
BEATO FRANCISCO DE POSADAS
Beatificado por Pío VII lo solemnemente el 20 de septiembre de 1818.
Del padre Posadas se ha dicho que
tenía la pobreza de San Francisco de Asís, la austeridad y poder taumatúrgico
de San Francisco de Paula, la dulzura y sabiduría de San Francisco de Sales, el
celo por la fe de San Francisco de Regis, la obediencia y temple de San
Francisco Javier.
El padre presentado, fray Francisco de Posadas, es un personaje
relativamente moderno. Su biografía es simple, aunque colmada de peripecias
vocacionales y éxitos apostólicos. Por fortuna, su mismo confesor, el padre
maestro fray Pedro de Alcalá, más tarde provincial de los dominicos
de Andalucía, escribió al detalle la vida y milagros del nuevo "San
Vicente Ferrer" —como le llamaba la gente— en un libro de 800 páginas; ésa
es la fuente auténtica y gozosa de todos los biógrafos posteriores. Y en ella
se ha inspirado esta semblanza.
Oriundos de Galicia, estirpe hidalga de sangre y de casa solariega con
renombre, capitanes), canónigos e inquisidores, eran honra y prez de
la familia—, venidos a menos huyeron a Córdoba. Allí montaron una tienda de
panadería. Don Esteban Martín abre una nueva tienda de naranjas y limones. Pide
el hábito de dominico; pero el convento dominicano de San Pablo de Córdoba es
nido de águilas, fragua de sabios y crisol de sangre. La flor y nata de las
familias cordobesas se glorían de tener allí hijos que son ya obispos o
maestros en teología. El protector, padre Villalón, lo envió a Escalaceli,
extramuros de la ciudad, convento dominicano pobre, donde San Alvaro de
Córdoba empezó la reforma de la Orden a raíz de la Clausura, donde se santificó
y escribió fray Luis de Granada; Escalaceli era una cuna de
santos, mientras San Pablo era forja de sabios; fray Andrés Mellado,
prior a la sazón, lo recibió de buen grado.
El nuevo provincial lo destinó a San Pablo para hacer los cursos de artes,
filosofía y teología. Ante la oposición del padre prior, enconado enemigo de fray Francisco,
optó por enviarlo a Sanlúcar de Barrameda. Allí se granjeó una no
común estima por su talento y virtud. El padre Tirso González, andando el
tiempo prepósito general de la Compañía de Jesús, conoció y admiró al joven
dominico, cuando aquél estuvo en Sanlúcar predicando. Fray Francisco
era su más entusiasta oyente.
Retornó a Sanlúcar y empezó a predicar. Santidad y sabiduría
brillaban en el joven predicador tanto que el padre Enrique de Guzmán, nombrado
regente de la Minerva de Roma y luego vicario general de la Orden, quiso
llevárselo consigo. No accedió al honor; era impiedad dejar para siempre a su
anciana y bendita madre; era infidelidad a la vocación buscar cátedra en lugar
de púlpito. La fama pregonaba maravillas de sus sermones; el prior de San
Pablo, que no era ya el que le persiguió con tan malévola constancia, le invitó
a predicar en la iglesia del convento; pero los aristócratas maestros en
teología amenazaron con quemar el púlpito si ponía en él los pies el hijo de la
"vendedora". Pero la gracia acabó por vencer al pecado; la humildad,
a la obstinación. El padre Posadas fue destinado al hospicio u hospedería. que en
Córdoba tenía el convento de Escalaceli; un ángel lo recibió al llegar,
diciéndole: "Esta será tu cruz". Se dedicó a predicar con gran fruto.
Una calumnia fue motivo para que le quitasen de allí y lo mandasen reintegrarse
al convento de la sierra; falló, por grave enfermedad, un maestro de San Pablo
encargado de dar unas misiones cuaresmales en Almadény Chillón; el padre
Posadas lo reemplazó en última instancia, pero con ventaja. Al regresar, el
calumniador estaba arrepentido. Y el prior de Escalaceli pidió perdón
al padre Posadas y volvió a encomendarle el hospicio, que en adelante será
conocido con el nombre de "Hospitalico del padre Posadas".
Y aquí empieza la "vida pública", la vida del profeta en su patria,
la vida del milagro y del sacrificio total. La hora de la acción apostólica. El
mensaje misionero y espiritual del padre Posadas tiene dos facetas entrelazadas
por un fin común: la del predicador y la del escritor.
1. Predicador. Predicaba en las iglesias, en las calles y en las plazas. En
plan de misionero infatigable. Cantaba el pueblo con él coplas devotas;
recitaban la doctrina cristiana; rezaban en alta voz el rosario. Un crucifijo
presidía siempre la procesión. Entraba en las cárceles, en los monasterios.
