
San Juan de Capistrano.
FRANCISCANO
predicador.
Año 1456.
FAMOSO PREDICADOR
Es uno de los predicadores más
famosos que ha tenido la Iglesia Católica.
Nació en un pueblecito llamado Capistrano, en la región montañosa de Italia, en
1386. Fue un estudiante sumamente consagrado a sus deberes y llegó a ser
abogado y juez, y gobernador de Perugia. Pero en una guerra contra otra ciudad
cayó prisionero, y en la cárcel se puso a meditar y se dio cuenta de que en vez
de dedicarse a conseguir dinero, honores y dignidades en el mundo, era mejor
dedicarse a conseguir la santidad y la salvación en una comunidad de
religiosos, y entró de franciscano.
VENCER LA VANIDAD
Como era muy vanidoso y le
gustaba mucho aparecer, dispuso vencer su orgullo recorriendo la ciudad
cabalgando en un pobre burro, pero montado al revés, mirando hacia atrás, y con
un sombrero de papel en el cual había escrito en grandes letras: "Soy un
miserable pecador". La gente le silbó y le lanzaron piedras y basura. Así
llegó hasta el convento de los franciscanos a pedir que lo recibieran de religioso.
SOMETIDO A PRUEBAS
El Padre maestro de novicios
dispuso ponerle pruebas muy duras para ver si en verdad este hombre de 30 años
era capaz de ser religioso humilde y sacrificado. Lo humillaba sin compasión y
lo dedicaba a los oficios más agotadores y humildes, pero Juan en vez de
disgustarse le conservó una profunda gratitud por toda su vida, pues le supo
formar un verdadero carácter, y lo preparó para enfrentarse valientemente a las
dificultades de la vida. Él recordaba muy bien aquellas palabras de Jesús:
"Si el grano de trigo no cae en tierra y no muere, se queda sin producir
fruto, pero si muere producirá mucho fruto"(Jn. 12,24).
SACERDOTE
A los 33 años fue ordenado de
sacerdote y luego, durante 40 años recorrió toda Europa predicando con enormes
éxitos espirituales. Tuvo por maestro de predicación y por guía espiritual al
gran San Bernardino de Siena, y formando grupos de seis y ocho religiosos se
distribuyeron primero por toda Italia, y después por los demás países de Europa
predicando la conversión y la penitencia. Juan tenía que predicar en los campos
y en las plazas porque el gentío tan enorme no cabía en las iglesias.
Su presencia de predicador era
impresionante.

Flaco, pálido, penitente, con voz
sonora y penetrante; un semblante luminoso, y unos ojos brillantes que parecían
traspasar el alma, conmovía hasta a los más indiferentes. La gente lo llamaba
"El padre piadoso", "el santo predicador". Vibraba en la
predicación de las verdades eternas. La gente al verlo y oírlo recordaba la
figura austera de San Juan Bautista predicando conversión en las orillas del
río Jordán. Y les repetía las palabras del Bautista: "Raza de víboras:
tienen que producir frutos de conversión. Porque ya está el hacha de la
justicia divina junto a la vida de cada uno, y árbol que no produce frutos de
obras buenas será cortado y echado al fuego" (Lc. 3,7).
CONVERSIONES
Muchos pedían a gritos la
confesión, prometiendo cambiar de vida y estallaban en llanto de
arrepentimiento. Las gentes traían sus objetos e superstición y los libros de
brujería y otros juegos y los quemaban en públicas hogueras en la mitad de las
plazas.
Muchos jóvenes al oírlo predicar se proponían irse religiosos. En Alemania
consiguió 120 jóvenes para las comunidades religiosas y en Polonia 130. Sus sermones
eran de dos y tres horas, pero a los oyentes se les pasaba el tiempo sin darse
cuenta. Atacaba sin miedo a los vicios y malas costumbres, y muchísimos,
después de escucharle, dejaban sus malas amistades y las borracheras. Después
de predicar se iba a visitar enfermos, y con sus oraciones y su bendición
sacerdotal obtenía innumerables curaciones.
ESPIRITU DE PENITENCIA
Juan convertía pecadores no sólo
por su predicación tan elocuente y fuerte, sino por su gran espíritu de
penitencia. Dormía pocas horas cada noche. Vestía siempre trajes sumamente
pobres. Comía muy poco, y siempre alimentos burdos y nunca comidas finas ni
especiales. Una artritis muy dolorosa lo hacía cojear y dolores muy fuertes de
estómago lo hacían retorcerse, pero su rostro era siempre alegre y jovial. En
su cuerpo era débil pero en su espíritu era un gigante. Después de muerto
reunieron los apuntes de los estudios que hizo para preparar sus sermones y
suman 17 gruesos volúmenes.
VICARIO GENERAL
La Comunidad Franciscana lo
eligió por dos veces como Vicario General, y aprovechó este altísimo cargo para
tratar de reformar la vida religiosa de los franciscanos, llegando a conseguir
que en toda Europa esta Orden religiosa llegara a un gran fervor.
