domingo tenía 24 años. Poco después, fue ordenado sacerdote.
Hacia los seis años fue entregado a un tío suyo, arcipreste, para su
educación literaria. Y hacia los catorce fue enviado al Estudio General de
Palencia, el primero y más famoso de toda esa parte de España, y en el que se
estudiaban artes liberales, es decir, todas las ciencias humanas, y sagrada
teología. A esta última se dedicó Domingo con tanto ardor que aun las noches
las pasaba en la oración y el estudio, sobre todo de las Sagradas Escrituras
y de los Santos Padres. Sobre estos textos sagrados iba él organizando en sus
cuadernos una síntesis ordenada de toda la doctrina teológica. ESTUDIO Y ORACION Vivía solo, con su
pequeño mobiliario y sus libros. Y así podía distribuir mejor su tiempo en el
día y en la noche. Para mayor mortificación suprimió el vino, que en su casa
tomaba. Suprimir el sueño para estudiar no era para él mortificación, sino
gozo, pues la doctrina cristiana le embelesaba. Por eso su estudio tenía
tanto de oración y de meditación como de estudio propiamente dicho. Tenía
fama de vivir tan recogido, que más bien parecía un viejo que un joven de
dieciocho o veinte años. Su vida anterior le había preparado para ello, tanto
en su propia casa como en la de su tío el arcipreste. TIEMPO DE GUERRAS Por aquellos tiempos
de guerras casi continuas con los moros y entre los mismos príncipes
cristianos, con arrasamientos de campos, de pueblos y ciudades, con
dificultades enormes para traer de fuera lo que en un pueblo o en una región
faltaba, eran, como no podía por menos de suceder, frecuentes las hambres, y
en ciertos momentos espantosas. Por toda la región de Palencia se extendió
una de esas hambres terribles que llevaban a la muerte muchas gentes. Domingo
convirtió su cuarto en una Limosna, como entonces se decía, o sea en un lugar
donde se daba todo lo que había y todo lo que se podía alcanzar. Y, claro
está, en esa su habitación no quedaron bien pronto más que las paredes. VENDE LOS LIBROS Los libros en que
Santo Domingo estudiaba, eran su más preciado tesoro. Tan preciado, que de
ellos podía depender su porvenir. No había entonces librerías para
comprarlos; había que copiarlos o hacerlos copiar; y de estas dos clases eran
los libros de Domingo. Pero, además, esos libros suyos estaban llenos de
anotaciones y resúmenes dictados por él mismo. Labor, como se ve, de dinero y
de trabajo, nada fácil de realizar. ¡Y cómo duele desprenderse de un
manuscrito propio –al que se tiene más cariño que a un hijo – para nunca más
volverlo a ver!... EL TAMBIEN SE VENDE Pues cuando a estos
libros de Domingo les llegó su vez, ahí está ese tesoro suyo del alma para
venderse también. ¿Que el corazón se le desgarra al venderlos? «Pero, ¿cómo
podré yo seguir estudiando en pieles muertas (pergaminos), cuando hermanos
míos en carne viva se mueren de hambre?» Así respondió Domingo a los que les
reprochaban aquella venta. Y bien vale la exclamación por toda una epopeya.
