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APUNTES SOBRE LA HISTORIA DE LOS
MONASTERIOS
En el año 540, Benito de Nursia,
fundó la Orden
de los Benedictinos. Ya en el siglo X, el duque Guillermo de Aquitania fundó en uno de sus dominios de Borgoña, el
monasterio de Cluny que siguiendo la regla
benedictina se convertirá en la casa madre de unas 1500 abadías. Guillermo
el Piadoso, así llamado el duque de Aquitania,
fundaba el monasterio "para la salvación de su alma", y la donaba
a los Apóstoles Pedro y Pablo, pero la confiaba al abad Bernón,
un borgoñón de familia noble que había fundado ya la abadía de Gigny, de donde era abad.
DESCENSO ESPIRITUAL
La acomodación a los distintos tiempos y a los políticas
correspondientes, hicieron descender la espiritualidad de la Orden, originando la
crisis por la prosperidad del monacato cluniacense. No supieron leer los signos
de los tiempos pues la sociedad y la Iglesia estaban cambiando y se esperaba una
respuesta nueva. San Pedro Damián criticaba en la liturgia cluniacense:
"el sonido innecesario de las campanas, el canto prolongado de los
himnos y el uso conspicuo de adornos". A los cluniacenses se les acusa
de vivir como grandes señores, con excesiva influencia en los asuntos
públicos y la excesiva acumulación de riquezas. Surge una contestación
desde la propia institución: Roberto de Molesme
saldrá del monasterio dando origen al Cister, en latín Cîteaux,
la Cistercium
romana, próxima a Dijon. Roberto de Molesme en 1098, abad del monasterio cluniacense de Molesme, con un grupo de monjes blancos, en
contraposición a los negros de San Benito, dedicaron su vida al trabajo
manual y a la contemplación, según
el lema benedictino Ora et labora. Su sucesor, san Alberico, obtuvo del papa Pascual II, en 1100, el
reconocimiento de la nueva orden; a la que el tercer abad, san Esteban Harding, en 1119, dotó de una regla propia.
EL CISTER
Roberto de Molesme nació en
Champaña en 1028. Ingresó en el monasterio de Moutiers-la-Celle, de donde pasó al de Saint-Michael de Tonnerre, donde fue elegido abad. Pero en 1071, deseoso
de mayor soledad se retiró con un grupo de hermanos a los bosques de Collan. Después de cuatro años de vida ascética decidió
fundar con sus compañeros el monasterio de Molesme
(1075), dando a la nueva comunidad unas normas inspiradas en las costumbres
de Cluny. El grupo se vio sobrepasado por las
nuevas vocaciones y perdió el control sobre la disciplina. Un conflicto
surge en la comunidad entre los que querían una vida más estrictamente
benedictina y los que pretendían la vuelta al estilo cluniacense. Una
veintena de monjes con Roberto abandona el monasterio para fundar el 21 de
marzo de 1098 un monasterio en Cìteaux, Cister, a
veinte kilómetros al sur de Dijon. Los monjes de Molesme llevan el asunto a la Santa Sede.
Roberto para el bien y la paz decide retornar a Molesme,
donde continúa ejerciendo de abad hasta su muerte en 1111. Los
cistercienses no aprobaron esta marcha y hoy en día no lo tienen como
fundador y primer abad de la orden. El Cister fue aprobado por el Papa
Pascual II en 1100.
