BEATO DIEGO JOSE DE CADIZ
14 DE JUNIO
30 de marzo de 1743 y murió en 24 de marzo de 1801.
Fraile capuchino español, asceta y fogoso orador.
31 de marzo de 1759. Siguiendo la costumbre de los misioneros capuchinos de cambiar el nombre al terminar el noviciado y reemplazar su apellido con el de su pueblo natal, tomó el nombre de Diego José de Cádiz con el que fue conocido posteriormente. Los capuchinos, caracterizados por su luenga barba, se consideraban a sí mismos como la rama más espiritual de la familia franciscana y al mismo tiempo como "los frailes del pueblo".
Usan un hábito marrón con una cuerda anudada (como todos los franciscanos), pero la diferencia principal con los otros dos grupos es que llevan una capucha unida a la túnica (de acuerdo a la forma del hábito original que usaba San Francisco) y es más larga comparada con la de las otras ramas.
Siglo XVIII el capuchino Fray Isidoro de Sevilla, quiso dotar de carisma a su orden para diferenciarla de otras ramas del franciscanismo. A tal efecto, la Virgen se le apareció mientras oraba en el coro bajo del convento. Se encontraba vestida de pastora de la época, dándole la orden de que propagara por el mundo esta visión, lo que hizo que el fraile dedicara a partir de este momento todos sus esfuerzos por difundir la devoción al novedoso título y atuendo de Divina Pastora de las Almas. Desde la ciudad de Sevilla, la imagen de la Divina Pastora (primero pintada y luego tallada) se extendió por toda la orden capuchina y por toda la geografía andaluza. El Beato Fray Diego José de Cádiz está considerado como el gran apóstol de la Divina Pastora mereciendo ser llamado “el segundo padre de la devoción”.
Después de siete años, en los que realizó sus estudios filosóficos y teológicos fue ordenado sacerdote en Carmona (Sevilla), a los 23 años de edad. En el convento de capuchinos de Ubrique (Cádiz) aprendió la oratoria sagrada.

Con esta formación, y dotado de cualidades sobrenaturales para la oratoria, dio comienzo en 1771 a las misiones itinerantes populares encaminadas sobre todo a la reforma de las costumbres con tales energías apostólicas que se le llegó a llamar el segundo San Pablo. Nunca viajó fuera de España pero en los primeros diez años no hubo población importante que no escuchase su voz. Recorrió durante su vida prácticamente toda la geografía española. No es posible reducir en tan breve síntesis la labor de este apóstol capuchino que, siempre a pie, recorrió innumerables veces Andalucía entera en todas direcciones; que se dirigió después a Aranjuez y Madrid, sin dejar de misionar a su paso por los pueblos de la Mancha y de Toledo; que emprendió más tarde un largo viaje desde Ronda hasta Barcelona, predicando a la ida por Castilla la Nueva y Aragón, y a la vuelta por todo Levante; que salió, aunque ya enfermo, de Sevilla y, atravesando Extremadura y Portugal, llegó hasta Galicia y Asturias, regresando por León y Salamanca.
En el siglo XVIII la cultura española se debatía entre el mantenimiento del monopolio de la Iglesia (tradiciones, superstición, irracionalidad y tiranía) y los principios del saber científico, que representaba la Ilustración. Una muestra del aletargamiento cultural del XVIII puede ser que el catedrático de matemáticas de la Universidad de Salamanca fuera un personaje tan estrafalario como el visionario Diego de Torres y Villarroel.
En este ambiente oscurantista Fr. Diego José se movía como pez en el agua y pronto adquirió un gran predicamento. En Sevilla se le permitió usar el púlpito que se encuentra en el Patio de Los Naranjos de la Catedral, donde sólo habían predicado San Vicente Ferrer, San Francisco de Borja y el Venerable Maestro Juan de Ávila. Fue nombrado calificador de la Suprema por el Inquisidor General. Asimismo fue nombrado teólogo, examinador sinodal y canónigo en numerosas diócesis de todo el país. La Universidad de Granada le confirió en 1779 los grados de maestro en Artes y Doctor en Teología y Cánones.