Pero hay todavía más: Domingo vendió cuanto tenía. Pero, ¿y las palabras del
Señor: «Amaos como Yo os he amado?» ¿Y no quiso el mismo Cristo ser vendido
por nosotros y para nuestro bien? Llega un día una mujer llorando
amargamente: «Mi hermano ha caído prisionero de los moros». A Domingo no le
queda ya nada que dar sino a sí mismo. Pues bien; ahí está él; irá a venderse
como esclavo para rescatar al desgraciado por el cual se le rogaba. PALENCIA CONMOVIDA Estos conmovió a
Palencia; y entre estudiantes y profesores se produjo tal movimiento de
piedad y caridad que se hizo innecesario vender libros ni vender personas,
sino que de las arcas, salió en seguida dinero suficiente para todo. Y hasta
salieron de aquí algunos que, al fundar Domingo su Orden, le siguieron,
consagrándose a Dios hasta la muerte. Y no sólo por Palencia corrió la voz
sino por todo el reino de Castilla, dando lugar a que el obispo de Osma, don
Martín Bazán, que andaba buscando hombres notables para su Cabildo, rogó a
Domingo que aceptase en su catedral una canonjía. CANONIGO DE OSMA La aceptación de esta
canonjía suponía para Domingo un paso decisivo hacia el ideal de vida
apostólica con que soñaba. Los Cabildos regulares de San Agustín, fundados
durante el último siglo con espíritu religioso y ansias de perfección, con
vida común y pobreza personal, eran comunidades religiosas, aunque en los
últimos tiempos habían decaído mucho. El obispo de Osma, en cosa de seis
años, tuvo que sustituir a nueve de sus doce canónigos por inobservantes. Por
eso buscaba santos, como el joven Domingo, para sustituirlos. Y fue tan honda
la reforma de este Cabildo, que perseveró en su vida de perfección hasta
fines del siglo XV, en que todos los Cabildos de España se habían ya
secularizado. Tenía Domingo veinticuatro años cuando aceptó esa canonjía. Y
poco después, al cumplir la edad canónica de veinticinco, fue ordenado
sacerdote. SU HUMILDAD Desde el primer
momento el canónigo Domingo comenzó a brillar por su santidad y ser modelo de
todas las virtudes; el último siempre en reclamar honores, que aborrecía, y
el primero para cuanto significaba humillaciones y trabajos. Su virtud
atraía. Y, como de él se dijo en su vida de apostolado, nadie se acercaba a
él que no se sintiese dulce y suavemente atraído hacia la virtud. Era
entonces prior del Cabildo don Diego de Acevedo, sucesor del obispo don
Martín a su muerte. A Domingo le eligieron sub-prior sus compañeros cuando le
hicieron canónigo. En 1199 aparece también como sacristán del Cabildo, o,
director del culto de la catedral. Estos dos cargos obligaron a Domingo a
darse más de lleno al apostolado y ser modelo de perfección en todo. VIDA MAS ACTIVA QUE CONTEMPLATIVA A diferencia de los
antiguos monjes, que alternaban la oración con el trabajo manual, los
canónigos regulares debían dedicarse más de lleno que a la vida
contemplativa, al culto divino y a los sagrados ministerios; que para ellos eran
especialmente dedicados. Domingo, pues, como sub-prior del Cabildo y como
sacristán, tendría a su cargo la enseñanza de la religión, en la catedral y
en otras iglesias que del Cabildo dependían; bautizar, confesar, dar la
comunión, dirigir el culto, etc., todo ello junto con una vida de
apartamiento del mundo y de pobreza voluntaria, teniéndolo todo en común a
imitación de los apóstoles. A DINAMARCA. LOS ALBIGENSES Surgió en el siglo XII
en el mediodía francés, la herejía albigense, perniciosa y pertinaz, que ni
el clero local ni los monjes cistercienses lograron desarraigar. El Rey
Alfonso VIII había encargado al Obispo de Osma, en 1203, la misión de
dirigirse a Dinamarca a pedir la mano de una dama para su hijo Fernando. El
Obispo acepta y como compañero de viaje lleva a Domingo. Al pasar por
Francia, Flandes, Renania e Inglaterra, Domingo quedo profundamente dolorido
al contemplar las herejías. Los cátaros, los valdenses, y otras herejías,
procedentes del maniqueísmo oriental, lo llenaban todo e incluso tenían
