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SAN
JUAN MARIA VIANNEY EL
CURA DE ARS JESUS
MARTI BALLESTER |
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¿TODAVIA MODELO? Hay que situar a los santos. Ellos, como todo,
son ellos y su circunstancia. ¿Podemos considerar hoy a San Juan María
Vianney, modelo de párroco? Decididamente, sí. En lo sustancial: Modelo de
caridad pastoral, dechado de virtudes de abnegación de otra época,
retrotraída a los padres del desierto. Imitar sin adaptaciones y sin
reticencias, sin contar con la cultura de Vianney, de sus lecturas, de su
formación deficiente, sería un error. Pero la raíz era muy lozana, viva y
sana y segura: el amor. Juan María iba envuelto en un huracán de amor. Por
Ars pasó un huracán de amor. Con ese amor podemos contar para aceptarle como
modelo, intercesor, protector e imitable. Tengamos en cuenta sus
circunstancias. Además, no se por qué y es lo corriente por la limitación de
los biógrafos, que acentúen desproporcionadamente aquella virtud que les ha
sido característica en su vida, dejando otras peculiaridades más íntimas y
familiares en la penumbra y sin destacar. No se ha dicho que Vianney era un
carácter jovial y sencillo. Sus familiares señalan sus cualidades que le
hacían un carácter de trato agradable. Un hombre con ingenuidad infantil y
sin ostentación, una mezcla de abandono, candor y gracia sencilla, se
combinaban en su trato unidas en finura de tacto, seguridad de juicio, que
daba a su trato y a toda su persona un encanto inexpresable. Este testimonio
que recojo del Cardenal Gerrlier, Arzobispo de
Lyón, nos ayuda a situar la personalidad nada ordinaria del Cura de Ars... PASTOR Dardilly. Desde su torre se
divisa la ciudad de Lyon. Fue su cuna. Era de niño,
pastor. Su rebaño se componía de tres ovejas y un asno. En su zurrón siempre
una estatua de DE PASTOR A AGRICULTOR A los trece años cambió el cayado por el azadón.
Regaba los puerros y cavaba las viñas. Era un trabajador dócil, activo y
alegre. Trabajaba y rezaba al mismo tiempo. "Cuando estaba en el
campo-dice-, yo rezaba en alta voz si estaba solo, en voz baja si tenía
compañía. Al dejar caer la herramienta, solía decir: no te olvides que
importa más cultivar el alma y arrancar sus malas hierbas. Cuando, después de
comer, los demás descansaban, yo aparentaba dormir, pero seguía conversando
con Dios en mi corazón. Cuando oía el reloj, rezaba un avemaría, y me decía:
"Valor, alma mía; el tiempo pasa, la eternidad se acerca; vivamos como
condenados a morir." LA VOZ DEL PUEBLO La gente de Dardilly
decía a su padre: "Debieras hacer cura a tu hijo." Eso era una
locura en esto por aquellos días, cuando a Revolución Francesa destruía
iglesias, cerraba seminarios y desterraba sacerdotes. Vianney entraba en los
años de la juventud. Ya había perdido toda esperanza de poder estudiar,
cuando, con el Concordato de Napoleón, la paz empezó a amanecer para las iglesias
de Francia, y en Dardilly apareció un santo
sacerdote, el abatte Balley,
dispuesto a transformar a aquel joven valiente en un pastor de almas. El
joven Vianney estudiaba heroicamente, pero sin provecho ninguno. Veinte veces
estuvo a punto de volverse al arado, y siempre le detuvo la paciencia
inagotable de su maestro. LA ORACION Agotados los medios humanos, acudió a la oración.
Las noches se le pasaban pidiendo a Dios que le diese las luces necesarias
para llegar a ser capaz de ganar almas. Multiplicó las limosnas, redobló las
penitencias, frecuentó el trato con los pobres y los enfermos, se condenó a
no condimentar sus comidas, y poco a poco pudo ver que su inteligencia se
abría y que empezaba a comprender lo problemas de Pero cuando llegó el momento de la ordenación,
hubo serias dificultades en la curia lionesa. Como algunos objetasen su
escasa instrucción, el Vicario General preguntó: "¿Es piadoso? ¿Sabe
rezar el Rosario? ¿Tiene devoción a
ARS Le destinaron a Ars, pequeña villa, situada a
unos kilómetros de Lyón. Su nombre, es hoy conocido de todo el mundo.