BERNARDO DE
FONTAINES
Ha terminado sus estudios en las escuelas canonicales de
Chatillón. Esta dotado
de cualidades espléndidas: tiene inteligencia aguda y penetrante, elegancia
de discurso, carácter dulce, rectitud natural de alma, bondad apacible de
corazón y conversación agradable y encantadora. Era algo reservado, y de una modestia rayando en
la timidez y maravillosamente meditativo. Con una belleza, viril y dulce
que atraía todas las miradas; estatura alta y flexible, cabellera castaño
claro: Sus ojos grandes y azules eran como un reverbero de su belleza
interior. ¿Se dejará Bernardo deslumbrar por este conjunto maravilloso de
cualidades?. A los veinte años muere su madre, la
bondadosa y admirable Alicia, que le había enseñado a amar a la Virgen y a practicar la
virtud. Jóvenes mundanos frecuentaban su castillo de Fontaines;
amado, admirado y dueño de todos sus deseos, se dejó arrastrar
insensiblemente a los frívolos pasatiempos, a las danzas, a los torneos y a
las cazas clamorosas. Admirador de Horacio y Virgilio, empezó a sentir
aficiones poéticas, y escribe poemas románticos, que lee a sus amigos y
dedica a las damas.
REFLEXIVO
Se dio cuenta, con su temperamento reflexivo, que debía
escoger entre la virtud o el placer. ¿Qué quiere de mí Dios? Sus
pensamientos se hicieron más serios, y no llegó a sentir verdadera
repugnancia por todo aquello que empezaba a amar. Un día la vista de una
mujer le llenó de turbación. No pudiendo ni con increíbles esfuerzos
reprimir los estímulos de la carne, se arrojó en un estanque, y decidió
consagrarse a Dios en un monasterio, pero las lágrimas de sus hermanos le
hicieron desistir. Pues la menos dejadme tomar la carrera clerical y
dedicarse a las letras. Una mañana de otoño, salió de su castillo borgoñón
hacia el Norte, en busca de una escuela alemana. La noche del primer día de
marcha, sintió una calma infinita que le invadía el alma. En su alma se
entabló un combate y entró en una ermita para orar y pedir luz en aquel
trance. La oración le llenó de fortaleza y la crisis se resolvió en un
torrente de lágrimas, en una resolución inquebrantable de abandonar el
mundo.
SU DECISION DE
ENTRAR EN EL CISTER
Ha resuelto entrar en Cister, pero quiere llevarse
consigo a todos los nobles de su tierra de Borgoña. "Esto es una
locura", dicen sus hermanos, asustados por aquella impetuosidad; pero
por fin se contagian, y tras ellos, sus amigos, sus parientes y sus
servidores; clérigos, estudiantes y caballeros. Para esto tenía que contar
con su hermano mayor Guido, que había sido desde siempre el modelo de todos
sus hermanos. Lo que hacía él lo querían hacer todos. Pero Guido ya estaba casado y tenía dos hijas.
Es la primera dolorosa conquista en la que demuestra trazos proféticos y fe
y confianza milagrosa. Guido se entregaría, pero, ¿e Isabel de Fores? Por pascua te verás libre del “hasta que la
muerte os separe”, que es el argumento formidable que opone Isabel. Cae en
la cama Isabel y concede el permiso y se separan.
En la primavera de 1112, Bernardo, acompañado de treinta
jóvenes, llama a las puertas del Císter. Como No puede con los trabajos
agrarios, pide a Dios con lágrimas, que le de el arte de cortar el trigo.
Desde este momento se convirtió en uno de los mejores segadores del
monasterio. Después del trabajo, la lectura de los Libros Santos y de los
Santos Padres. "Las cosas
gustadas en su fuente -decía- tienen más sabor." Leía meditando,
realizando la rumia de los salmos. En el silencio del valle, repasaba en su
corazón los textos que había recogido en los libros, y a este trabajo
interior aludía cuando decía que sus maestros eran las hayas y las encinas.
Aunque la mortificación de los sentidos le había hecho casi insensible a
las magnificencias del universo. Las imágenes vivas y pintorescas que
aparecen de cuando en cuando en sus escritos, proceden de la Biblia o de sus
impresiones juveniles.
DEL CISTER A CLARAVAL
En 1113 ingresa como novicio Bernardo de Fontaine en unión de un grupo de familiares y amigos.
Cuando dos años después el abad Esteban decide expandir el ámbito monástico
con nuevas fundaciones, erigiendo La Ferté, Pontigny, Morimond y Clairvaux, Claraval, Champaña, envió a Bernardo y sus
allegados, en parte por sus cualidades y en gran parte también para librar
a Cîteaux de la excesiva presencia del “clan” de
los Fontaine.