Obispos propios. Negaban todos los dogmas, la unicidad de Dios, NACE UN APÓSTOL DE En 1207, empieza una
nueva etapa en la vida de Domingo. Con algunos compañeros, y con su propio Obispo,
se entrega a la vida apostólica, vive de limosna, renuncia a toda comodidad,
camina a pie y descalzo, sin casa y sin más ropa que la puesta, y
comprendiendo la necesidad de instruir a aquellas gentes incultas, determinó
que su Orden fuera una Orden de predicadores, dispuestos a recorrer pueblos y
ciudades para llevar a todos la luz del Evangelio. Les procura una buena
formación teológica. Más tarde, uno de sus discípulos en “DOMINGO, SIEMBRAS MUCHO Y RIEGAS POCO”. Una noche en Fangeaux,
tiene una revelación respaldada por numerosos documentos pontificios. Estando
en su convento de Prouille, en la capilla, le suplicó a Nuestra Señora que lo
ayudara, pues no estaba logrando casi nada. LOS ESTRAGOS DE Vueltos Acevedo y
Domingo a Provenza, y conociendo más y más los estragos de la herejía, que
todo lo iba dominando, pues se servía de toda clase de armas, la calumnia, el
incendio, el asesinato..., decidieron quedarse allí. La lucha entre herejes y
católicos era sumamente desigual. Pues, además de que los herejes no
reparaban en medios, tenían bandas de predicadores que iban por todas partes
propagando su doctrina. Por parte de los católicos, en cambio, sólo podían
predicar los obispos o algunos delegados suyos; y algunos, delegados del
Papa, pero siempre, con misiones muy concretas de tiempos y lugares. Los
albigenses alardeaban de practicar a la perfección la moral evangélica y
acusaban a En el seno de ESTAR EN CONTACTO CON EL PUEBLO Además, estas comunidades,
vivían separadas del pueblo, mientras que los herejes vivían insertos en él.
Además, al pueblo suelen preocuparle menos los dogmas que la moral, y cree
siempre más en las obras que en las palabras. Cuando el obispo de Osma y el
sub-prior llegaron a darse cuenta de la situación, comenzaron a advertir al
Papa. Entre aquella inmensa corrupción, que lo inundaba todo, comenzaban a
sentirse por doquier ansias de verdadera vida evangélica, y se hacía cada vez
más claro que para conquistar al mundo, tan extraviado y corrompido, había
que volver al modo de predicar y de vivir que los mismos apóstoles
practicaron. En la primavera de
1207 hubo un encuentro en Montpellier entre algunos legados cistercienses del
Papa, por una parte, y el obispo de Osma y Domingo, por otra, sobre el
sistema a seguir en la lucha contra los herejes. El de Osma renunció a todo
su boato episcopal para abrazar con Domingo la vida estrictamente apostólica,
viviendo de limosnas, que diariamente mendigaban, renunciando a toda comodidad,
caminando a pie y descalzos, sin casa ni habitación propia en la que
retirarse a descansar, sin más ropa que la puesta, etc. Domingo por ese
tiempo ya no quería que le llamasen sub-prior ni canónigo, sino tan sólo fray
Domingo, y su obispo se había adaptado también perfectamente a esta pobreza
de vida. MEJORA La lucha contra los
herejes fue cambiando más y más a favor de los católicos. Los misioneros
papales aumentaron notablemente en cantidad y calidad, llevando una vida
enteramente apostólica y repartiéndose por toda la región. Domingo se quedó
en Prulla, cerca de Fangeaux, con buenas comunicaciones. Era ya predicador
pontificio y delegado del Papa. Al jefe de la misión, que era Domingo, se le
llamaba magíster praedicationis. Domingo reunió en Prulla un grupo de damas
convertidas de la herejía, a las que fue dando algunas normas y reglas de
vida, que se convirtieron en constituciones religiosas, calcadas sobre las de
los dominicos. Y habiéndose ido a sus abadías los abades cistercienses que
formaban el grupo principal de la misión; y a Osma don Diego de Acevedo para
volver a Francia, habiendo sido asesinado el principal legado del Papa y
director de aquella gran misión, las cosas cambiaron, y Domingo, cuando más
ayudas necesitaba, se quedó solo. El asesinato de Pedro de Castelnau se
