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DIA: 18 Hacia occidente brillaba, rozando el cielo limpio y azul, el amarillo
pálido de las ondulantes dunas, entrecruzadas en suaves curvas modeladas de
sol y sombra. Tras ellas comenzaba el mar. Las caravanas no solían acercarse
a las dunas, porque resulta difícil caminar por ellas y se hunden los pies en
la arena, que se iba haciendo más suave y eso dificultaba CUANDO ISRAEL SALIO DE EGIPTO Aquel desierto que mediaba entre Israel y el Nilo había sido como una
tierra de purificación para el pueblo de Israel. Como si la soledad y la
aparente ausencia de vida y de color colmaran la presencia, y el alma rodara
en busca de su Dios. Abraham había hecho aquel mismo camino. José de Egipto
había pisado por aquel paisaje sin senderos; y sus hermanos, en tiempo de
carestía, habían regresado también por donde caminába
MOISES El desierto había sido la residencia de Moisés, el pastor y luego
conductor del pueblo de Israel, que había vagado a su cabeza durante una
generación. María con Jesús en sus brazos se sentía heredera de los
patriarcas Abraham, Isaac y Jacob, camino de la libertad, aunque los
acontecimientos hablaran de persecución y huida. Se estaba no sólo rompiendo
con la esclavitud de Egipto, sino llegando a plenitud en medio de la escasez
y el abandono. ¡Hay que perderse para encontrarse! Solamente los que saborean
el desierto comienzan a entrever la luz. EXILIADOS DE HERODES Ya estaban fuera de los dominios de Herodes. Las caravanas les decían
que los soldados de Herodes habían degollado a los hijos varones menores de
dos años. Que no quede un niño de esa edad con cabeza. Es mi trono el que
anda en juego. Así que hay que actuar rápido. Y, tras los golpes en las
puertas, los cuchillos resplandecieron, ejecutaron unos treinta pequeños
inocentes del pueblo de Israel. Desde los olivares y los campos de trigo y
cebada escucharon los hombres los alaridos de las mujeres, que ascendían del
pueblo como un clamor, mientras se teñía de púrpura el horizonte de Belén
aquel terrible atardecer. ¿Por qué, Dios mío, tanta locura? ¿Por qué, oh, Yahvé, permites el dolor y la muerte? En la cabeza de
María no cabía explicación, sino sólo el rendimiento de su razón ante este
misterio de la vida en NOCHES EN EL DESIERTO En las sosegadas noches del desierto, mientras José, María y el Niño
dormían sobre las dunas, el fulgor de mil estrellas bañaba la cabecita del
Niño. María le decía al oído todo lo que sobreabundaba en su alma para que
nada perturbara la paz de su noche bendita. Nanas del desierto, con la voz
de la inmensidad y el sosiego. Nanas de incertidumbre y confianza en lo
invisible. Quizás por eso, de mayor, él se haría tan amigo de estas horas
quietas bajo las limpias estrellas del cielo perfecto de Oriente, para orar
tras sus inagotables jornadas. Como el salmo: «La luna y las estrellas para
presidir la noche, porque es eterno su amor». Se introdujimos en las grandes
extensiones arenosas de EI-Qantara, camino del
delta del Nilo. Creían no avanzar entre tanta arena. Tardaron cinco largos y
monótonos días en avistar nuestro destino, ¡Gossen! ¡Gossen! -gritó el que les servía de guía
de la pequeña caravana señalando una aparición verde en el horizonte. Habían
alcanzado el delta, donde el Faraón
de Egipto ordenó a José que asentara a su padre y sus hermanos. Una
tierra fértil, llamada tierra de Remesés, sembrada
de cultivos y árboles frutales. La visión del agua y aquella tierra fértil les llenó de alegría. María,
paró con el niño en un sitio con
sombra. José fue al Nilo a por agua. ¡Qué gloria refrescar las mejillas y
sacudirse la arena! María, con mimo, quitó la arenilla de los labios y le
enjugó a Jesús los ojos enrojecidos. Un mundo nuevo surgía ante la
sorprendida mirada de los extranjeros emigrantes. Camellos, asnos y
dromedarios pastaban bajo las esbeltas palmeras, mientras hombres altos, de
tez broncínea, torso desnudo y afilada nariz traían y llevaban fardos y
ánforas hasta el río, donde las estilizadas naves de acacia con velas rojas y
azules, eran estibadas con un continuo trasiego y gritos de remeros egipcios.