Entonces era bastante difícil encontrarlo. El mismo perdió el camino en su
entrada. La vista de su parroquia le llenó de desaliento. Era un pueblo
pobre, abandonado, incomunicado; pero, más que esto, lo que llenaba de terror
al nuevo sacerdote era la absoluta indiferencia religiosa. "Aquí no hay
nada que hacer; yo mismo corro peligro de perderme." La caridad se
sobrepuso a este primer movimiento, y el celo disipó los temores. El cura de
Ars estableció su residencia en la iglesia solitaria. Al romper el día estaba
ya allí, y allí permanecía hasta el Ángelus del anochecer, con la mirada fija
en LAS NOCHES Durante la noche se encierra en la sacristía,
repasa su Moral, lee las vidas de los santos, prepara y escribe las pláticas
de los domingos, se las aprende de memoria, y se ejercita en la declamación. No tarda en verse rodeado de un grupo de fieles
fervorosos, que asisten diariamente a su misa y llegan por la tarde a rezar
con él el rosario. El buen párroco se fija sobre todo en un hombre, el tío Chaffangeon, que permanece inmóvil en la iglesia,
sin mover los labios. "¡Eh!, -le pregunta un día-, ¿qué es lo que dices
a Nuestro Señor?" "Miro al buen Dios y él me mira." “¡Qué suerte- añadía el buen cura- mirar al buen Dios”.
EL CRECIMIENTO Los asistentes al culto se hacían cada vez más
numerosos, y más numerosas también las comuniones. El párroco se llenaba de
alegría ante aquellos efectos prodigiosos de la gracia. Pronto creyó llegado
el momento de organizar cofradías para conservar el terreno conquistado y de
abrir una campaña inteligente y metódica contra los abusos. Atacó primero las tabernas y las casas de juego,
procediendo siempre con prudencia y conmiseración para las humanas flaquezas.
"Jamás me he enfadado con mis parroquianos -podrá decir más tarde; jamás
les he hecho el menor reproche." Se enfrentó luego con el baile, en el
que vió el mayor obstáculo para la regeneración de su parroquia. Sabía decir
las cosas con gracejo y con una suave ironía. "Mirad, hermanos
-exclamaba-, las personas que entran en el baile, dejan su ángel custodio a
la puerta y toman en su lugar un demonio; de suerte que no tarda en poblarse
la sala de demonios tanto como de bailadores... He visto un anciano que iba
al baile con anteojos y bastón. ¡Qué pena! Otro iba a ver bailar, con un niño
en brazos y otro de la mano. Y yo me decía: Los lleva al infierno."
Vianney consiguió que el mismo día de la función del pueblo se negasen las
muchachas a bailar. Más le costó desarraigar la costumbre de trabajar
en días festivos. Es el tema que trataba con más frecuencia en sus sermones.
"Cuando trabajáis en domingo -decía -, lo que ganáis es la ruina de
vuestra alma y de vuestro cuerpo. Si entonces os preguntasen: ¿Qué acabáis de
hacer?, podríais contestar vosotros: Hemos vendido nuestra alma al demonio,
hemos crucificado a Nuestro Señor Jesucristo, hemos renegado del bautismo.
Cuando veo que alguno acarrea en día de fiesta, me digo: Éste acarrea su alma
al infierno. ¡Oh! ¡Cómo se engaña el que se afana en el día del Señor
creyendo que va a hacer más dinero! Os imagináis que todo depende de vuestro
trabajo; mas he aquí una enfermedad, un accidente... ¡Basta tan poca cosa!
Una tempestad, un granizo, una helada... Dos medios infalibles conozco para
llegar a ser pobre: trabajar en domingo y robar." Estas exhortaciones reiteradas acabaron por
triunfar. Todo quedó renovado. "Ars ya no es Ars -decía el cura con
satisfacción legitima. Hace muchos años que no se ha realizado semejante
revolución en una parroquia. He asistido a muchas misiones, pero en ninguna
parte he encontrado tan buenos sentimientos como aquí." Ni existía el
respeto humano, ni se oía la menor blasfemia, ni se daba el más pequeño
escándalo. "No valemos mucho más que los otros pueblos -decía un
vecino-, pero seríamos muy miserables si, viviendo junto a un santo, nos
entregásemos a semejantes desórdenes."
