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14 DE DICIEMBRE

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REFLEXION DESDE LA VIDA DE LOS SANTOS

SAN JUAN DE LA CRUZ

Jesus Marti Ballester

 

SAN JUAN DE LA CRUZ, EL DOCTOR DEL AMOR.

Por Jesús Martí Ballester

Nadie es profeta en su tierra. Y Juan de la Cruz no lo ha sido todavía. Pero esperamos que lo sea, aunque nosotros no alcancemos a verlo. La Iglesia está en sus comienzos y las -ideas tardan mucho en germinar...

Juan de la Cruz es luminoso, aunque vivió en la oscuridad. Ya de niño, huérfano y pobre, experimentó la dureza de -la vida, que forzó a su madre, Catalina Álvarez, a emigrar de Fontiveros, aldea paupérrima de Ávila, a Medina del Campo, centro comercial con mayores posibilidades de subsistir.

Sirvió en el Hospital de la Concepción y comenzó en aquella ciudad sus estudios que continuará en Salamanca, en cuya universidad le han matriculado los Superiores del Carmen, donde ha profesado como Fray Juan de Santo Matía. Su alma insatisfecha necesita mayor recogimiento del que ofrece su Orden mitigada. Busca un marco más apropiado para la contemplación y planea hacerse Cartujo.

En esas estaba, cuando Teresa de Jesús andaba buscando hombres que comenzasen la Reforma de los Carmelitas. Pedro de Orozco le sugiere el nombre de Fr. Juan. Teresa le propone la empresa y le apremia a que deje su plan de la Cartuja. Va a -ser más útil en la Reforma. Fue un encuentro propiciado por el cielo. Juan de la Cruz será, no sólo el primer Carmelita Descalzo, sino también, el padre de la Madre Teresa y su teólogo preferido.

LA DOCTRINA

Hombre providencial que sistematizará la doctrina, experiencias e intuiciones con las que la Madre está cimentando el Carmelo Reformado. Su vida no es fulgurante a lo humano. Desconocido y humillado. Era demasiado grande para entrar en mentes superficiales, demasiado fino para ser tolerado por vidas adocenadas, demasiado cristalino y noble para que le perdonaran los perversos. La envidia es el tributo que la mediocridad paga al genio.

Encarcelado por sus propios hermanos, calumniado y desprestigiado hasta su muerte, elige el convento donde sabe que el Superior no le quiere para ir a curarse de unas calenturillas, que le llevarán al sepulcro.

Hombre celestial y divino, llama de amor viva, "no hay otro que fervore tanto en las cosas del cielo en toda Castilla", dijo de él Teresa de Jesús.

Pero nadie es profeta en su tierra. Hoy hay muchos santos modernos que llevan la huella de San Juan de la Cruz. Teresita, Doctora de la Iglesia, Edith Stein, Carlos de Foucauld y sus hijos Voillaume y Carretto. Este incluso le llama "mi gran maestro espiritual". Como Juan Pablo II, que le debe el sacerdocio y su hondura mística y no tiene reparo en llamarse "hijo espiritual de España", por él, su padre.

Polacos, anglicanos, ortodoxos, budistas, filósofos, y hasta marxistas, son sus lectores. En su patria, los españoles se conforman con autores de tercera o cuarta división para salir del paso. Lo comprendo, cuando se vive en la orilla del mar no se pueden apreciar los trasatlánticos ni los submarinos. Uno tiene suficiente con su charquito, aunque Jesús mandó a Pedro “remar mar adentro”. Y Juan Pablo II, a esa misma tarea convocó a su Iglesia en la Tertio Adviente Milenio. Quizá el momento más adecuado para emprender con provecho su lectura es el de la Noche, cuando se han recibido tres o cuatro cornadas en la vida; creo que entonces se da simbiosis como de alma gemela.

Al morir Juan de la Cruz a los 47 años, Diego Evangelista, hijo ingrato de su padre, por resentido, dijo esta frase: "Si no hubiera muerto, el hábito le hubiera quitado". Decía esto por el proceso difamatorio que, con toda saña, llevaba adelante.

--Dígame, Padre, de los Cantares, dice Fray Juan moribundo.

Y mientras le leen, comenta ilusionado:

- ¡Oh, qué preciosas margaritas!

El 14 de diciembre de 1591, al oír las campanas a las 12 de la noche, de Úbeda, en Jaén, pregunta:

--¿A que tañen?

-- A maitines, responden los frailes que le acompañan.

Y exclamó jubiloso, como si le hubieran dado la señal de partida:

--¡Gloria a Dios!, que al cielo los iré a decir.

Besó el crucifijo, musitó las palabras del salmo 30,6: "A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu" y expiró.

Cuatro siglos han pasado. Que su fiesta nos encuentre con sus Obras en la mano: Cántico espiritual, Subida del Monte Carmelo, Llama de amor viva, Noche oscura. Y el manojo de sus maravillosas poesías. Se lo agradeceremos siempre. Obras de solera, de exquisitez y hondura, de belleza celestial. Y de humanismo al más alto nivel. Y escritas por el mayor poeta lírico español.

 

JESUS MARTI BALLESTER

jmarti@ciberia.es

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Pedro Sergio Antonio Donoso Brant

p.s.donoso@vtr.net