atribuyó al conde de Tolosa, que fue excomulgado, el Papa exoneró a sus
súbditos de la obediencia debida y promovió contra él una cruzada,
capitaneada por Simón de Montfort, que marca uno de los períodos más
sangrientos de toda esta época. Domingo no era
partidario de estos procedimientos; no aceptaba otras armas que los ejemplos,
la predicación y la doctrina; por lo cual, cuando toda aquella región era el
escenario de una guerra de las más sangrientas, él se recluyó en Prulla, para
sostener allí, cuando menos, un grupito de compañeros, que ya tenía, y otro
grupo mayor de mujeres convertidas, base del convento de monjas. En 1212
quisieron hacerle obispo de Cominges; pero él rehusó humildemente, alegando que
no podía abandonar la formación de esta doble comunidad. PREDICA EN CARCASONA En 1213, Domingo
predica EL ROSARIO Estando en Fangeaux
una noche en oración, parece haber tenido una revelación especial, de la
cual, como es natural, no queda documento fehaciente; queda solamente un
monumentito del tiempo posterior llamado Seignadou. Y allí parece haber
tenido el Santo cierta visión que le impresionó grandemente. ¿La revelación
del rosario? Los santos nunca suelen sacar al público estos secretos. Entrar
con más detalles en esto de la fundación del rosario no es fácil. La
tradición unánime hasta tiempos muy recientes, avalada por gran multitud de
documentos pontificios y con multitud de argumentos de toda clase, a Santo
Domingo atribuye la fundación del rosario. POBREZA AL SALIR A PREDICAR DE DOS EN DOS Desde 1214 vuelve
Domingo a su predicación y apostolado. Los testigos del proceso de su
canonización nos ofrecen datos. Nunca iba solo, sino con un compañero, pues
Jesucristo enviaba a sus discípulos a predicar de dos en dos. Solía llevar
consigo un bastón. Uno de estos bastones se conserva todavía en Bolonia.
Ninguna clase de equipaje ni bolsillos ni alforjas, sino tan sólo, en la
única túnica remendada y pobrísima una especie de repliegue sobre el
cinturón, en el que llevaba el Evangelio de San Mateo, las Epístolas de San
Pablo y una navajita sin punta, para cortar el pan duro que le daban. Iba
ceñido con una correa, como los canónigos de San Agustín a que pertenecía. Caminaba siempre
descalzo. Lo cual dio lugar a que un hereje le guió por los sitios más malos,
llenos de piedras y espinos, de modo que al poco rato Domingo y su compañero
llevaban los pies deshechos y ensangrentados. Domingo entonces comenzó a dar
gracias a Dios y al guía, porque con aquel sacrificio, decía, era bien seguro
que su predicación produciría gran fruto. Y hasta el mismo guía se convirtió. MISION POLITICA El rey Alfonso VIII
había encargado al obispo de Osma, don Diego de Acevedo, en 1203, dirigirse a
Dinamarca a pedir para su hijo Fernando, de trece años, la mano de una dama
noble. El obispo aceptó. Y por compañero de viaje escogió a Domingo,
dirigiéndose con él por Zaragoza a Tolosa de Francia. Pero allí observaron
que toda esta región, y aun, al parecer, toda Francia, Flandes, Renania, y
hasta Inglaterra y Lombardía, estaban grandemente infectadas de perniciosas
herejías. Los cátaros, los valdenses o pobres de Lyón, y otras herejías
procedentes del maniqueísmo oriental, lo llenaban todo. Tenían hasta obispos
propios. Y hasta llegaron a celebrar un concilio, presidido por un tal
Nicetas, que se decía papa, venido de Constantinopla. Los poderes civiles, en
general, de manera más o menos solapada, les favorecían. Su aspecto exterior
era de lo más austero: vestían de negro, practicaban la continencia absoluta
y se abstenían de carnes y lacticinios. Negaban todos los dogmas católicos,
la unicidad de Dios, la redención por la cruz de Cristo, los sacramentos,
etc., etc. Con la afirmación de dos dioses, uno bueno y otro malo, su
religión venía a ser solamente una actitud pesimista frente a la vida, de la
cual había que librarse por esa austeridad y mortificaciones con las que
deslumbraban a las muchedumbres. Desde San Bernardo,