San Bernardo de Claraval dio un impulso considerable al
crecimiento de la orden cisterciense que en 1153, tan solo 38 años después
de que fundase la abadía, contaba con 343 monasterios, de los que 68 se
habían creado por irradiación de los monjes de Claraval. Estos monasterios
se solían asentar sobre terrenos yermos pero con abundancia de agua que los
propios monjes roturaban y cultivaban. Si durante el siglo XI los monjes
cluniacenses habían asumido un gran protagonismo dentro de la iglesia,
ocupando sus más altos cargos y dignidades y ejerciendo su influencia sobre
el poder civil, en el siglo XII ese papel lo desempeñaron los cistercienses
que elevaron la orden a la mayor prosperidad y expansión de su historia. La
primitiva austeridad y humildad se fue perdiendo en beneficio de un cada
vez mayor esplendor y boato en la forma de vida y en la grandiosidad de sus
abadías. Se hacia necesaria una nueva reforma que llevó a cabo el abad de Fontfroide en 1335 pero que no contó con el apoyo de
otros priores. Por fin, en 1664, el abad del monasterio de Nuestra Señora
de la Trapa,
Armand Jean le Bouthillier
de Rancé, efectuó en su monasterio una renovación
en profundidad de la que resultó una rama autónoma del Císter, la Orden de la Trapa o trapenses, en la
que se santificó el Hermano Rafael Arnaiz Baró, beatificado por Juan Pablo II
RENOVACION CON
SANGRE NUEVA
Con la llegada de Bernardo, el Císter, que estaba a
punto de extinguirse, recobró nueva vida, hasta el punto de enjambrar
nuevas colonias. Al frente de una de ellas fue colocado Bernardo, a sus
veinticinco años. El abad Esteban puso en sus manos una cruz de madera, y
los emigrantes, trece con el abad, salieron en busca de su nuevo
monasterio. Después de caminar dos días llegaron a Langres,
y penetraron en el Valle del Ajenjo. El sol lo llenaba de claridad, y un
riachuelo discurría en profundo silencio. Allí se detuvieron y allí se
estableció Claraval, o Claro Valle. Era el 25 de junio de 1115. En un mes
prepararon el monasterio sencillo, la capilla sin adornos, cruces de palo y
techos de ramaje, el refectorio y arriba el dormitorio, con los lechos
tirados. A la entrada se abría la celda del abad, estrecha y baja que había
de inclinar la cabeza para no darse en el techo. Un saliente de la pared
era el único asiento que había, y un agujero informe iluminaba la
habitación. Allí vivió cerca de cuarenta años, el hombre más grande del siglo. Se organizó
la vida con todo el rigor de la pobreza cisterciense. Ni leche, ni pesca y
huevos. Al principio, un puñado de bellotas se consideraba un gran regalo.
El día de Pascua no había más que habas y guisantes, preparados con aceite
y sal. "Si supieseis las obligaciones del monje -decía el abad-,
regaríais con lágrimas cada bocado que coméis. Estamos en el claustro para
llorar nuestros pecados y los del pueblo."
ENFERMEDAD
Su estómago empezó a rehusar todo alimento, y ha sido
preciso que el abad del Císter le descargue por un año de las ocupaciones abaciales. Por orden superior, Bernardo se encerró con
un médico, un vanidoso charlatán, en una celda aparte de la abadía, y allí
fue a visitarle Guillermo de Saint Tierry, que
describe la entrevista: "Le encontré en su celda solitaria. Confieso
que aquella morada me inspiró tanto como si me hubiera acercado al altar
del Señor. Recibí alegría, y al preguntarle por su salud; "Voy muy
bien, dijo; pero el médico le trató muy mal y el enfermo obedecía pues todo
le parecía bueno por su costumbre de desdeñar los gustos del paladar, que
le había hecho insensible a todo gusto.