Fray Diego creyó que Dios le había escogido para hacerle el nuevo apóstol de España. Su director espiritual así se lo inculcaba repetidas veces: «Fray Diego misionero es un legítimo enviado de Dios a España». Y convencido de ello, el santo capuchino la emprendió lo mismo con las clases rectoras que con las masas populares. Con la expansión de la Ilustración francesa su predicación fue derivando con toda naturalidad desde la abstracción espiritual hacia la reacción política más extrema.
El clero comprendió que los intelectuales y las clases burguesas emergentes, con el consentimiento y aun con el apoyo de los gobernantes, abrirían las puertas del alma española la revolución que venía de allende los Pirineos, disfrazada de «ilustración», con maneras galantes a través del teatro y lecturas de teorías seductoramente racionalistas. Todo ello produciría en las inteligencias la «pérdida de Dios». Luego vendría la «pérdida de Dios» en las costumbres del pueblo.
Entre la España tradicional que se derrumbaba y la España revolucionaria que se vislumbraba, fray Diego toma sus posiciones, que son: ponerse al servicio de la Fe y de la Patria y presentar la batalla a las ideas disolventes de la Ilustración.
En su misión en Aranjuez y Madrid (1783) el beato se dirigió a la Corte. Pero los ministros del rey impidieron solapadamente que esta oyera la llamada de Dios. Intentó también fray Diego traer al buen camino a la vanidosa María Luisa de Parma, esposa de Carlos IV. Pero, convencido más tarde de que nada podía esperar, sobre todo cuando Godoy llegó a privado insustituible de Palacio, el santo misionero rompió definitivamente con la Corte, llegando a escribir, más tarde, con motivo de un viaje de los reyes a Sevilla: «No quiero que los reyes se acuerden de mí».
Además la Iglesia española se encontraba en un momento de cuestionamiento de la autoridad papal merced al continuo desarrollo de las teorías del regalismo. Había una serie de obispos, algunos amigos de Jovellanos, que constituían un grupo de avanzadas ideas y que eran partidarios de que el poder político ilustrado nombrase obispos afines a las ideas de modernización. Entre ellos se contaban Félix Torres Amat, Felipe Bertrán (éste, obispo de Salamanca e Inquisidor general), José Climent o Antonio Tavira Almazán, todos ellos enfrentados a la iglesia más reaccionaria, partidaria de la preeminencia del Papa.
Por un exceso de celo moralizador Fr. Diego José fue acusado en 1786 en Zaragoza, de hablar en público contra los privilegios regalistas de la Corona]] y de haber injuriado a algunos personajes. En una serie de conferencias espirituales dirigidas al clero en el seminario de San Carlos, atacó las opiniones de Lorenzo Normante y Carcavilla, posesor de la cátedra de economía civil creada por la Real Sociedad Económica de Amigos del País local y abogado eminente, que apoyaba firmemente el consumismo: los gastos en bienes de lujo como un medio de generar empleo y de mejorar la economía del Estado. En un sermón predicado en la catedral de Sevilla en 1784, osó cuestionar la apropiación estatal de los ingresos eclesiásticos al tiempo que denunciaba «el mal uso que muchos harían de las rentas y bienes de la Iglesia, invirtiéndolas en cosas a qué no estaban destinadas». Este flagrante desafío a la política real no quedó sin respuesta. El Consejo de Castilla suspendió el derecho de predicación del fraile y lo desterró de Sevilla a Casares (Málaga). A pesar de todo, fray Diego José se sostuvo contumaz y convencido de la verdad de sus ideas. Fue absuelto y reivindicado.
Impulsado por vocación y por temperamento al apostolado activo, propugnó una cruzada contra los revolucionarios franceses (1793-1795). Fray Diego participó en la guerra franco-española (1793-1795), utilizando como arma de combate su verbo y su libro El soldado católico en guerra de religión. Barcelona, 1794 (dirigido en forma de carta a su sobrino Antonio, enrolado como voluntario), y ése es el sentido que le darán después de su muerte sus continuadores absolutistas durante los años de 1808 a 1814 en su la Independencia.