CONTRADICCION
Muchos se le oponían a sus ideas
de reformar y de volver más fervorosos a los religiosos. Y lo que más lo hacía
sufrir era que la oposición venía de sus mismos colegas en el apostolado. Se
cumplía en él lo que dice el Salmo: "Aquél que comía conmigo el pan en la
misma mesa, se ha declarado en contra de mí". Pero esas incomprensiones le
sirvieron para no dedicarse a buscar las alabanzas de las gentes, sino las
felicitaciones de Dios. Él repetía la frase de San Pablo: "Si lo que busco
es agradar a la gente, ya no seré siervo de Cristo".
DIPLOMATICO
Juan tenía unas dotes nada
comunes para la diplomacia. Era sabio, era prudente, y medía muy bien sus
juicios y sus palabras. Había sido juez y gobernador y sabía tratar muy bien a
las personas. Por eso cuatro Pontífices, Martín V, Eugenio IV, Nicolás V y
Calixto III, lo emplearon como embajador en muchas y muy delicadas misiones
diplomáticas y con muy buenos resultados. Tres veces le ofrecieron los Sumos
Pontífices nombrarlo obispo de importantes ciudades, pero prefirió seguir siendo
humilde predicador, pobre y sin títulos honoríficos.
LIBERAR DE LOS TURCOS
40 años llevaba Juan predicando
de ciudad en ciudad y de nación en nación, con enormes frutos espirituales,
cuando a la edad de 70 años lo llamó Dios a que le colaborara en la liberación
de sus católicos en Hungría. En 1453 los turcos musulmanes se habían apoderado
de Constantinopla, y se propusieron invadir Europa para acabar con el
cristianismo. Y se dirigieron a Hungría. Las noticias que llegaban de Serbia,
nación invadida por los turcos, eran impresionantes. Crueldades salvajes contra
los que no quisieran renegar de la fe en Cristo, y destrucción de todo lo que
fuera católico. Juan se fue a Hungría y recorrió toda la nación predicando al
pueblo, incitándolo a salir entusiasta en defensa de su santa religión. Las
multitudes respondieron a su llamada, y pronto se formó un buen ejército de
creyentes. Los musulmanes llegaron cerca de Belgrado con 200 cañones, una gran
flota de barcos de guerra por el río Danubio, y 50,000 terribles jenízaros de a
caballo, armados hasta los dientes. Los jefes católicos pensaron en retirarse
porque eran muy inferiores en número. Pero aquí intervino Juan de Capistrano.
BUCAREST SALVADA
El gran misionero salvó a la
ciudad de Bucarest convenciendo al jefe católico Hunyades a que atacara la
flota turca que era mucho más numerosa. Atacaron y salieron vencedores los
católicos. Cuando ya los católicos estaban dispuestos a abandonar la fortaleza
de la ciudad y salir huyendo. Juan se dedicó a animarlos, llevando en sus manos
una bandera con una cruz y gritando sin cesar: Jesús, Jesús, Jesús. Los
combatientes cristianos se llenaron de valor y resistieron heroicamente. Cuando
ya Hunyades y sus generales estaban dispuestos a abandonar la ciudad, juzgando
la situación insostenible, ante la tremenda desproporción entre las fuerzas
católicas y las enemigas, Juan recorrió todos los batallones gritando
entusiasmado: "Creyentes valientes, todos a defender nuestra santa
religión". Entonces los católicos dieron el asalto final y derrotaron
totalmente a los enemigos que tuvieron que abandonar aquella región. Jamás
empleó armas materiales. Sus armas eran la oración, la penitencia y la fuerza
irresistible de su predicación.
LOS SOLDADOS ORANTES
Las gentes decían que aquellos
cuarteles de guerreros más parecían casas de religiosos que campamentos
militares, porque allí se rezaba y se vivía una vida llena de virtudes. Todos
los capellanes celebraban cada día la santa misa y predicaban. Muchísimos soldados
se confesaban y comulgaban. Y los militares repetían en sus batallones:
"Tenemos un capellán santo. Hay que portarse de manera digna de este gran
sacerdote que nos dirige. Si nos portamos mal no vamos a conseguir victorias
sino derrotas". Y los oficiales afirmaban: "Este padrecito tiene más
autoridad sobre nuestros soldados, que el mismo jefe de la nación".
EL PAPA Y LOS CATÓLICOS SE UNEN CON LA ORACIÓN DEL ÁNGELUS
Mientras los católicos luchaban
con las armas en Hungría, el Sumo Pontífice hacía rezar en todo el mundo el
Angelus por los guerreros católicos y la Sma. Virgen consiguió de su Hijo una
gran victoria. Con razón en Budapest le levantaron una gran estatua a San Juan
de Capistrano, porque salvó la ciudad de caer en manos de los más crueles enemigos
de nuestra santa religión.
DIOS ACEPTA SU OFRECIMIENTO
Y sucedió que la cantidad de muertos en aquella descomunal batalla fue tan grande, que los cadáveres dispersados por los campos llenaron el aire de putrefacción y se desató una furiosa epidemia de tifus. San Juan de Capistrano había ofrecido a Dios su vida con tal de conseguir la victoria contra los enemigos del catolicismo, y Dios le aceptó su oferta. El santo se contagió de tifus, y como estaba tan débil a causa de tantos trabajos y de tantas penitencias, murió el 23 de octubre de 1456.