"Poníase sobre una pequeña mesa, donde la piedad del que pasa a vista
de la cárcel pone la limosna a los presos, y como no podía sobresalir para
dominar a tanto auditorio, sacaron el púlpito de la inmediata iglesia de
Nuestra Señora del Socorro"; oíanle muchedumbres; también los
maestros en teología, incluso el anciano prior que tanto le persiguió, se había
rendido, y no faltaba nunca a sus sermones, mezclándose entre la gente;
"aseguraban muchos el lugar desde por la mañana... sin cuidar del alimento
del cuerpo"; inquisidores, obispos y cardenales lo escuchaban atónitos lo
mismo que las masas enfervorizadas. Treinta años pasó predicando en Córdoba,
salvo algunas temporadas breves en que misionaba por la provincia. Realmente,
era un caso excepcional, extraordinario. Nadie se acordaba ya de su humilde
origen; él, sí; lo repetía con exquisita humildad para acallar los elogios,
para ahuyentar la tentación de los honores: prioratos y mitras, ambición de
tantos humanos, fueron quedándose a sus pies. Renunciaba a todo lo que no fuese
humildad: santidad. Ningún predicador había arrastrado las muchedumbres así
desde tiempos de San Vicente Ferrer. Como ejemplo de la eficacia de su
predicación, hay uno muy significativo: se empeñó en desterrar las comedias y
cerrar el teatro y lo consiguió. Como es lógico, era una tarea difícil. Pero
ahí está, después de una lucha de resistencias y tiras y aflojas, el decreto
del ayuntamiento de Córdoba que decide suprimir y demoler el teatro público a
11 de octubre de 1694. Córdoba vio y vivió los mejores tiempos de su
cristianismo con el padre Posadas.
El 20 de septiembre de 1713 celebró misa muy tempranico; se sentó luego en
el confesonario; se despidió de sus confesandos; a las diez treinta
se retiró diciendo adiós a todos; a las once treinta le dio un ataque de
apoplejía, que muchos confundieron con uno de sus frecuentes raptos; a las
siete treinta de la tarde expiró. Tenía sesenta y nueve años; lo trasladaron
aquella misma noche al convento de San Pablo; no lo habían querido recibir vivo
y lo recibieron —y con grandes honores—muerto. Repicaron todas las campanas de
la ciudad; el pueblo acudió en masa a venerarlo y se retrasó dos días el entierro;
el Ayuntamiento le costeó una lujosa sepultura en el capítulo, revestida de
seda, teniendo que sacar los restos de los dos padres maestros que más le
habían perseguido para depositar en su lugar los restos mortales del padre
Posadas; sobre su tumba se grabó un epitafio historiado.
Sobre su tumba siguen los cordobeses desgranando súplicas y lágrimas. Y el
padre Posadas los escucha con la bondad de siempre. Desde el cielo.
2. Escritor. El padre Posadas, extraordinario representante de la oratoria
sagrada española en los últimos tiempos, fue también un gran maestro y escritor
espiritual. Su biógrafo, padre Alcalá, se admiraba cómo podía tener tiempo para
escribir un hombre que pasaba todo el día predicando, confesando y orando. Pero
ahí están sus obras, que revelan un digno continuador de la gran escuela
mística del siglo XVI. Cultivó el género biográfico, dejándonos tres
biografías: una de Santo Domingo, muy alabada y reeditada; y otra del extremeño
padre Cristóbal de Santa Catalina, presbítero y fundador del Hospital de Jesús
Nazareno, dirigido espiritual suyo; y una tercera de la madre Leonor María de
Cristo, monja dominica de Santa María de los Angeles, de Jaén; cultivó, además,
el género didáctico, escribiendo un bello libro contra Molinos, el maestro
espiritual condenado; también ensayó el género poético en más de una ocasión,
aunque sin insistencia; sólo algunos versos suyos vieron la luz, quedando
inéditos otros muchos, como el que empieza:
En las aras de mi amor
peno y gozo a un mismo tiempo...
Pero, sobre todo, escribió muchos tratados espirituales en forma de sermones;
cinco tomos de estos escritos publicó su confesor con el título de Obras
póstumas.
"Crióle Dios naturalmente retórico." El alcance de este juicio,
hecho por quien lo trató tantos años, puede descentrarse si se prescinde de la
época en que actúa, de la constante dedicación a la predicación y de las dotes
psicofísicas de que estaba adornado. Cuerpo robusto, carácter sanguíneo,
incendiado en el amor de Dios y de la Virgen, incendiador de almas.
Su estilo literario es barroco, viril, vital; pese a las metáforas —siempre
apropiadas, rebuscadas en las fuentes bíblicas las más de las veces, finas a lo
Góngora siempre—, su estilo logra un contacto directo con la realidad
cotidiana; es plástico, como conviene a un misionero; florido, para rendir
tributo al gusto del tiempo; docto, como convenía a un ingenio doblemente
feliz: por don de naturaleza y del arte.
Escritor espiritual de talla, amén de predicador infatigable, docto y digno,
enamorado de la Virgen, el padre Posadas dejó tras sí una estela de luz y de
verdad que no se eclipsan.