sobre todo, se venía luchando contra ellos sin conseguir apenas resultado
alguno. En esta zona de Francia se les llamaba albigenses, por tener en la
ciudad de Albi uno de sus centros principales. La primera noche en Tolosa
tuvo Domingo ocasión de encontrarse cara a cara con uno de ellos, su propio
huésped. Le pidió razón de sus errores, y el hereje se defendió como pudo. Y
así la noche entera. Hasta que, al fin, el hereje, profundamente impresionado
por el amor y la ternura con que le hablaba Domingo, reconoció sus propios
errores y abandonó la herejía. A la mañana siguiente Acevedo y Domingo
continuaron su viaje a Dinamarca, donde cumplieron bien su misión, aunque el
matrimonio, concertado así por poder o por procurador, no llegó jamás a
consumarse, a pesar de un segundo viaje hecho en 1205 por los mismos dos
embajadores. Los cuales habían descubierto al norte de Europa un mundo no ya
de herejes, sino de paganos, con muchas mayores dificultades para su
evangelización, mundo que ya no se borrará jamás de su alma. SIEMPRE HABLANDO CON DIOS O DE DIOS En los caminos iba
siempre hablando de Dios y predicando a los compañeros de viaje. Y cuando no
comenzaba a cantar himnos y cánticos religiosos. Cuando el concilio de
Montpellier, prohibió a los predicadores católicos ir descalzos, Santo
Domingo llevaba sus zapatos al hombro y se los ponía al entrar en pueblos y
ciudades. Ninguna defensa llevaba en sus viajes contra el sol, aun en lo más
ardiente del verano, ni contra la lluvia o la nieve. Y cuando llegaba a un
pueblo con su túnica de lana empapadísima y le invitaban a que, se acercase
al fuego para secarse, él se disculpaba amablemente yéndose a rezar a la
iglesia. Como consecuencia solía estar lleno de dolores, en los que se
gozaba. Sus mortificaciones eran continuas e inexorables. Su camisa estaba
tejida con crines de cola de buey o de caballo. Por debajo de ella tenía
otros cilicios de hierro y, fuertemente ceñida a la cintura, una cadena, que
no se quitó hasta su muerte. Con cadenillas de hierro también se disciplinaba
todas las noches varias veces. No tuvo lecho jamás, y, cuando en sus viajes
se lo ponían, lo dejaba siempre intacto, durmiendo en el suelo y sin utilizar
siquiera una manta para cubrirse, aun en tiempos de mucho frío. En los
conventos ni celda siquiera tenía, pasando la noche en la iglesia en oración.
Para morir tuvieron que llevarle a una celda prestada. Parcísimo en el comer,
ayunaba en las cuaresmas a pan y agua. Jamás tuvo miedo a las
amenazas que los herejes le dirigían. Un día unos sicarios, comprados por los
herejes, le esperaban para matarle. Mas aquel día no pasó por allí el siervo
de Dios. Y, habiéndole encontrado tiempo más tarde, le dijeron que qué
hubiera hecho de haber caído en sus manos, a lo que les respondió: «Os
hubiera rogado que no me mataseis de un solo golpe, sino poco a poco, para
que fuese más largo mi martirio; que fuerais cortando en pedacitos mi cuerpo
y que luego me dejaseis morir lentamente, hasta desangrarme del todo». ¡Qué
grandeza! ¡Qué amor a la cruz y al que en ella quiso por nosotros morir! DOS SEGUIDORES Dos importantes
caballeros de Tolosa se le ofrecieron para seguirle, no como los demás discípulos
que le acompañaban, sino incorporándose plenamente con él. Uno de ellos,
Pedro Seila, iba a heredar de su padre tres casas en la ciudad de Tolosa, y
de aquí salió la primera fundación de dominicos, pues antes del año estaban
las tres llenas de gente. El obispo, al aprobarles la fundación, había
declarado a Domingo y a sus compañeros vicarios suyos en orden a la
predicación, y en esto en forma permanente y sin especial nombramiento, cosa
hasta entonces completamente desconocida en la historia de APROBACION DE El Papa quería y
veneraba mucho a Domingo, y cuanto más le iba tratando más le veneraba y le
quería. Y, después de algunas vacilaciones y muchas consultas, dio su bula de
21 de enero de 1217, concediéndole a Domingo la confirmación de su Orden.