REGRESA EL ABAD
Al año el abad volvía a ocupar su puesto al frente de la
comunidad, y la gloria de Claraval amenazaba eclipsar la del Cister. Los
doce monjes eran ahora quinientos, nuevas fundaciones nacían sin cesar
hacia todas las naciones del mundo cristiano. Siempre que Bernardo salía de
casa, volvía acompañado de una turba de conversos, clérigos y legos,
gentilhombres y letrados, la aristocracia de la sangre y del talento, a la
cual él enseñaba a manejar la hoz y la pala. Su palabra ejercía una especie
de sortilegio sobre los espíritus. A un maestro de aquel tiempo, Enrique de
Murbach, escribía: "Tú explicas, hermano
mío, los Profetas; pero ¿estás seguro de que los entiendes? Si los
comprendieses, sentirías que Cristo es el objeto de sus profetas, y si
quieres comprender a Cristo, lo conseguirás mejor siguiéndole que
leyéndole. ¡Si gustases una vez el famoso candeal de que Jerusalén se
alimenta, de qué buena gana dejarías que royesen sus mendrugos los
literatos judíos! ¡Con qué placer te ofrecería yo los panes calientes,
humeantes, recién salidos del horno, que Cristo parte a los pobres de su
redil! Créeme: encontrarás algo más en los bosques que en los libros; las
piedras y los troncos te enseñarán cosas que no has aprendido en los
maestros."
CAZADOR DE ALMAS
Nadie podía resistir ante aquel
terrible cazador de almas, que en el oro y en la plata "sólo veía un
poco de tierra blanca y roja, a la cual, únicamente el error de los hombres
podía dar algún valor", se estremecía de indignación ante hombres que
dudaban en sacrificar sus riquezas, "cuya posesión –decía- es una
carga, cuyo amor es una mancha, cuya pérdida es un sufrimiento cruel".
Hasta en el patíbulo y en casas de perdición encontraba discípulos y
seguidores. Entrando en una ciudad, vio que una inmensa multitud acompañaba
a un bandido hasta la horca. Lleno de compasión, cogió la cuerda con que
arrastraban al desgraciado, y dijo a los verdugos: "Dejadme este
asesino; quiero colgarle con mis propias manos." Alarmado el juez,
dijo: "¿Qué es eso, venerable Padre? ¿Vais a libertar un hombre que
merece mil muertes?" "Déjame-respondió Bernardo-. Ya sé que este
hombre es digno de un gran castigo pero yo mismo le clavaré en la cruz, y
le haré permanece ella años enteros." Y se le llevó consigo a CIaraval. Pasando junto a una taberna y viendo a la
puerta a un jugador empedernido, se ofreció a jugar con él. "¿Y qué va
a jugar?", preguntó el tahúr. "Tú -respondió Bernardo -jugarás tu
alma: yo, mi mula." El hombre hizo saltar los dados, sacó el máximo de
puntos; dieciocho. "He ganado", exclamó. "Aguarda, hermano",
replicó el abad agitando el bote. Y habiendo tirado a su vez, sacó veinte
puntos. Uno de los dados se había roto para dar dos puntos más. "He
ganado tu alma, dijo el monje a su adversario, y se le llevó consigo a
Claraval.
FORJADOR DE MONJES
Amasar aquellas conciencias, aguerrirlas con el amor y
para el amor, conseguir que comprendieran el amor y que lo vivieran. El
amor que les dulcificaba el trabajo, la oración perenne, la suavidad de la
vida comunitaria, tan ardua ella entre distintas culturas de toda especie y
que perseveraran en el empeño, ese es el mérito supremo que apreciamos en
Bernardo, por encima de la pacificación de
pueblos, de siembra de paz entre príncipes y magnates, de refutación
de herejías, de luchas doctrinales, de renuncias de papas, esa, la reforma
de las personas, la pacificación de las conciencias, la vida de unión con
Jesucristo, su hacerles alzar los ojos al crucificado y al tabernáculo de la Eucaristía,
el enamoramiento de Jesucristo. Esa es la gran misión de Bernardo y de ahí
provinieron los resultados de la cristianización de Europa, que ahora se
quiere olvidar y hasta renegar de sus raíces que son y fueron tales.
