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SANTA
TERESA DE JESUS JORNET IBARS
FUNDADORA
DE LAS HERMANITAS DE LOS ANCIANOS ABANDONADOS
Por Jesús
Martí Ballester
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El anciano abuelo
tembloroso, ensuciaba cada comida el mantel porque derramaba la sopa.
Primero sus hijos le hicieron una cuchara de madera, pero incluso con la
madera seguía ensuciando el mantel. No puede comer con la familia. Y lo
llevan a la cocina. El abuelo tiene que comer solo en la compañía de sus
hijos y de sus nietecitos. El más espabilado se entretenía jugando con un
trozo de madera muy afanado. -¿Qué haces?, le preguntó su mamá: Y el niño,
“estoy haciendo una cuchara de madera para cuando papá y tú seáis mayores”.

En la provincia y Diócesis
de Lérida y en Aytona, España, de
Francisco Jornet y de Antonieta Ibars, agricultores, nace el 9 de enero de
1843, Teresa Jornet, hoy ya canonizada y Patrona de la ancianidad Su caridad activa hacia los pobres, le
movía a llevarlos a casa de su tía en Lérida, a donde se había trasladado
para poder asistir a la escuela de la ciudad.
Estudia magisterio en
Argensola, provincia de Barcelona. Solicitó ser admitida en las clarisas de
Briviesca, cerca de Burgos, pero no pudo profesar por la prohibición de la
legislación en vigor. Se dedicó a la enseñanza y se hizo terciaria
carmelita. Una enfermedad que padeció después de la muerte de su padre, la
obligó a permanecer en su casa por algún tiempo.
Don Saturnino López Novoa,
canónigo de Huesca, su director, a quién confió la dirección de su alma, la
encauzó hacia la fundación de una obra destinada a recoger a los ancianos
sin familia y sin medios de subsistencia. Teresa, que hasta el momento
había tenido la impresión desagradable de no haber hecho nada en su vida,
se orientó decididamente hacia este ideal. En 1872, fundó la primera casa
en Barbastro, con la ayuda de algunas jóvenes, y de su hermana, María.
Teresa se adelantó a su
tiempo, porque entonces, hace más de un siglo, aún dejaban en la cocina a
los abuelos, aunque con cuchara de madera, pero ahora, ni los quieren, ni
les cuidan, y se arman líos entre las familias para zafarse del engorro de
los viejos, según el refrán: “Parientes y trastos viejos, pocos y lejos”.
En el Continente africano carecen de frigoríficos y de muchos de nuestros
cachivaches de la modernidad; pasan hambre y toda clase de necesidades,
pero conservan su humanísima tradición de respetar al anciano y
considerarle como una bendición. Les minusvaloramos en esta cultura de la
juventud, la belleza y el cultivo de los cuerpos, pero en humanismo el
tercer mundo va por delante con nota al mundo que se cree supercivilizado.

El 27 de enero de 1873,
los miembros de la nueva congregación, recibieron el hábito religioso y
Teresa fue elegida superiora. Un grupo de buenos católicos de Valencia
propuso asegurar la vida de la pequeña comunidad. La madre Teresa aceptó y,
como está en Valencia, constituye Patrona a la Virgen de los
Desamparados, título muy apropiado para los ancianos Desamparados. Muy
pronto el número de ancianos fue aumentando y creciendo sin cesar. Para
poder recibir más, compró el antiguo convento de los Agustinos. Esta casa
se convirtió en la casa madre de la Congregación de las Hermanas de los Ancianos
Desamparados. Se desarrolló tan de prisa la Obra, que en 1887, cuando fue aprobada por la Santa Sede, contaba
ya con 58 casas.
María Teresa de Jesús
formó muy sólidamente a sus hijas en el cumplimiento de sus obligaciones
con los ancianos, hasta exponerse a la soledad, al frío y al hambre, para
poder darles abrigo y un verdadero cariño. Aprendió de las terciarias carmelitas
la devoción a la Virgen,
y de las clarisas el amor a los pobres, y en los ejercicios de San Ignacio,
el ardiente deseo de identificar sus sentimientos con la voluntad divina.
Desarrolló una actividad incansable y una inalterable confianza en Dios. A
los que le reprochaban que se ocupara de los más humildes oficios,
respondía: "No hay nada pequeño cuando se trata de la Gloria de Dios".
Cuando le decían que emprendía obras con un atrevimiento casi temerario, se
sonreía diciendo: "Mientras más pobres haya, habrá más
bienhechores".
Tenía el secreto de su paz
interior inalterable en medio del tráfago continuo, en sus palabras:
"Dios en el corazón, la eternidad en la cabeza, y el mundo bajo los
pies".
Su organismo no pudo
resistir al régimen que se impuso. A las fatigas físicas se juntaban los
dolores mortales, como el de la epidemia del cólera, que acabó con
veinticuatro hermanas y setenta ancianos. Cuando la enfermedad la obligó a
detenerse, se retiró a Liria, Valencia, con la esperanza de que el buen aire
le devolviera la salud.
Murió ahí, el 26 de Agosto
de 1897, el 27 de abril de 1958 el Papa Pío XII la beatificó y fue
canonizada por Juan Pablo II.


JESUS
MARTI BALLESTER
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