LAS PIRAMIDES ¡Mira, María! -José señaló el horizonte. Recortadas en n azul intenso divisaron por primera vez las siluetas imponentes
de las pirámides. Aquella visión les sobrecogió, no sólo por su belleza, su
perfección y armonía, sino por el drama que aquellas piedras, construidas con
el sudor y la sangre del pueblo de Israel, ocultaban. Eran las construcciones
de los ricos y poderosos como el faraón. Ellos eran los descendientes de los
esclavos que habían arrastrado aquellos inmensos bloques, sucumbiendo muchas
veces bajo ellos, desde que Jacob multiplicó su familia en el país de Canaán.
Un beduino le dijo a José: -Sube río arriba, buen hombre, quizás en Heliópolis puedas encontrar trabajo. Allí residía una
importante colonia hebrea. EL NILO El Nilo era como un brazo de mar de un rojo atornasolado y sobre sus
aguas quietas se entrecruzaban las balsas mal anudadas de los pobres con las
ricas falúas pintadas y orgullosas de los pajes del faraón. Sus aguas eran
derivadas a las acequias y extraídas con bombas. De ellas bebían sin reparo
hombres y animales. Una raras aves, que los egipcios llaman ibis, cruzaban
el cielo añil, batiendo sus alas sin ruido. En aquel paisaje estaba escrito
con sangre el sufrimiento de su pueblo. ¿Cuántos llegarían a ser los
israelitas durante los doscientos o más años de exilio? Los libros sagrados
hablaban de hasta seis generaciones, y que por eso un faraón que ya no
conocía a José tuvo miedo de que aquel numeroso grupo de trabajadores libres
que hacían pastar sus rebaños en el país de Gosén
podían aliarse con los enemigos de los egipcios. Por eso decidió someterlos
para impedir su multiplicación. Los peores trabajos en el campo y los más
duros de la construcción, desde la fabricación de ladrillos al acarreo de
grandes piedras, cayeron sobre los hombros de sus antepasados. BUSCANDO TRABAJO Tampoco para José fue fácil aposentarse ni encontrar un trabajo en Heliópolis. En la ciudad había más riqueza y movimiento
que en Israel, pero ser inmigrantes no les favorecía. Tuvieron que echar mano
de sus ahorros e incluso, de los. cofres de los
magos. Sus monedas de oro y hasta del incienso y la mirra sirvieron para
pagar el alquiler de una humilde casita y en pan, leche y alguna gallina para
ir tirando. Cuando pasó el tiempo y ya José pudo encontrar algún trabajo,
por lo general nunca estable, Maria fue a visitar al rabino de su comunidad.
Era un anciano que llevaba muchos años en Egipto y que había conversado con
sabios y sacerdotes. Se quedó pensativo, luego extendió sus rugosas manos
sobre el rojo tapete de la mesa para explicarse mejor. -Los egipcios son idólatras, María, pero no tanto como los griegos y
los romanos. Están más cerca de la creencia en un solo Dios. A algunos les he
oído hablar de un único dios. Lo llaman «el único viviente en sustancia» y
hablan de «una sustancia eterna». Para ellos no todo se acaba con El rabino sonrió. -Oh, hija mía, ese es On,
también llamado Re. Hubo una vez un faraón, llamado Akhenatón
que creía en el Dios único y que intentó llevar a su pueblo a esta creencia.
Incluso cambió su propio nombre de Amenhotep por el
de Akhenatón, que significa útil para el disco. El
disco es el dios sol, que viene a ser como la energía o Dios único. Hasta
cambió el nombre de su esposa, Nefertiti, por el Nefer-neferuAtón. Luego
edificó toda una ciudad nueva consagrada a ese Dios. Eso descalificó a los
sacerdotes del tiempo, que perdieron poder y los usos de su liturgia. MOISES SALVADO DE LAS AGUAS Los cañaverales junto al Nilo les traían el recuerdo de Moisés.
Celebraron con la comunidad de la colonia judía la Pascua, que les recordaba
el Exodo, la salida de Egipto. ¿Cuándo será la
suya? “Cuando Israel salió de Egipto, Israel de un pueblo bárbaro”. Cuándo
será nuestro Exodo? SUPLICA Madre de los emigrantes, no se me van de la cabeza los mil cayucos
que han llegado esta semana a Canarias jugándose la vida a la ruleta rusa de
las olas, te los encomiendo. Todos somos exiliados en este mundo inhóspito,
peregrinos de la paz del Reino, del cual estamos tan lejos. Algunos han
tenido que emigrar por ligerezas de guías torpes mal informados, otros por
injusticias flagrantes y desprestigiantes, otros en
busca de trabajo consecuencia de gobiernos ineptos o corruptos. ¡Como
comprendes tu todas sus tragedias! Y también sufren
destierro espiritual los que buscan la santidad o no encuentran guías
seguros, sabios y de ancho corazón. Te ruego por todos. Te los confío a todos
y a mí mismo, con la confianza de hijo de una Madre que experimentó el
destierro. Amen. JESUS MARTI BALLESTER |