A LOS ESTUDIANTES
DE PARIS
Su discurso a los estudiantes de París pronunciado a
instancias del obispo en el claustro de la catedral tuvo toda la violencia
del relámpago. "Hijos míos -decía-, ¿quién os enseñará a huir la ira
venidera? ¡Ay de vosotros, que tenéis las llaves de la ciencia y del poder,
ni entráis ni dejáis entrar a los otros! Son llaves que habéis robado, no
recibido. ¿De dónde viene esa locura de las grandezas, esa imprudencia de
la ambición, ese amor desenfrenado de las prelacías?... Tened piedad de
vuestras almas, hermanos; tened piedad de la sangre que ha sido derramada
por vosotros. Vuestra castidad peligra en medio de las delicias; vuestra
humildad se muere en medio de las riquezas. Salid del seno de Babilonia,
salid y salvad vuestras almas." Cuando el orador terminó de hablar,
veinte jóvenes se echaron ofrecieron a seguirle, y con ellos se fue aquella
misma tarde a la abadía San Dionisio. Al día siguiente, cuando se dirigían
a Claraval, dijo Bernardo: "Volvamos a París," Y al entrar en la
ciudad encontró cinco estudiantes más. "Ahora partamos -dijo a los
suyos-; el número está completo." Pero ni la Orden cisterciense, que
extiende ya sus brazos hasta los confines de la cristiandad, ni todas las
órdenes monásticas que trabajan junto a ella, pueden agotar el celo
impetuoso del abad de Claraval. Bernardo tiene todas las intemperancias
sagradas de un apóstol; es el apóstol más grande e su siglo.
LA REFORMA DEL CLERO
Después de trabajar en la reforma monástica, se lanza a
la obra de la reforma clerical. Abades y obispos se someten al ascendiente
de su virtud y siguen sus inspiraciones. Su apostolado es casi agresivo, incluso
cuando se dirige al rey y al pontífice. Escribiendo al rey de Francia, Luís
el Craso, le decía; "La
Iglesia levanta contra vos, a la presencia de su Dueño y
Señor, una queja desesperada, porque encuentra un opresor en aquel que
debiera ser su defensor. Considerad bien quién es Aquel a quien ofendéis;
no es un hombre, no es un obispo; es el Señor del Cielo”. Y al pontífice
Honorio II, engañado por la diplomacia francesa, le decía: "El honor
de la Iglesia
ha sido gravemente comprometido bajo vuestro pontificado. La humildad de
los obispos estaba a punto de triunfar de la cólera del rey, cuando la
autoridad suprema vino a renovar el orgullo. Sabemos que habéis sido víctima
de la mentira, pero lo que nos extraña es que, juzgando a una parte, hayáis
condenado a la otra sin escucharla. Somos el escarnio de nuestros vecinos.
¿Y hasta cuándo durará esto? A vuestra piedad compasiva toca dar la
respuesta." No olvidaba Bernardo que su primera obligación era salvar
su alma. Tratábala con tal respeto, "como si
llevase una gota de la sangre de Cristo en un vaso de cristal". La
vista del mundo le estremece, y su celo le obliga a trabajar en él. Ama la
soledad, y el amor del prójimo le arrastra fuera de ella.
Se queja de ser "un pobre pajarillo desterrado en
su nido y sin plumas todavía". Cuando le crecen las alas y vuela a
través del mundo con la rapidez del rayo, tiembla pensando que traiciona su
vocación. Se ve como un enigma cuyo sentido no sabe descifrar, y exclama:
"Soy la quimera de mi siglo; ni monje, ni laico. Y de monje, ¿qué me
queda? Llevo el hábito, pero no tengo la realidad." Era el lenguaje de
la verdad. Es verdad que su vida se desarrollaba en los caminos y en las
ciudades, en las cortes y en los concilios, tanto como en el monasterio;
pero, sin él darse cuenta, una fuerza superior le arrastraba, Y decía:
"Los negocios de Dios son mis negocios; nada de cuanto le atañe es
extraño para mi." Guiado por este pensamiento, sale de Claraval; pasa
el Rhín, recorre las provincias de Francia, llega una y otra vez a Roma,
lucha, discute, escribe y predica.
