
3 DE JUNIO
SANTOS CARLOS LUANGA Y COMPAÑEROS, MÁRTIRES
Entre los años 1885 y 1887 muchos cristianos de Uganda fueron condenados a muerte por el rey Muanga; algunos eran funcionarios de la corte o muy allegados a la persona del rey. Entre éstos sobresalen Carlos Luanga y sus veintiún compañeros que, firmes en la fe católica, fueron degollados o quemados. por negarse a satisfacer los impuros deseos del monarca.
Carlos Luanga, Matías Calemba Murumba, Andrés Cagua y otros hasta veintidós, son los protomártires del Africa negra, parte del centenar de cristianos, entre católicos y anglicanos, que fueron víctimas de la persecución del vicioso rey Muanga de Uganda, en África central, en la región de los grandes lagos. Después de terribles tormentos, Luanga y doce compañeros de martirio murieron en Rubaga, el 3 de junio de 1886; una parte de los demás fueron coronados por el martirio el 26 de mayo del mismo año, y los últimos el 27 de enero siguiente. La canonización tuvo lugar en 1964.
DE LA HOMILÍA PRONUNCIADA POR EL PAPA PABLO SEXTO EN LA CANONIZACIÓN DE LOS MÁRTIRES DE UGANDA
La gloria de los mártires, signo de regeneración
Estos mártires africanos vienen a añadir a este catálogo de vencedores, que es el martirologio, una página trágica y magnífica, verdaderamente digna de sumarse a aquellas maravillosas de la antigua África, que nosotros, modernos hombres de poca fe, creíamos que no podrían tener jamás adecuada continuación.
¿Quién podría suponer, por ejemplo, que a las emocionantísimas historias de los mártires escilitanos, de los cartagineses, de los mártires de la «blanca multitud» de Utica, de quienes san Agustín y Prudencio nos han dejado el recuerdo, de los mártires de Egipto, cuyo elogio trazó san Juan Crisòstomo, de los mártires de la persecución de los vándalos, hubieran venido a añadirse nuevos episodios no menos heroicos, no menos espléndidos, en nuestros días?
¿Quién podía prever que, a las grandes figuras históricas de los santos mártires y confesores africanos, como Cipriano, Felicidad y Perpetua, y al gran Agustín, habríamos de asociar un dia los nombres queridos de Carlos Luanga y de Matías Mulumba Kalemba, con sus veinte compañeros? Y no queremos olvidar tampoco a aquellos otros que, perteneciendo a la confesión anglicana, afrontaron la muerte por el nombre de Cristo.
Estos mártires africanos abren una nueva época, quera Dios que no sea de persecuciones y de luchas religiosas, sino de regeneración cristiana y civil.
El África, bañada por la sangre de estos mártires, los primeros de la nueva era —y Dios quiera que sean los últimos, pues tan precioso y tan grande fue su holocausto , resurge libre y dueña de sí misma.
La tragedia que los devoró fue tan inaudita y expresiva que ofrece elementos representativos suficientes para Ia formación moral de un pueblo nuevo, para la fundación de una nueva tradición espiritual, para simbolizar y promover el paso desde una civilización primitiva —no desprovista de magníficos valores humanos, pero contaminada y enferma, como esclava de sí misma— hacia una civilización abierta a las expresiones superiores del espíritu y a las formas superiores de la vida social.
Dios nos contempla, Cristo y sus ángeles nos miran, mientras luchamos por la fe. Qué dignidad tan grande, qué felicidad tan plena es luchar bajo la mirada de Dios y ser coronados por Cristo. Aleluya.
Revistámonos de fuerza y preparémonos para la lucha con un espíritu indoblegable, con una fe sincera, con una total entrega.
Señor, Dios nuestro, tú haces que la sangre de los mártires se convierta en semilla de nuevos cristianos; concédenos que el campo de tu Iglesia, fecundo por la sangre de san Carlos Luanga y de sus compañeros, produzca conti-nuamente, para gloria tuya, abundante cosecha de cristianos. Por nuestro Señor Jesucristo. Amén.