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DIA: 6 ORACION Los chicos del pueblo se daban entre sí codazos al verme pasear con
mis amigas por la plaza, me espiaban cuando lavaba en el río o tendía la ropa
al sol: Es la más guapa del pueblo, decían. Yo los oía cuchichear: “No sé que
tiene la María que toda ella es música”. “Novia, madre y esposa a Fue entonces cuando apareció José. Estaba en el recodo del río
mojando madera para arquear una rueda, pues era aprendiz de carpintero. Tenía
los ojos castaños, la nariz recta y judía, la barba incipiente y una timidez
insondable en sus balbucientes labios rojos. Nos conocíamos desde niños. Cuando
me vio aquel día, enrojeció como la grana e hizo como que no me veía. Yo lo
llamé: «José, José, ¿dónde vas? ¡Cuánto tiempo sin verte! ¿Qué haces por
aquí?». Él sonrió. «¡Shalom,
María!» Y de un salto se sentó sobre la roca que da al torrente. Fue en un
instante. Pero lo supe todo. Varias veces en mi juventud he saboreado
momentos así, que me conectan con lo infinito, quizás lo eterno. Un aire
fresco movía mi cabellera y abarquillaba el blanco kha/fiyeh
con que José se tocaba Al principio no pronunciamos palabra. José me miró y a través de sus
ojos mi alma se inundó de De modo que mi corazón lo tomó por esposo. Sabía que ya nadie podría
separarnos. Lo hubiera besado, me lo hubiera comido a besos allí mismo. Pero
¿hace falta besar el agua cuando, estás sumergida en el mar? Nos quedamos
callados. Era más elocuente el silencio. En aquel mudo mirarnos a los ojos
nos dijimos que nos queríamos incondicionalmente. Más allá del tiempo y En aquel momento José se puso tan nervioso que resbaló de la roca y
cayó al agua. Cuando le tendí la mano riendo, sentí el peso leve y tremendo
de aquel hombre lleno de misterio como el de toda mi vida. Mi mano lo elegía
también para una imponderable misión. Desde aquel momento ese rincón del río
se hizo para mí sagrado, y aún hoy, cuando he vuelto, puedo ver al joven José
enamorado emergiendo de las aguas, tan feliz y tan ignorante de lo que se le
venía encima. Lo demás es la historia externa de nuestros desposorios, quizás lo
menos importante. Tras mucho forcejeo logré convencer a mis parientes, que
actuaban de tutores, de que me convenía José. «No tiene un denario, me
repetían.» Yo les argüía que ya estaba montando su taller y que era un buen
carpintero, para nosotros el carpintero arreglaba lo mismo un arado que una
mesa, una pared o un molino de piedra. Al final mis tíos se avinieron y
comenzaron las negociaciones. Las conversaciones terminaron con los
desposorios, que para nosotros, los judíos, equivalían al enlace matrimonial
y tenían las mismas consecuencias jurídicas. Yo llevaba poco a mi matrimonio:
mi casa y los muebles. José, aún menos: otros enseres domésticos, su taller y
un asno, que, todo de lana gris, sería testigo mudo de las muchas maravillas
que nos esperaban en el camino. Entre mis desposorios y mi boda ocurriría
algo tan importante que inundaría de luz y dolor mi vida. Aunque aquella aún no era la fiesta de la boda, reconozco que estaba
radiante. Me brillaba como el azabache la trenza sobre el pecho emocionado y
nadie pudo borrar una blanquísima sonrisa sobre mi tez morena durante todo el
día. ¡Cómo va la novia de guapa! ¿Y su vestido? El lino la embellece y la
hace flotar. El padre de José nos bendijo en presencia de varios testigos, y
me dijo: “Ya eres esposa de José”. Detrás de mi sonrisa sentía una
inexplicable tristeza y mis grandes ojos, casi de una niña, buscaron en aquel
momento la paz infinita y silenciosa de los campos levemente sonrojados por
la luz última del crepúsculo. Un sentimiento crecía desde esa secreta
sabiduría que me acompañó como sabor a presencia desde niña. Divisé a José
vestido con su blanca túnica y su manto rojo nuevo con su guirnalda de flores
en El archirrabino enlazó nuestras manos
derechas: -Que el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob esté con vosotros y os