AMENAZAS A LA IGLESIA
Tres graves peligros amenazan a la Iglesia en su tiempo
el cisma, la herejía y el islamismo. A los tres hace frente la actividad
del abad de Claraval. A su voz, doscientos mil hombres pasan los mares
dispuestos a detener los avances del Islam en Palestina. Fue la segunda
cruzada; desastrosa, porque no hubo un capitán digno de tal misionero. Más
afortunado fue Bernardo en su campaña contra el cisma. Levanta la voz en
favor de Inocencio II, y la cristiandad le sigue. Triunfa en las asambleas
episcopales, y, donde aparece, todo el mundo queda eclipsado por su
presencia. El esfuerzo es largo y penoso, pero un triunfo completo le
corona: el mismo antipapa viene a arrojarse a sus pies; y cuando sale de
Roma después de siete años de trabajo, puede exclamar satisfecho: "Llevo conmigo la
recompensa: es la victoria de Cristo, la paz de la Iglesia." Poco
después los herejes y los sofistas vienen a turbar esa paz tan deseada. Es
Abelardo, con su conceptualismo metafísico; es Arnaldo de Brescia, con sus doctrinas demagógicas y anarquizantes;
es Pedro de Bruya, con su maniqueísmo caótico y
revolucionario; es el obispo Gilberto de la Porrée,
con sus distinciones sutiles de Dios y de la Divinidad, forma de Dios.
Desde el primer momento ha comprendido Bernardo el peligro que corre al
enfrentarse con estos hombres avezados a todas las argucias de la
dialéctica. El no es un hombre de escuela. "¿Qué me importa la
filosofía? Mis maestros son los
Apóstoles; ellos no me han enseñado a leer a Platón o a Aristóteles, sino a
vivir bien...” Sin embargo, nada puede detener el empuje de su fe. Sin
pensar en que podía ser aniquilado a causa de su inexperiencia en los
torneos dialécticos, sale fogoso en defensa de la Iglesia amenazada. Y
arroja a Arnaldo de Francia y Suiza, confunde a Abelardo en la asamblea de Sens, consigue en Reims de
Gilberto una retractación formal, y persigue a los maniqueos a través de
toda la Aquitania. "Yo soy el sembrador
del Evangelio, decía en Albi, ante una inmensa
muchedumbre; y he encontrado vuestro campo lleno de malas semillas."
En medio del discurso, el orador y la concurrencia empezaron a dialogar.
"Elegid la semilla que os pide vuestra conciencia", decía el
orador; y sus palabras fueron contestadas por un murmullo de reprobación
contra el error petrobrusiano. "Convertíos,
pues, añadió el abad; entrad en la unidad los que estabais manchados, y
para que crea en vuestra sinceridad, levantad la mano los que renunciáis al
error." Todos, dice el cronista, levantaron la mano, y así terminó
aquella escena sublime.
MAS QUE LOGICA
INTUICION
A pesar de su desdén por las armas de la lógica,
Bernardo manifestó en aquella lucha una maravillosa habilidad. La metafísica
no tiene secretos para él, pero es la intuición la que le guía, más que el
arte del raciocinio. Una palabra, una frase, le bastan para descubrir la
verdad con todo su esplendor. La resistencia inesperada le exaspera, y
entonces el hombre de la dulzura se convierte en un polemista terrible,
derramando su cólera en vehementes invectivas y en expresiones violentas
que hacen temblar. No eran el odio ni el orgullo quienes le guiaban, sino
la viveza de su temperamento y su amor apasionado de la verdad. Sus
violencias no partían del fondo del corazón; sus iras eran iras sin hiel.