CONFESIONARIO DE SAN JUAN MARIA VIANNEY Juan Bautista Vianney era un santo, un apasionado
amante de la cruz. Sabía muy bien que el sufrimiento es el precio con que se
compran las almas. “En mi actua la muerte, decía
San Pablo, pero en vosotros la vida”. A un compañero le decía: ''Has
trabajado, has rezado, has llorado...; no es bastante. ¿Has ayunado, has
velado, te has acostado sobre la tierra, has azotado tu cuerpo? Si no has
llegado hasta aquí, te falta mucho todavía." Su vida era una continua
inmolación por los pecadores. Pobre hasta la necesidad, tenía un cuarto desnudo
y ahumado, una sotana remendada y un sombrero viejo, que provocaba las burlas
de las gentes. "Para el cura de Ars -respondía él-, es demasiado."
Por sus manos pasaban miles de monedas de oro y de plata, pero todo iba a
parar a los necesitados. Construyó escuelas, templos, hospitales y asilos de
huérfanos. Su mayor contento era socorrer una necesidad. "Somos muy
felices -solía decir-, porque los pobres vienen a nosotros. Si no viniesen,
tendríamos que buscarlos." PENITENCIA Su penitencia se podría comparar a la de los
Padres del desierto. Comía sólo tres veces por semana, y dos barras de pan le
bastaban para toda SUS
ENFERMEDADES Y EL DEMONIO A todo esto se juntaba la enfermedad, dolores
agudos de cabeza y de estómago, desmayos; a la enfermedad, añadía la
penitencia: cadenas, cilicios, disciplinas; a la penitencia, la lucha con el
enemigo. El demonio combatía al santo sacerdote con una
tenacidad rabiosa. Cuando el cura de Ars se echaba a dormir, a la puerta de
la casa rectoral se oían todas las noches tres golpes fragorosos, seguidos de
estos apóstrofes : "¡Vianney! ¡Vianney! ¡Ven
aquí, ven aquí! ¡Vete, vete, comedor de trufas!" Después el enemigo
entraba haciendo un ruido infernal y arrojando inmundicias en un cuadro de LOS
ENEMIGOS HUMANOS Más terribles aún eran los enemigos de carne y
hueso. La calumnia y el desprecio eran la moneda con que pagaba el mundo la
abnegación del humilde párroco. Se criticaban sus ayunos, se hacía burla de
sus combates con el infierno, se le trataba de loco, de charlatán, de
hipócrita, de ambicioso. Hasta sobre sus costumbres arrojaba su vaho
inmundo la malignidad, durante cinco años. "Vivía esperando que de un
momento a otro me arrojarían a palos de casa para encerrarme en un calabozo.
Y me parecía que todo el mundo debiera haberse armado contra mí para echarme
de una parroquia donde mi vida sólo podía ser un obstáculo a la gracia."
En medio de las injurias y los temores, él seguía trabajando, sin dejarse
vencer por el desaliento ni por la tristeza. ''Muchas eran entonces mis
cruces -confesaba más tarde-; tantas, que apenas las podía soportar. Pedí al
Señor que me diese la gracia de amarlas, y de repente me sentí dichoso.
¡Verdaderamente, sólo allí existe la felicidad!" Lejos de defenderse,
autorizó las acusaciones con su firma. Su propia vida le daba asco; las
alabanzas le llenaban de pena, y no cesaba de derramar lágrimas a causa de
sus pecados, de sus miserias, de su glotonería, de su hipocresía. "¡Ah!