Estando Domingo en Roma, se le aparecieron una noche en oración los apóstoles
San Pedro y San Pablo y, entregándole un báculo y un libro, le dijeron ambos
a la vez: «Ve y predica». Confirmada EN PARIS MAS DE TREINTA DOMINICOS En 1219 visitó Domingo
su comunidad de París, que tenía ya más de treinta dominicos, varios de ellos
con el título de doctor. De modo que, no sólo tenían derecho a enseñar, sino
que podían hacerlo en su propia casa, que ya entonces estaba establecida en
lo que fue después, y vuelve a ser hoy, convento de Saint Jacques. En Bolonia
le sucedió una cosa parecida, pues en 1220, por la acción del Beato
Reginaldo, doctor también de París, y otros varios, que por él habían
ingresado en En 1220 las herejías
de cátaros, albigenses, etc., se habían extendido muchísimo por Italia. El
papa Honorio III, determinó organizar una gran Misión. Pero, en vez de poner
al frente de ella algún cardenal, o algunos abades cistercienses, encomendó
la dirección a Domingo, con facultad para declarar misioneros a sus propios
hijos, y reclutar misioneros entre los mismos cistercienses, benedictinos,
agustinos, etc. Domingo acabó y agotó sus fuerzas por completo. Venía
padeciendo mucho de varias enfermedades, sin querer cuidarse ni de dejar de
predicar un solo día muchas veces y a todas horas. SU MUERTE El día 28 de julio
llegó a su convento de Bolonia verdaderamente deshecho y casi moribundo. Pero
no quiso celda ni lecho, sino que, después de predicar a los novicios, se fue
a la iglesia a pasar la noche en oración. El 1 de agosto no pudo levantarse
del suelo ni tenerse en pie, y por primera vez en su vida aceptó que le
pusieran un colchón de lana, en una celda, que le dejaron prestada. La
intensidad de la fiebre le transpone a ratos. Otras veces toma aspecto como
de estar en contemplación, y otras mueve los labios rezando, otras pide que
le lean algunos libros; jamás se queja; cuando tiene alientos para ello habla
de Dios, y la expresión de su rostro demacrado sigue siempre dulce y
sonriente. El 6 de agosto habla a
toda la comunidad del amor de las almas, de la humildad, de la pureza,
condición necesaria para producir grande fruto. Después hace confesión
general con los doce padres más graves de la comunidad, que más tarde
declararon no haber encontrado en él ningún pecado, sino muy leves faltas. BAJO LOS PIES DE MIS HERMANOS Después, dijo: «Quiero
ser enterrado bajo los pies de mis hermanos». Y viéndoles a todos llorar,
añadió: «No lloréis, yo os seré más útil y os alcanzaré mayores gracias
después de mi muerte». Y ante una súplica del prior levantó las manos al
cielo, diciendo: «Padre Santo, bien sabes que con todo mi corazón he
procurado siempre hacer tu voluntad. He guardado y conservado a los que me
diste. A Ti te los encomiendo: Consérvalos, guárdalos». Y volviéndose a la
comunidad, preparada para rezar las preces por los agonizantes, les dijo:
«Comenzad». Y, al oír: «Venid en su ayuda, santos de Dios», levantó las manos
al cielo y expiró. Era el 6 de agosto de 1221, cuando no había cumplido aún
cincuenta años. Ofició en sus funerales el cardenal Hugolino, legado del
Papa, al que había de suceder bien pronto, y que le había de canonizar. SU PERFIL Una de las monjas
admitida por él «De estatura media, cuerpo delgado, rostro hermoso y
ligeramente sonrosado, cabellos y barba tirando a rubios, ojos bellos. De su
frente y cejas irradiaba una especie de claridad que atraía el respeto y la
simpatía de todos. Se le veía siempre sonriente y alegre, a no ser cuando
alguna aflicción del prójimo le impresionaba. Tenía las manos largas y
bellas. Y una voz grave, bella y sonora. No estuvo nunca calvo, sino que
tenía su corona de pelo bien completa, entreverada con algunos hilos
blancos.» Fue canonizado por
Gregorio IX en 1234. Y sus restos descansan en la hermosa basílica del
convento de Predicadores de Bolonia, en una bellísima y artística capilla. |
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JESUS
MARTI BALLESTER |
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