Una bondad fundamental inspiraba su conducta. Se dijo de él que nunca
asistió a un entierro, aunque fuese de una persona extraña, sin llorar.
Los herejes, los judíos, los mismos mahometanos encuentran gracia a sus ojos,
con tal de que no ataquen a la
Iglesia, esposa de Cristo, a quien adora. No admite más
arma contra ellos que la espada de la palabra de Dios. "Reducid a los
herejes con argumentos, no con la fuerza", decía a los que pensaban en
hogueras y matanzas: y cuando en 1146 el pueblo estuvo a punto de hacer
desaparecer en las orillas del Rhín hasta el último resto de la raza judía,
sólo en él encontraron los perseguidos una defensa segura.
SU CORAZON
La mayor parte de los adversarios a quienes sus golpes
echaban por tierra, se levantaban luego para abrazarle, y todos los
arrepentidos estaban seguros de hallar un puesto en su corazón. Suya es
aquella frase: "Si la misericordia fuese un pecado, yo le
cometería." Pocos hombres han amado con tan profunda ternura. En sus
cartas encontramos efusiones como éstas "¡Desgraciado de mi, que no
puedo tenerte a mi lado, ni verte, ni puedo vivir sin ti! Morir por tí es
mi vida; vivir sin tí es morir.", decía a un monje discípulo suyo.
Cuanto más avanza en la vida, más violencia se hace para contener los
ímpetus de su ternura, pero a veces la naturaleza le traiciona. Así, cuando se le murió su hermano
Gerardo, mayordomo del monasterio de Claraval, queriendo ahogar su tristeza
en el fondo de su alma, Bernardo no lloró, ni exhaló una sola queja. Pero
un día, mientras comentaba a sus monjes el Cantar de los Cantares, una ola
de amargura subió a su garganta. No pudo contenerse y prorrumpió en el
fúnebre lamento de la muerte de su hermano, una de las más bellas paginas
de la Edad Media:
"¿Hasta cuándo disimularé y detendré este
fuego que abrasa mi pecho y devora mis entrañas prisionero dentro de mi,
circula a través de mis venas, me muerde, me martiriza. ¿Cómo hablar del
Cántico en medio de la tristeza? Hasta ahora me he hecho violencia, me he
contenido para que la sensibilidad no pareciese en mi más fuerte fe.
Vosotros lo sabéis: mientras todo e! mundo
lloraba, yo en el cortejo sin derramar una lágrima; y secos estaban mis
ojos, cuando arrojé un poco de tierra sobre el cuerpo de mi amado, que se
volvía a la tierra. Sollozaban en torno mío, y se extrañaban que no llorase
yo. No era él, era yo, quien despertaba la compasión de todos...
CARÁCTER DE CONTRASTES
Bernardo es el hombre de los grandes contrastes: es
dulce y violento; doctor melífluo y luchador
terrible; es todo palabras y todo silencio; es todo ojos y oídos para
atalayar el error, y no sabe si la iglesia del Císter tiene una cubierta de
bóveda plana. Lleva al mismo tiempo una vida monástica, política,
apostólica y contemplativa. Es el mayor místico y al mismo tiempo el hombre
más activo de su siglo. El paladín de la enorme y complicada historia en la
cual palpita toda la inquietud de su siglo; es el hombre interior,
profundo, recogido y absorto, que comenta el Cantar de los Cantares; el
psicólogo que traza un programa de gobierno a los pastores en el tratado de
la
Consideración; el piadoso predicador de homilías y
sermonea; el teólogo profundo de los libros Del amor de Dios y De la gracia
y el libre albedrío. Si vuelve del éxtasis, su pluma es una tea; si se
encuentra en el campo de batalla, una espada. No escribe por deleite
literario; escribe por obligación. Habla de lo que pide el momento, de lo
que más urge. Un rey, un obispo, un conde, una monja, una persona
cualquiera le pide un consejo: San Bernardo ase la pluma sin titubear. Se
levanta un error en el horizonte: San Bernardo lanza un tratado de
teología. Como desdeña la dialéctica, desdeña el arte, y como el arte, la
retórica. No le preocupan las gracias del estilo, y sin embargo, logra
formarse un estilo propio y magnífico, que se parece a la primitiva iglesia
cisterciense. Es preciso, claro, sobrio, incisivo, substancial. Enemigo de
figuras en el arte religioso, Bernardo lleva también su aversión al
lenguaje. Sólo algunas imágenes bíblicas sólo el colorido que nace de una
fina sensibilidad y el fuego del alma. Es vehemente y conciso; tiene en
alto grado el poder de la ironía y del retrato, juntamente con el don de
observación. Su Tratado de los doce grados de la humildad y del orgullo es
uno de los análisis más maravillosos de la psicología humana. Abusa, como
San Agustín, de los juegos de palabras, de las antítesis y de las rimas;
pero en la llama del lenguaje, en la fuerza de convicción y en la elevación
de las ideas, pocos se le pueden comparar. "Último de los Padres -dice
Mabillón-, es tan grande como los más grandes de
ellos."
