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EN VALENCIA SOLEMNIDAD DE LA
VIRGEN DE LOS DESAMPARADOS 1."Alégrense los que en tí confían, Virgen María; y en tí se regocijen los
que aman tu nombre" Salmo 5,12. 2. Nos dice la tradición que su
devoción comienza en el año 1380, cuando un grupo de cristianos valencianos,
formaron una hermandad para recoger a los niños desamparados, expósitos,
abandonados por sus madres. Dos años después nombraron patrona de la
hermandad a la Virgen y decidieron tallar una imagen, a la que se le daría el
título, naturalmente, de Madre de los Desamparados. Tres peregrinos jóvenes
se ofrecieron como escultores a tallarla. La hermandad, al cabo de tres días
encontró tallada la imagen, desaparecidos los peregrinos, y curada la esposa
de un miembro de la hermandad, paralítica y ciega. El suceso dio origen a la
leyenda de que "la feren els ángels". Con las limosnas de los
fieles construyeron una ermita a la imagen. En 1646 una epidemia que asolaba
la ciudad, atacó al mismo virrey, el Conde de Oropesa, quien se encomendó a
la Virgen de los Desamparados y cesó la epidemia. Esta gracia determinó
consagrarla Patrona de la ciudad y del Reino y que se le construyera el
templo, hoy Basílica, junto a la Catedral. La imagen es muy bella. Mide siete
palmos valencianos de altura y está inclinada hacia adelante, para ser
depositada sobre el féretro de los ajusticiados, de donde proviene su nombre
de "Geperudeta". El rostro es hermoso y maternal, risueño y
acogedor. También el del Niño que lleva en su brazo izquierdo, es lindo y
gracioso. En su mano derecha lleva una rosa de plata, sobre la que también se
cuentan hermosas leyendas. Bajo su rico manto se cobijan dos niños, con una
herida en el cuello, símbolo del título de Desamparados. El segundo domingo
de mayo, en un acto impresionante e indescriptible. es trasladada de su
Basílica a la Catedral para la fiesta pontifical, y su traslado es fervoroso,
apoteósico y delirante: torrentes de flores y alabanzas recibe la Madre de
todos los valencianos. Todo el mundo vibra, todos la aclaman, la vitorean, la
besan, se encaraman los más audaces para tocar su manto, para presentarle a
sus niños. La belleza de la santa imagen, que plasma el texto del Apocalipsis
21,1: "Arreglada como una novia que se adorna para su esposo", hace
las delicias espirituales de su pueblo con su hermosura angelical. Así lo
quiere el pueblo, y así ve en ella la figura del cielo nuevo y la tierra
nueva" que nos presagia que el mundo primero de pecado, de
crueldad, impiedad, odio, desorden, ambición e injusticia, ya ha pasado.
4. Clavado en la cruz Jesús, amargado su espíritu por tanta humillación, triturado su cuerpo por tanta crueldad, aniquilado por dentro y por fuera, nos relata San Juan, testigo presencial y fiel, que "Jesús, al ver a su madre, y cerca al discípulo que tanto quería, dijo a su madre: -Mujer, ahí tienes a tu hijo. Luego al discípulo: -Ahí tienes a tu madre" Juan 19, 27. En Caná le dijo a su madre "que aún no había llegado su hora" (Jn 2,1). Esta es la hora suya y de ella, porque donde está el Hombre Redentor está la Mujer Corredentora, la Compañera, la Ayuda. Y por eso la llama: "Mujer" y no Madre, que sería lo natural, porque aquí al pie de la cruz no sólo es su Madre, sino que está asociada al plan salvífico y redentor. Aquí, donde se está librando la tremenda batalla con la serpiente, es la mujer del Génesis que le aplasta la cabeza (3,15), y la del Apocalipsis 12,4, donde la serpiente quiere devorar a su hijo. Con Jesús, es Mujer Corredentora, para Juan es madre. Por esta razón, esta palabra de Jesús, la primera que dirige en el evangelio de Juan, no debe ser entendida como la preocupación que tiene por su madre, que se queda sola al morir él. Si fuera ese el sentido, hubiera bastado decirle a Juan: "ahí tienes a tu madre", que es a la que tienes que atender, y habría omitido el "ahí tienes a tu hijo", que naturalmente no era verdad, pues allí estaba la madre de Juan, el hijo del Zebedeo (Mt 27,56). 5. Puesto que María es Madre conviene que hagamos una consideración sobre la cualidad de la maternidad. Determina una relación única e irrepetible entre dos personas: la de la madre con el hijo y la del hijo con la de la madre. Esto, que es de ley natural, sucede también en el orden sobrenatural de la gracia, por eso Cristo entrega en singular su madre a Juan y, desde entonces, la relación de Juan con María, comienza a ser una relación íntima de un hijo con su madre, lo que nos indica cómo debe ser la relación de un cristiano con su madre. Relación íntima, personal, afectiva, entregada, confiada, segura, delicada y total. Durante toda la vida. Con entrega de toda la vida. Juan Pablo II, lo ha visto así y esa es la razón de su lema episcopal: "Totus tuus". 6. Los cristianos consideramos a María nuestra Madre porque siendo desamparados, tenemos necesidad de su amparo y protección, auxilio y socorro, consuelo y mediación, porque para eso nos la dio Jesús desde la cruz, a la vez que "nos la propone como modelo de fidelidad a su Palabra y nos la ofrece como amparo en nuestro desvalimiento y estímulo constante para nuestra caridad" (Prefacio). 7. Ya en el orden natural hemos necesitado a María, y hemos recibido por ella favores y dones, que preparaban la llegada de la gracia: el nacimiento en un hogar cristiano nos ha dispuesto el clima humano donde la Madre podrá hacer llover gracias sobrenaturales. Pero además, como la Redención de Cristo invade todo el universo, y se dilata a todo el cosmos, María llega también, con su protección de Madre, a todo el ámbito de la Redención, alcanzando con su influencia materna todo el espacio al que se extiende la Providencia divina. Así lo entiende el pueblo de Dios cuando acude a la Madre en todas sus necesidades, sobrenaturales y naturales, porque intuye que Dios la ha hecho Madre a la medida de nuestras precariedades, como lo demostró en Caná, preocupándose de que faltaba vino a los jóvenes esposos (Jn 2,1). 8. Toda la misión de la Madre,
convertida en la primer testigo del amor salvífico del Padre, que desea
permanecer siempre y en todas partes, su humilde esclava, se concentra en
conducirnos a su Hijo, a Cristo, único Mediador entre Dios y los hombres,
"Camino, Verdad y Vida" (Jn 4,6) (Redemptoris Mater, 46). Cuando su
Hijo Jesús fue elevado sobre la tierra, atrayendo hacia sí a toda la
humanidad, allí estaba ella de pie, como nueva madre Eva, cooperando con su
Hijo, nuevo Adán, a engendrar el mundo nuevo. Representados por el discípulo
Juan, asociémonos con ella nosotros, los desamparados hijos de Eva, con
nuestra alma herida por el pecado, como los niños desamparados de la imagen
de la Virgen, para ser sus colaboradores en la Vida nueva, amparados bajo su
manto y sumergidos en su Corazón. Amén. |
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Jesús
Martí Ballester |