Fray Diego simplemente encarnó el prototipo tradicional del misionero capuchino español cerril, aferrado a la intransigencia en materias de doctrina y moral y enemigo de cualquier actitud inteligente o placentera ante la vida.
Dentro de la retórica de su época, magistralmente parodiada por el P. Isla en su "Historia del famoso predicador Fray Gerundio de Campazas alias Zotes", la labor del fogoso orador fue decisiva para dar vida y sentido ideológico a la España que defendía el absolutismo como un elemento consustancial al catolicismo tradicional, encarnando el mito de una España ignorante, integrista y reaccionaria. Su fanatismo y su ideología perduraron después de su muerte hasta la actualidad en lo que se llamó el integrismo fundamentalista español. Por lo que Marcelino Menéndez Pelayo hace del beato Diego José de Cádiz la figura más representativa de la oratoria religiosa de España después de San Vicente Ferrer y San Juan de la Cruz.
El Papa León XIII lo beatificó en 1894. La ciudad de Cádiz mostró mucho cariño y devoción a su único santo. El Sr. Obispo intentó adquirir la casa donde el Beato nació en la calle Bendición de Dios, para transformarla en una Iglesia donde pudiera promoverse su culto y devoción. Una distinguida señora, Doña Cecilia del Cuvillo, viuda de Rábago fue quien la compró, y regaló al Sr. Obispo. Inmediatamente se empezaron las obras para la edificación de la capilla, que actualmente utiliza la Hermandad del Prendimiento. La capilla fue construida en 1910 por el arquitecto gaditano Manuel Cabrera Latorre. Es neogótica y se hizo sobre la casa natal del Beato Diego, pero respetando el cuarto donde nació, que esta justo detrás de la Capilla.
También se dio su nombre a una calle y recientemente se le ha erigido una estatua en la Alameda. En la parroquia de San Antonio de Cádiz se conserva una silla de madera que usaba para predicar desde la torre.
Dentro de la catedral de Cádiz hay una capilla dedicada a Fray Diego José de Cádiz, de retablo neoclásico con la imagen del titular en tamaño natural, obra de Diego García Alonso (1890). Por haber sido hermano de la cofradía desde el 13 de abril de 1786, en la capilla del sagrario de la basílica de la Hermandad de Jesús del Gran Poder (Sevilla) hay una imagen fiel del beato Diego encargada en 1967 al famoso imaginero Antonio Castillo Lastrucci, Cádiz tiene un Colegio Mayor universitario con el nombre de Beato Diego de Cádiz.
Murió en Ronda (Málaga) el 24 de marzo de 1801, a los 58 años, víctima del vómito negro, después de 32 años de intensa vida misionera, dejando numerosos escritos y cartas espirituales. Se conservan unos 3.000 sermones suyos. El Papa León XIII lo beatificó en1894. Mayor, con asiento preeminente y decretó, para memoria de su misión en la ciudad (1776), colocar un cuadro de la Beatísima Trinidad en la plaza de S. Antonio en el mismo sitio donde predicaba. También puso su retrato en la Sala Capitular, dándole anualmente 50 ducados de limosna.
Sus hagiógrafos cuentan tres milagros de Fr. Diego realizados en Cádiz. Pasando por la plaza de la Catedral, cayó un albañil del andamio, y Fr. Diego extendió su mano deslizándose suavemente el cuerpo hasta caer al suelo sin hacerse daño. En otra ocasión, en la misma plaza pasó junto a él un sacerdote que iba a administrar el viático a un enfermo y Fr. Diego no se quitó la capucha. Le llamó la atención un acólito, a lo que contesto Fr. Diego: "Dile al padre que el copón está vacío" lo cual se comprobó seguidamente. Predicando en la plaza de S. Antonio, comenzó a llover en toda la ciudad menos en la referida plaza.