MENOS PROFUNDO QUE SAN JUAN DE LA CRUZ
Como místico es menos profundo y menos metódico que San
Juan de la Cruz;
pero es más expansivo, más radiante, más tierno. Nadie ha cantado con más
audacia ni más delicadeza que Bernardo en los ochenta y seis sermones sobre
el Cantar de los Cantares las dulzuras misteriosas del amor divino
"cuando entre el alma y Dios todo es común, la casa, la mesa y el lecho".
Pero hay que correr mucho camino antes de llegar a este grado supremo.
Bernardo nos dice que él ha pasado también por este aprendizaje, y confiesa
avergonzado que a veces el recuerdo de un ser querido le llevaba a Dios con
más eficacia que la contemplación de los misterios de la vida de Cristo.
Pero esto era al principio de su conversión.
ENAMORADO DE CRISTO
La mi meditación del misterio de la Encarnación
le arrancaba siempre un río de lágrimas. Gustábale
rumiar interiormente todos los actos de la vida del Hombre-Dios; y él, tan
sobrio en el empleo de las imágenes de la naturaleza, encontraba entonces
para expresar su pensamiento, las imágenes más delicadas. La unión del
Verbo con la humanidad se presenta a su espíritu en forma de un lirio
purísimo, cuya nívea corola forma un cáliz gracioso, una corona, símbolo de
la naturaleza humana, con finos y dorados pistilos, que le recuerdan los
rayos de la divinidad. ";0h pequeño-exclamaba
delante del divino Emmanuel-, oh amado de los pequeñuelos!" No era
menor el hechizo con que le atraían los dolores de la Pasión.
"Al principio mi conversión -decía-, a falta de méritos propios, tuve
cuidado de recoger un ramillete de mirra y de colocarlo junto a mi corazón.
En él mezclé todos los dolores, todas las amarguras de Nuestro Señor, sin
olvidar la mirra que le dieron en la cruz, ni aquella con que le ungieron
en su sepultura. Mientras viva saborearé el recuerdo, cuyo perfume ha
inundado mi ser. El me sostiene en la contradicción y me modera en la
prosperidad. Por eso siempre le tengo en la boca, bien lo sabéis; siempre
en el corazón, Dios lo sabe; y con frecuencia, en la pluma, nadie lo
ignora. Saber a Jesús crucificado, esa es mi filosofía." Así llegó
Bernardo a las claras cimas del amor, a las regiones aquellas donde, como
él dice, las imágenes de los sentidos se desvanecen, donde el sentimiento
natural se olvida, donde no se temen los asaltos de la lujuria y del
orgullo, porque en vano se tienden los lazos ante los pies de los que
tienen alas. "Yo amo porque amo -cantaba-; amo por amar, y el amor es
mi propia recompensa."

JESÚS
MARTI BALLESTER
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