una y os bendiga. Miré a José Me pareció como un niño que buscaba una mano de madre, no
barrunta el incierto futuro. Yo, en medio de la alegría, me percibí
vagamente, intuitivamente sabedora de un porvenir que entre brumas adivinaba
a la vez hermoso y difícil. Era dichosa, sí, pero desde la realidad del
momento, que para mí era entonces el amor de José. ºEl anciano se acarició la barba: -Nosotros somos hijos de santos y no podemos juntamos a la manera de
los gentiles, que no conocen a Dios. José me devolvió Luego estalló la fiesta, un banquete de boda campesina, donde se
derramaron convertidos en vino y para regocijo del pueblo los ahorros de
muchos años. De aquello sólo recuerdo ruido: ruido de copas, ruido de baile,
de saltos, de risotadas. Esperaba ese momento, el peor de las bodas, como un
calambre en el cuerpo. Lo sabía, pues había asistido a otras muchas bodas en Nazaret y en
los pueblos cercanos. La fiesta de fuera adentro. Los que se pasan, se
emborrachan, quieren callar su verdad a trago limpio, para que luego la noche
se oscurezca más y el día siguiente el regocijo se convierta en dolor de
cabeza y soledad mayor. Aunque conservaba mi sonrisa a flor de labios, todo aquello me sobraba.
Hubiera querido salir corriendo con José hacia el valle umbroso de nuestro
encuentro, a hundir de nuevo nuestros pies desnudos en el arroyo y beber
juntos el agua compartida. Pero la gente necesitaba la fiesta, el baile, Pasada la medianoche mis tíos me dieron un beso y se retiraron. Los
padres de José me estrecharon en un abrazo como a su nueva hija y poco a poco
la casa se fue quedando sola. Corrió por los patios y azoteas de Nazaret la buena nueva. «María se
casa. Se casa la niña bonita ¿No vais a asistir a su nissu'in?»
Mientras los hombres regresaban del campo ensordecidos de cigarras, las
mujeres lo han preparado todo. Al caer el sol, no lo olvidaré nunca. Yo
estaba de pie, sonriente, acompañada de mis tíos y mis jóvenes amigas, que
portaban lámparas de aceite encendidas. Entre ellas estaba la que sería mi
cuñada, que también se llamaba María y estaba casada con CIeofás,
hermano de José, quienes ya por entonces tenían dos hijos, Santiago y Judas.
¡Qué ajena andaba entonces de que mi hijo Jesús utilizaría esa imagen de las
vírgenes para explicar la necesidad de estar despiertos siempre y vigilantes
para saborear lo hondo de la vida, siempre preparados para el encuentro! Alguien gritó que se acercaba el esposo. Por la calle empinada,
cuando comenzaban a asomarse con timidez las primeras estrellas, las luces
del cortejo del novio se unieron en un mismo riachuelo de candelas a las que
llevaban mis amigas. Cuando se hizo el silencio y la algarabía se fue
apagando por la calle rumbo a la plaza, José me estrechó contra su pecho y al
cerrar mis ojos supe que al casarme con él ya me había casado con el
universo. Percibí como una luz que crecía y crecía dentro de mis entrañas una
luz que era brisa del campo, las sonrisas de los niños y la muerte de los
ancianos, el mundo entero y el temblor de mi corazón de joven enamorada, una
luz del tamaño de un beso que al mismo tiempo me extasiaba y quemaba por
dentro. José debió de notarlo, porque me miró un poco asustado. La luna
rielaba en el espacio. Cerré lo ojos y abracé desde dentro aquel sabor
inefable que no cabe en la palabra amor. Se cumplió. Me gusta recordarlo. Que eras una joven normal. Que has
amado de veras. Que no eras una marciana. Que tenías corazón. Limpio como el
agua de manantial, pero real y sublime, engrandecedor
y potenciado por el beso de la gracia de Dios, que es ágape, pero también eros. Por aquella magnífica situación privilegiada de una
misma alma en dos cuerpos, por aquella alegría del amor brotado del designio
de la voluntad del Padre del Amor, te pido María enamorada, que todos la
familia eclesial y humana participe de ese amor de manantial donde la
cristalina fuente refleje en sus semblantes plateados, los ojos deseados que
tengo en mis entrañas dibujados. JESUS MARTI BALLESTER |