-escribía a los calumniadores-; sólo vosotros me habéis conocido. No sé cómo
agradeceros esa bondad con que os dignáis interesaros por mi pobre
alma." SU
MEJOR DEFENSA SU HUMILDAD
Aquella humildad heroica triunfó de todas las
suspicacias, el obispo proclamó públicamente la humildad de aquel hombre, el
mundo reconoció su virtud sublime, y empezó aquel desfile de multitudes que
hizo del cura de Ars el apóstol universal de su siglo. Miles y miles de
personas llegaban cada año para recibir los consejos de Vianney. Ya en 1840
se pudieron contar más de 20.000, número que siguió aumentado en los años
sucesivos. De todas las naciones europeas acudían los peregrinos, arrastrados
por la fe, por la piedad o por el arrepentimiento. Si alguno llegaba movido
por la curiosidad, pronto se sentía transformado por una mirada, un gesto o
una lágrima de aquel hombre prodigioso. Y al verle, todos decían: "Este
hombre es más grande que su fama. Jamás hemos contemplado más de cerca a
Dios." Unos buscaban al director de almas, otros al padre que tenía
medicinas para todas las llagas del espíritu, otros al taumaturgo que tenia
poder sobre las enfermedades y la muerte. Vianney se resignó a aquel fenómeno
extraño, y consagró todas sus fuerzas al bien de sus hermanos. LOS
DIAS San Juan Bautista María Vianney sus días son
iguales. Invariablemente, a medianoche sale de su habitación y se dirige al
confesionario. La muchedumbre le sigue y se coloca ordenadamente en la
iglesia. Los penitentes llegan sin interrupción a su presencia, y marchan
consolados y contentos. A las siete, la misa; y luego, otra vez la dura tarea
de la confesión. Cuando suenan las once, el cura sube al púlpito para
comenzar la instrucción cotidiana, que él designa con el nombre de
catequesis. Su presencia refleja la santidad. Su cuerpo débil X encorvado
parece una sombra; su rostro tiene una palidez casi transparente; sus ojos,
rojos y húmedos de llanto, hacen pensar en las tragedias lamentables que
acaba de oír; sus largos cabellos, blancos como la nieve, encuadran su figura
en una aureola luminosa. Su voz es débil; su lenguaje, inculto; y sin
embargo, las almas se sienten conmovidas y transformadas. Al toque del
Ángelus sale de la iglesia. Dos guardias le defienden de los apretones del
pueblo. Todos quieren verIe, hablarle, tocarle,
recibir su bendición, recoger una palabra suya. UN
RESPIRO Al fin está solo, puede tomar un poco de
alimento, rezar un rato, abrir rapidísimamente la correspondencia. Hasta la
una. Luego, otra vez el confesionario. Y las horas pasan, consolando a los
afligidos, curando a los enfermos, perdonando a los pecadores. "¡Ah, los
pecadores, los pobres pecadores!", exclamaba con lágrimas en los ojos.
Los pecadores se llevaban lo mejor de su solicitud. Los amaba con tan
profunda ternura, que por ellos ofrecía constantemente su vida. Todo le
parecía llevadero cuando se trataba de conquistar un alma para Dios.
"Cuando se ama no se trabaja y si se trabaja se ama el trabajo, decía
San Agustín. -"Si el buen Dios os diese a escoger entre subir al
Cielo ahora mismo, o permanecer en la tierra hasta el fin de los siglos
trabajando por la conversión de los pecadores, ¿qué haríais?" -"Me
quedaría en la tierra." -"¿Hasta el fin del mundo?"
-"Hasta el fin del mundo." -"Pero, con tanto tiempo delante de
vos, no os levantaríais tan de mañana." -"¡Ay, amigo mio! Me levantaría como ahora, a medianoche; y sería el
más feliz de los servidores de Dios." El demonio le recriminaba porque
no le hacía caso al vestido violado, (el obispo), que le había mandado que no
madrugara tanto. "Sapo negro, le decía, hay otros sapos negros que no me
hacen tanto daño como tú". "Si no fuera por esa..." y le
señalaba la imagen de CONSSUMATUM
EST La hora del descanso había ya sonado para él.
Sobre su alma flotaba una atmósfera de paz que parecía el presagio, el
crepúsculo inmensidad de los mares. Lo de la eternidad. Durante mucho tiempo
había vivido en una nube de desolación interior, que le puso a las puertas de
la desesperación. "Si debo ser condenado -rezaba entonces-, haced, oh
Dios mío, que os ame al menos sobre la tierra." Ahora todo era claridad
y consuelo: Dios se le manifestaba con toda su suavidad; las desconfianzas
humanas habían desaparecido; tres años hacía que el enemigo infernal no osaba
acercarse. "Ya no temo nada", decía el anciano. "Que nadie lo miraba... Aminadab tampoco
parecía; y el cerco sosegaba, y la caballería a vista de las aguas descendía", había cantado San Juan de JESUS MARTI BALLESTER |
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